Maria
Valtorta
EL
EVANGELIO
REVELADO
VOLUMEN DÉCIMO
604. Los procesos. Las negaciones de Pedro.
Consideraciones sobre Pilato.
22‑25 de
marzo de 1945.
1Empieza el doloroso camino por la vereda pedregosa que lleva desde el
calvero donde Jesús fue apresado hasta el Cedrón, y desde el Cedrón, por otro
camino, hasta la ciudad. E inmediatamente empiezan las palabras y los gestos
burlescos y las vejaciones.
Jesús, yendo atado por las
muñecas, e incluso por la cintura, como si de un loco peligroso se tratara,
confiados los cabos de las cuerdas a unos energúmenos embriagados de odio, se
ve tirado de un lado y de otro como un trapajo abandonado a la ira de una
manada de cachorros. Pero aún podrían tener justificación los que así actúan si
fueran perros; sin embargo, tienen nombre de hombres, aunque de hombre no
tengan más que la figura. Y si han pensado en esa atadura de dos sogas opuestas
ha sido para causar mayor dolor. Una de las dos tiene la única función de inmovilizar
las muñecas, y las lacera y va serrando con su áspero roce; la otra, la de la
cintura, comprime los codos contra el tórax, y sierra y oprime la parte alta
del abdomen, torturando el hígado y los riñones, donde han hecho un enorme nudo
y donde, de vez en cuando, el que lleva los cabos de las sogas da latigazos con
ellos y dice: «¡Arre! ¡Vamos! ¡Trota, burro!», y añade patadas detrás de las
rodillas del Torturado, que a causa de estas patadas se tambalea y si no cae
del todo es porque las sogas lo mantienen en pie. De todas formas, las cuerdas
no evitan que ‑ tirando de Él hacia la derecha el que se ocupa de las
manos y hacia la izquierda el que sujeta la soga de la cintura ‑ Jesús
vaya chocando contra muretes y troncos y que, debido a un tirón más cruel,
recibido cuando está para cruzar el puente del Cedrón, caiga duramente contra
el pretil del puentecillo. La boca magullada sangra. Jesús alza las manos
atadas, para limpiarse la sangre que embadurna la barba, y no habla: es
verdaderamente el cordero que no muerde a sus torturadores.
Unos de entre la gente,
entretanto, han bajado al guijarral a coger piedras y guijarros, y desde abajo
empieza una pedrea contra el fácil objetivo; porque a duras penas se puede
andar en el puentecillo estrecho e inseguro donde la gente se apiña
obstaculizándose a sí misma, y las piedras golpean a Jesús en la cabeza, en los
hombros; no sólo a Jesús, sino también a sus torturadores, que reaccionan
lanzando palos y devolviendo las propias piedras. Y todo contribuye a golpear
más a Jesús en la cabeza y en el cuello. El puente acaba por fin, y ahora la
callejuela estrecha proyecta sombras sobre el gentío, porque la Luna, que
comienza su ocaso, no desciende a esa callejuela tortuosa y, además, muchas
antorchas, en medio de esa confusión, se han apagado. Mas el odio hace de
lámpara para ver al pobre Mártir, para el que hasta su alta estatura es
elemento torturador. Es el más alto de todos. Fácil, pues, golpearle, agarrarle
por los cabellos, obligarle a echar violentamente hacia atrás la cabeza y
echarle encima un puñado de materia inmunda que, por fuerza, debe entrarle en
la boca y en los ojos, produciéndole náusea y dolor.
2Empieza el trayecto a través del arrabal de Ofel, ese arrabal donde
tanto bien y tantas caricias Él ha distribuido. La turba vociferante atrae a
las puertas a los que duermen, y, si las mujeres gritan movidas por el dolor y,
aterrorizadas, huyen al ver lo que ha sucedido, los hombres, esos hombres que
incluso han recibido de Él curación, ayuda, palabras de Amigo, o bien agachan
la cabeza con indiferencia, fingiendo desinterés al menos, o bien pasan de la
curiosidad al livor, a la burla, al gesto amenazador, e incluso se ponen detrás
del tropel de gente para vejar. Satanás está ya actuando...
Un
hombre casado* que quiere seguirle para vejarlo, es aferrado por su mujer, que
grita, que le grita: «¡Miserable? Si estás vivo es por Él, inmundo hombre lleno
de podredumbre. ¡Recuérdalo!». Pero el hombre se impone a la mujer golpeándola
brutalmente y arrojándola al suelo, y luego corre hasta donde el Mártir contra
cuya cabeza lanza una piedra.
Otra mujer, anciana, trata
de cortar el paso a su hijo, que viene con cara de hiena y con un palo, para
golpear también a Jesús, y grita a su hijo: «¡Asesino de tu Salvador no serás
mientras yo viva!». Pero la pobre, alcanzada en la ingle por una patada brutal
de su hijo, se desploma gritando: «¡Deicida y matricida! ¡Por el seno que abres
por segunda vez y por el Mesías al que hieres, maldito seas!».
3La escena, a medida que van acercándose a la ciudad, va aumentando en
violencia.
Antes de llegar a las
murallas están Juan y Pedro. Ya están abiertas las puertas, y los soldados
romanos, dispuestos para la defensa, observan dónde y cómo se desarrolla el
tumulto, preparados para intervenir si el prestigio de Roma se viera dañado.
Creo que Juan y Pedro han llegado allí por un atajo tomado cruzando el Cedrón
más arriba del puente, y adelantándose rápidamente a la turba, que,
obstaculizándose tanto a sí misma, se mueve lenta. Están en la penumbra de un
zaguán, en una placita que precede a las murallas. Tienen cubiertas sus cabezas
con los mantos, ocultando así sus caras. Pero, cuando Jesús llega, Juan ‑
bajo la libre luz de la Luna, que allí todavía ilumina antes de desaparecer
tras el collado que hay más allá de las murallas y que oigo que los esbirros
capturadores lo llaman Tofet ‑ deja caer el manto y muestra su pálido y
descompuesto rostro. Pedro, aun no atreviéndose a destaparse, se adelanta para
ser visto...
Jesús los mira... y sonríe
(una sonrisa de una bondad infinita). Pedro se vuelve y regresa a su ángulo
obscuro, llevándose las manos a los ojos, encorvado, envejecido, ya un despojo
de hombre. Juan se queda valerosamente donde está, y sólo cuando la turba
vociferante termina de pasar se reúne de nuevo con Pedro, lo toma de un codo,
le guía como un muchacho guiaría a su padre ciego, y entran ambos en la ciudad
detrás de la muchedumbre vociferante.
_________________________
* un hombre casado: se trata de un cierto
Jacob, curado por Jesús en 374.7/9. El hijo
del siguiente párrafo es Samuel, desleal a Analía, encontrado en 374.5/6 y
en 375.6/9. El presente capítulo de la Pasión fu escrito antes, como puede
constatarse no sólo por las fechas, sino también por la observación de MV en
374.10.
Oigo las exclamaciones de
asombro o burlescas o apenadas de los soldados romanos: hay quien lanza
maldiciones por haber sido sacado de la cama por ese «necio lacayo»; hay quien
se burla de los judíos, que han sido capaces de «prender a una media hembra»,
hay quien se muestra compasivo hacia la Víctima, diciendo: «Siempre le he visto
bueno», y hay quien dice: «Hubiera preferido que me hubieran matado a mí, antes
que verle a Él en esas manos. Es un grande. Tengo dos devociones en el mundo:
Él y Roma». «¡Por Júpiter! ‑ exclama el de grado más alto ‑ Yo no
quiero líos después. Voy donde el alférez. Que se encargue él de decírselo a
quien tenga que decírselo. No quiero que me manden a luchar contra los
Germanos. Estos hebreos hieden y son sierpes y carroñas, pero aquí la vida es
segura. ¡Estoy para terminar mi tiempo y en Pompeya tengo una muchacha...!».
4Pierdo el resto por seguir a Jesús, que continúa caminando por la
calle que hace un arco en subida para ir al Templo. Pero veo y comprendo que la
casa de Anás, a donde quieren llevarle, está y no está en ese laberíntico
conglomerado que es el Templo y que ocupa todo el collado de Sión. Está en el
extremo, cerca de una serie de muros que parecen delimitar por esta parte a la
ciudad y que desde ahí se prolongan en pórticos y patios, siguiendo la ladera
del monte, hasta llegar al recinto de lo que es el Templo en el pleno sentido
de la palabra, o sea, el lugar a donde van los israelitas para sus distintas
manifestaciones de culto.
Una alta puerta guarnecida
de hierro se abre en el muro. Se acercan a ella solícitas hienas y llaman con
fuerza. En cuanto se entreabre, ya irrumpen dentro, casi tirando al suelo y
pisoteando a la criada que ha venido a abrir; y abren la puerta de par en par,
para que la turba vociferante, con el Capturado en el centro, pueda entrar. Una
vez dentro, cierran y trancan, temerosos quizás de Roma o de los facciosos del
Nazareno. ¡Sus facciosos! ¿Dónde están?...
Recorren el atrio de
entrada y luego cruzan un amplio patio, un corredor, y otro pórtico y un nuevo
patio, y suben a tirones a Jesús por tres escalones, haciéndole recorrer casi
corriendo una galería realzada respecto al patio, para llegar antes a una rica
sala donde hay un hombre anciano vestido de sacerdote.
«¡Que Dios te consuele,
Anás» dice el que parece el oficial, si oficial puede llamarse al bribón que
manda a esa canalla. «Aquí tienes al culpable. En manos de tu santidad lo
pongo, para que Israel sea purificado de la culpa».
«Que Dios te bendiga por
tu audacia y tu fe».
¡Vaya una audacia! Había
sido suficiente la voz de Jesús para hacerle besar la tierra en el Getsemaní.
5«¿Quién eres Tú?».
«Jesús de Nazaret, el
Rabí, el Cristo. Y tú me conoces. No he actuado en las tinieblas» .
«En las tinieblas, no.
Pero has inducido a error a las muchedumbres con doctrinas tenebrosas. Y el
Templo tiene el derecho y el deber de tutelar el alma de los hijos de Abraham».
«¡El alma! Sacerdote de
Israel, ¿puedes decir que por el alma del más pequeño o del más grande de este
pueblo has sufrido?».
«¿Y Tú entonces? ¿Qué has
hecho que pueda llamarse sufrimiento?».
«¿Qué he hecho? ¿Por qué
me lo preguntas? Todo Israel habla. Desde la ciudad santa al mísero
pueblecillo, hasta las piedras hablan para decir lo que he hecho. He dado la
vista a los ciegos: la de los ojos y la del corazón. He abierto los oídos a los
sordos: para las voces de la Tierra y para las del Cielo. He hecho caminar a
los tullidos y a los paralíticos, para que empezaran la marcha hacia Dios desde
la carne y luego siguieran con el espíritu. He limpiado a los leprosos: de las
lepras que la Ley mosaica señala y de las que hacen a un hombre leproso ante
Dios, o sea, de los pecados. He resucitado a los muertos. Y no señalo que sea
grande llamar a una carne de nuevo a la vida, sino que digo que grande es redimir
a un pecador; y lo he hecho. He socorrido a los pobres, enseñando a los
avarientos y ricos hebreos el precepto santo del amor al prójimo; y, siendo
pobre a pesar del río de oro que ha pasado por mis manos, he enjugado Yo solo
más lágrimas que todos vosotros, que poseéis riquezas. En fin, he dado una
riqueza inefable: el conocimiento de la Ley, el conocimiento de Dios, la
certeza de que somos todos iguales y de que, ante los ojos santos del Padre,
igual es el llanto derramado ‑ o el delito cometido ‑ por el
Tetrarca o por el Pontífice, por el mendigo o el leproso que mueren en el
camino. Esto es lo que he hecho. Nada más».
6«¿Sabes que por ti mismo te acusas? Dices: las lepras que hacen
leprosos ante Dios y no son señaladas por Moisés. Estás insultando a Moisés e
insinúas que hay lagunas en su Ley...».
«No suya: de Dios. Así es.
Digo que más grave que la lepra, desgracia de la carne, desgracia acotada en el
tiempo, es el pecado, que es desgracia, eterna, del espíritu».
«Osas decir que puedes
absolver los pecados. ¿Cómo lo haces?».
«Si con un poco de agua
lustral y el sacrificio de un macho cabrío es lícito y creíble cancelar un
pecado, expiarlo y quedar limpio de él, ¿cómo no habrá de poder hacerlo mi
llanto, mi Sangre y mi deseo?».
«Pero Tú no estás muerto.
¿Dónde está, entonces, la Sangre?».
«No estoy muerto todavía.
Pero lo estaré, porque está escrito: en el Cielo, desde antes que Sión fuera,
desde antes que existiera Moisés, desde antes de Jacob, desde antes de Abraham,
desde cuando el rey del Mal hincó su mordedura en el corazón del hombre y
envenenó el corazón del hombre y el de sus hijos; está escrito en la Tierra, en
el Libro que recoge las palabras de los profetas; está escrito en los
corazones, en el tuyo, en el de Caifás y de los miembros del Sanedrín, que no
me perdonan. No, estos corazones no me perdonan el ser bueno. Yo he absuelto
anticipadamente en vistas de la Sangre, ahora cumplo la absolución con el
lavacro en la Sangre».
«Nos llamas ambiciosos y
dices que ignoramos el precepto del amor...».
«¿Y no es, acaso, cierto?
¿Por qué me dais muerte? Porque tenéis miedo de que os destrone. ¡Oh! No
temáis. Mi Reino no es de este mundo. Os dejo la posesión de todo poder. El
Eterno sabe cuándo decir el "¡basta!" que os hará caer fulminados...».
«¿Como Doras*, ¡eh!?».
«Él murió de ira, no por
un rayo celeste. Dios le esperaba en la otra parte para fulminarle».
«¿Y esto me lo dices a mí,
que soy su pariente? ¿Cómo te atreves?».
«Yo soy la Verdad. La
Verdad nunca es cobarde».
«¡Soberbio y loco!».
«No: sincero. Me acusas de
ofenderos. Pero ¿acaso no odiáis todos vosotros? Os odiáis unos a otros. Ahora
os une el odio contra mí. Pero mañana, cuando me hayáis matado, volverá el odio
a reinar entre vosotros. Y será un odio más fiero. Y viviréis con esa hiena sobre
vuestras espaldas y esta serpiente en el corazón. Yo he enseñado el amor. Por
piedad hacia el mundo. He enseñado a no ser ambiciosos sino a tener
misericordia. 7¿De qué me acusas?».
«De haber introducido una
doctrina nueva».
«¡Oh, sacerdote! Israel
está poblado de nuevas doctrinas: los esenios tienen la suya; los sadoquitas,
la suya; los fariseos, la suya. Cada uno tiene su secreta doctrina, que para
unos se llama placer, para otros oro, para otros poder; y cada uno tiene su
ídolo. No Yo. Yo he tomado de nuevo la Ley de mi Padre, del Dios Eterno, que
había sido pisoteada, y he vuelto a decir sencillamente las diez proposiciones
del Decálogo, secándome los pulmones para hacerlas entrar en los corazones que
ya no las conocían».
«¡Horror! ¡Blasfemia!
¿Decirme esto a mí, sacerdote? ¿No tiene un Templo Israel? ¿Somos como los
castigados de Babilonia? Responde».
«Eso sois. Y más todavía.
Hay un Templo, sí; un edificio. Dios no está. Se ha alejado, ante el abominio
que hay en su casa. Pero ¿para qué me interrogas tanto, si en realidad mi
muerte ya está decidida?».
«No somos asesinos.
Matamos si, por una culpa probada, tenemos derecho a hacerlo. 8Pero
yo quiero salvarte. Respóndeme y te salvaré. ¿Dónde están tus discípulos? Si me
los entregas, te dejaré libre. El nombre de todos, y más los ocultos que los
conocidos. Di: ¿Nicodemo es tuyo?, ¿es tuyo José?, ¿y Gamaliel?, ¿y Eleazar?,
¿y...? Bueno de éste lo sé... no es necesario. Habla. Habla. Sabes que puedo
darte muerte y salvarte. Soy poderoso».
«Eres fango. Dejo al fango
el oficio de espía. Yo soy Luz».
Un esbirro le suelta un
puñetazo.
«Yo soy Luz. Luz y Verdad.
He hablado al mundo abiertamente. He enseñado en las sinagogas y en el Templo
donde se reúnen los judíos, y nada he dicho en secreto. Lo repito. ¿Por qué me
preguntas a mí? Pregunta a los que han oído lo que he dicho. Ellos lo saben».
_________________
* Como Doras, en 126.10.
Otro esbirro le suelta un
bofetón, gritando: «¿Así respondes al Sumo Sacerdote?».
«Estoy hablando a Anás. El
Pontífice es Caifás. Y hablo con el respeto debido a los ancianos. Pero, si
crees que he hablado mal, demuéstramelo; si no, ¿por qué me hieres?».
«Déjale, déjale. 9Voy
donde Caifás. Vosotros tenedle aquí hasta nueva orden mía. Y ved porque no
hable con nadie». Anás sale.
No habla Jesús, no. Ni siquiera con Juan, que se
atreve a estar en la puerta, desafiando a toda la turba de los esbirros. Pero
Jesús, sin pronunciar palabra, debe darle una orden, porque Juan, después de una mirada afligida, sale de allí y le pierdo de vista.
Jesús se queda entre sus
verdugos. Zurriagazos con las cuerdas, esputos, burlas, patadas, tirones de
pelo: esto es lo que le queda. Hasta que uno de la servidumbre viene a decir
que lleven al Prisionero a la casa de Caifás.
Y Jesús, que sigue atado y
sufriendo malos tratos, sale, y pasa al pórtico, lo recorre hasta un zaguán
para cruzar luego un patio donde hay mucha gente calentándose alrededor de una
hoguera (y es que la noche, ahora, en estas primeras horas del viernes, se ha
puesto cruda y ventosa). Está también Pedro, con Juan; mezclados ambos entre el
gentío hostil. Y deben tener mucho valor para estar allí... Jesús los mira. En
su boca, ya hinchada por los golpes recibidos, se dibuja un atisbo de sonrisa.
Un largo camino entre
pórticos y atrios, patios y corredores (¡pero que casas tenía esta gente del
Templo!).
Mas la gente no entra en
el recinto pontificio. Se les impide ir más allá del atrio de Anás. Jesús va
solo, entre esbirros y sacerdotes. 10Entra en una vasta sala que
parece perder su forma rectangular debido a los asientos, muchos, dispuestos en
forma de herradura y dejando en el centro un espacio vacío, tras el cual hay
dos o tres asientos elevados sobre tarimas.
Cuando ya Jesús está para
entrar, el rabí Gamaliel llega, y las guardias pegan un tirón al Prisionero
para que ceda el paso al rabí de Israel. Pero éste, rígido como una estatua,
hierático, aminora el paso y, moviendo apenas los labios, sin mirar a nadie,
pregunta: «¿Quién eres? Dímelo». Y Jesús, dulcemente: «Lee a los profetas y
obtendrás la respuesta. El primer signo está en ellos, el otro vendrá».
Gamaliel recoge su manto y
entra. Y tras él entra Jesús, de quien, mientras Gamaliel va a un sitial, tiran
para ponerle en el centro de la sala, frente al Pontífce, que verdaderamente
tiene cara de malhechor. Se espera hasta que entran todos los miembros del
Sanedrín.
Luego empieza la sesión.
Pero Caifás ve dos o tres asientos vacíos y pregunta: «¿Dónde está Eleazar?
¿Dónde está Juan?».
Se alza un joven escriba -
creo ‑, hace una reverencia y dice: «Han rehusado venir. Aquí está el
escrito».
«Que se conserve y se
escriba. Responderán de ello. 11¿Qué tienen que decir los santos
miembros del Consejo acerca de éste?».
«Yo hablo. En mi casa
violó el sábado. Dios me es testigo de que no miento. Ismael ben Fabí no miente
nunca» .
«¿Es verdad, acusado?».
Jesús calla.
«Yo le vi convivir con
conocidas meretrices. Fingiéndose profeta, había hecho de su guarida un
prostíbulo, y, para colmo, con mujeres paganas. Conmigo estaban Sadoq,
Calasebona y Nahúm, apoderado de Anás. ¿Es verdad lo que digo, Sadoq y
Calasebona? Desacreditad mi testimonio, si lo merezco».
«Es verdad. Es verdad».
«¿Qué dices?».
Jesús calla.
«No desaprovechaba ocasión
de burlarse de nosotros o de exponernos a la burla. La gente ya no nos estima,
por Él».
«¿Los estás oyendo? Has
profanado a los miembros santos».
Jesús calla.
«Este hombre está
endemoniado. Vuelto de Egipto, ejercita la magia negra».
«¿Cómo lo pruebas?» .
«¡Ante mi fe y las tablas
de la Ley!».
«Grave acusación.
Justifícate».
Jesús calla.
«Es ilegal tu ministerio,
¿lo sabes? Merece pena de muerte. Habla».
«Ilegal es esta sesión
nuestra. Álzate, Simeón. Vamos» dice Gamaliel.
«Pero, rabí, ¿estás
perdiendo la razón?».
«Respeto los
procedimientos. No es lícito proceder como lo estamos haciendo. Y presentaré
una acusación pública por ello». Y el rabí Gamaliel sale, rígido como una
estatua, seguido por un hombre que se le parece, de unos treinta y cinco años.
12Hay un poco de confusión, lo cual es aprovechado por Nicodemo y José
para hablar en favor del Mártir.
«Gamaliel tiene razón. Son
ilícitos la hora y el lugar. Y las acusaciones no son consistentes. ¿Puede
alguien acusarle de visible vilipendio a la Ley? Yo soy amigo suyo, y juro que
siempre le he visto respetuoso a la ley» dice Nicodemo.
«Y yo también. Y para no
aceptar un delito me cubro la cabeza, no por Él, sino por vosotros, y salgo». Y
José hace ademán de bajar de su sitio y salir.
Pero Caifás grita en modo
descompuesto: «¡Ah! ¿Eso decís? Vengan entonces los testigos jurados. Y
escuchad. Luego os marcháis».
Entran dos individuos de
la peor calaña: miradas huidizas, risitas crueles, ademanes falsos.
«Hablad».
«No es lícito oírlos
juntos» grita José.
«Yo soy el Sumo Sacerdote. Yo ordeno. ¡Y
silencio!».
José da un puñetazo en una
mesa y dice: «¡Se abran sobre tu cabeza las llamas del Cielo! Desde este
momento sabe que el Anciano José es enemigo del Sanedrín y amigo del Cristo. Y
con esta determinación voy a decir al Pretor que aquí, sin respeto a Roma, se
da muerte», y sale violentamente, dando un empujón a un delgado y joven escriba
que intenta frenarle.
Nicodemo, más morigerado,
sale sin decir nada más. Y, al salir, pasa por delante de Jesús y le mira...
13Nueva agitación. Se teme a Roma. Y la víctima expiatoria sigue siendo
Jesús.
«¡Por tí todo esto, ¿lo
ves?! Tú, corruptor de los mejores judíos. Los has pervertido».
Jesús calla.
«Que hablen los testigos»
grita Caifás.
«Sí. Éste usaba el...
el... Lo sabíamos... ¿Cómo se llama esa cosa?».
«¿Quizás el tetragrama?».
«¡Eso es! ¡Tú lo has
dicho! Invocaba a los muertos. Enseñaba la rebelión contra el sábado y la
profanación del altar. Lo juramos. Decía que quería destruir el Templo para
reedificarlo en tres días con la ayuda de los demonios». .
«No. Él decía que no sería
fabricado por el hombre».
Caifás baja de su sitial y
se acerca a Jesús. Pequeño, obeso, feo, parece un enorme sapo al lado de una
flor. Porque Jesús, a pesar de estar herido, magullado, sucio y despeinado,
aparece todavía muy hermoso y majestuoso. «¿No respondes? ¡Qué acusaciones
contra ti! ¡Horrendas! Habla, para descargarte de su ignominia».
Pero Jesús calla. Le mira
y calla.
14«Respóndeme a mí, entonces. Soy tu Pontífice. En nombre del Dios vivo,
te conjuro. Dime: ¿eres Tú el Cristo, el Hijo de Dios?».
«Tú lo has dicho. Lo soy.
Y veréis al Hijo del hombre, sentado a la derecha del Poder de Dios, venir
sobre las nubes del cielo. Pero, además, ¿por qué me interrogas? He hablado en
público durante tres años. Nada he dicho ocultamente. Pregunta a los que me han
oído. Ellos te dirán lo que he dicho y lo que he hecho».
Uno de los soldados que le
tienen sujeto le golpea en la boca, haciéndola sangrar de nuevo, y grita: «¿Así
respondes, satanás, al Sumo Pontífice?».
Y Jesús, mansamente,
responde a éste como al de antes: «Si he hablado bien, ¿por qué me hieres? Si
mal, ¿por qué no me dices dónde yerro? Repito: Yo soy el Cristo, Hijo de Dios.
No puedo mentir. El sumo Sacerdote, el eterno Sacerdote soy Yo. Y sólo Yo llevo
el verdadero Racional, en que está escrito: Doctrina y Verdad. Y a éstas soy
fiel. Hasta la muerte, ignominiosa a los ojos del mundo, santa a los ojos de
Dios; y hasta la bienaventurada Resurrección. Yo soy el Ungido. Pontífice y Rey
Yo soy Y estoy para tomar mi cetro y con él, como con aventador, limpiar la
era. Este Templo será destruido y resurgirá, nuevo, santo, porque éste está
corrompido y Dios lo ha abandonado a su destino».
«¡Blasfemo!» gritan todos
en coro. «¿En tres días lo construirás, loco, poseído?».
«No éste, sino el mío es
el que resurgirá, el Templo del Dios verdadero, vivo, santo, tres veces santo».
«¡Anatema!» gritan de
nuevo en coro.
Caifás alza su voz ronca y
se desgarra las vestiduras de lino, con gestos de estudiado horror, y dice:
«¿Qué otra cosa hemos de oír de los testigos? La blasfemia está ya dicha. ¿Qué
hacemos entonces?».
Y todos, en coro: «Sea reo
de muerte».
Y con gestos de desdén y
de escándalo salen de la sala y dejan a Jesús a merced de los esbirros y de la
chusma de los falsos testigos, que, dándole bofetadas, puñetazos, escupiéndole,
vendándole los ojos con un trapajo y luego tirándole violentamente de los
cabellos, le arrojan de un lado para otro, con las manos atadas, de manera que
choca contra mesas, sitiales y paredes. Y le preguntan: «¿Quién te ha pegado?
Adivina». Y varias veces, poniéndole zancadillas, le hacen caer de bruces, y se
ríen a carcajadas al ver cómo, con las manos atadas, a duras penas se levanta.
15Pasan así las horas. Los torturadores, cansados, piensan en tomarse un
poco de descanso. Llevan a Jesús a un tabuco haciéndole cruzar muchos patios
exponiéndole a las burlas de la turba, ya muy numerosa en el recinto de las
casas pontificales.
Jesús llega al patio donde
está Pedro, al lado de su hoguera. Y le mira. Pero Pedro evita encontrar su
mirada. Juan ya no está; supongo que se habrá marchado con Nicodemo...
El alba avanza
fatigosamente, glauca. Una orden ha sido dada: llevar de nuevo al Prisionero a
la sala del Consejo para un proceso más legal. Es el momento en que Pedro niega
por tercera vez que conoce al Cristo, cuando Él pasa ya marcado por los
padecimientos. Con la luz verdosa del alba, los moratones parecen aún más
atroces en el rostro térreo, los ojos más hundidos y vítreos: un Jesús empañado
por el dolor del mundo...
Un gallo lanza al aire
apenas móvil del alba su grito burlón, sarcástico, pícaro. Y en este momento de
gran silencio que se ha creado ante la presencia de Cristo, sólo se oye la voz
áspera de Pedro decir: «Lo juro, mujer. No le conozco»: afirmación seca,
segura, a la cual, como una carcajada burlona, responde en seguida el ribaldo
canto del gallito.
Pedro reacciona. Se vuelve
para huir, y se encuentra a Jesús de frente, mirándole con infinita piedad, con
un dolor tan intenso y sentido, que me parte el corazón (como si después de eso
yo hubiera de ver disolverse, para siempre, a mi Jesús). Pedro experimenta un
conato de llanto. Sale, tambaleándose como si estuviera borracho. Huye detrás
de dos domésticos que también salen. Se pierde cuesta abajo por la calle
todavía semiobscura.
Llevan otra vez a la sala
a Jesús. Le repiten en coro la pregunta capciosa: «En nombre del Dios
verdadero, dinos: ¿eres el Cristo?».
Y, habiendo recibido la
respuesta de antes, le condenan a muerte y dan la orden de conducirle ante
Pilatos.
16Jesús, escoltado por todos sus enemigos, menos Anás y Caifás, sale,
pasando de nuevo por esos patios del Templo donde tantas veces había hablado,
favorecido y curado; franquea el cinturón almenado, entra en las calles de la
ciudad y, más arrastrado que conducido, baja hacia ésta, ahora rojiza por un
primer anuncio de la aurora.
Creo que con la única
finalidad de alargarle el tormento le hacen recorrer un largo trayecto
superfluo por Jerusalén, pasando arteramente por las barracas de mercado, por
delante de las caballerizas y de posadas colmadas de gente por la Pascua. Y
tanto las verduras de desecho de los puestos como los excrementos de los
animales de las cuadras se transforman en proyectiles para el Inocente, cuyo
rostro presenta, cada vez más, mayores moraduras, pequeñas magulladuras sanguinolentas,
y aparece velado por distintas inmundicias en él esparcidas. Los cabellos, ya
recargados y ligeramente tiesos debido al sudor sanguíneo, y más opacos, ahora
penden despeinados, impregnados de paja e inmundicias, y caen sobre los ojos,
porque le revuelven aquéllos para taparle la cara.
La gente que está en las
barracas, compradores y vendedores, abandonan todo para seguir ‑ no con
amor precisamente ‑ al Desdichado. Los estableros y los criados de las
posadas salen en masa, sordos a las voces de las amas (las cuales, como casi
todas las otras mujeres, la verdad es que se muestran, si no totalmente
contrarias a estas ofensas, sí, al menos, indiferentes a esta agitación, y se
retiran echando pestes porque las dejan solas y tienen mucha gente a la que atender).
La turba vociferante se
engrosa así a cada minuto que pasa, y parece como si por una repentina epidemia
los corazones y las fisonomías cambiaran su naturaleza: aquéllos,
transformándose en corazones de malhechores; éstas, en máscaras de crueldad en
caras verdes de odio o rojas de ira. Las manos son ahora garras, las bocas
adquieren forma y aullido de lobo, los ojos se hacen torvos, rojos, torcidos...
como los de los locos. Sólo Jesús sigue igual, aunque cubierto de inmundicias
esparcidas por su cuerpo alterado por moratones y tumefacciones.
17Al llegar a un tramo abovedado que estrecha la calle como un anillo,
mientras todo se tapona y se hace más lento, un grito corta el aire: «¡Jesús!».
Es Elías, el pastor, que trata de abrirse paso enarbolando y haciendo girar un
grueso palo. Viejo, robusto, con aire amenazador, fuerte, logra llegar casi
donde el Maestro. Pero la muchedumbre, desbaratada por el inesperado asalto,
aprieta sus filas y aparta, rechaza, vence a este hombre solo contra toda la
turba. «¡Maestro!» grita, mientras el remolino de la muchedumbre lo absorbe y
rechaza.
«¡Vete!... Mi Madre... Te
bendigo...».
Y la turba rebasa el
estrechamiento. Ahora, como agua que hallara respiro después de una esclusa, se
vuelca, en tumulto, por un amplio paseo elevado respecto a una depresión del
terreno situada entre dos lomas en cuyos límites pueden verse espléndidos
palacios de señores de alta alcurnia.
Vuelvo a ver el Templo en
lo alto de su monte, y comprendo que la vuelta ociosa que han hecho dar al Condenado
para exponerle al escarnio de toda la ciudad y permitir a todos insultarle ‑
habiendo aumentando a cada paso los que participaban en estos insultos ‑
está para concluirse, volviendo así otra vez a los lugares de antes.
18De un palacio sale al galope un caballero. La gualdrapa purpúrea sobre
la blancura del caballo árabe y la solemnidad de su aspecto, la espada blandida
desnuda, descargada de plano y filo sobre espaldas y cabezas que ya sangran, le
hacen parecer un arcángel. Cuando un caracol, una empinadura del caballo que
corvetea ‑ haciendo de los cascos un arma de defensa para sí mismo y para
su amo, y el más eficaz de los instrumentos de apertura para abrirse paso entre
la multitud ‑, provoca la caída del velo de púrpura y oro que cubría su
cabeza y que estaba sujeto por una cinta de color de oro, entonces reconozco a
Manahén.
«¡Atrás!» grita. «¿Cómo os
permitís turbar el descanso del Tetrarca?». Pero esto es sólo una excusa para
justifcar su intervención y su intento de llegar hasta Jesús. «Este hombre...
dejádmelo ver... Apartaos, o llamo a la guardia...».
La gente, tanto por la
lluvia de mandobles, como por las patadas del caballo, y por la amenaza del
caballero, abre paso. Manahén puede, así, llegar al grupo de Jesús y de los
miembros de la guardia del Templo que le tienen sujeto.
«¡Fuera! El Tetrarca es
más que vosotros, sucios siervos. Atrás. Quiero hablar con Él», y lo obtiene,
cargando con su espada contra el más encarnizado de sus apresadores.
«¡Maestro!...».
«Gracias. ¡Pero vete! ¡Y
que Dios te conforte!». Y, como puede con las manos atadas, Jesús hace un gesto
de bendición.
La muchedumbre silba desde
lejos y, en cuanto ve que Manahén se retira, de haber sido arredrada se venga
con una lluvia de piedras y porquerías contra el Condenado.
19Por el paseo en subida, ya calentado por el sol, se va hacia la Torre
Antonia, cuya mole ya aparece lejos.
Un grito agudo de mujer
(«¡Oh, mi Salvador! ¡Mi vida por la tuya, oh Eterno!») hiende el aire.
Jesús vuelve la cabeza y
ve, en la alta terraza florida que corona una casa muy bonita, a Juana de Cusa,
tendiendo los brazos al cielo, entre miembros de la servidumbre, hombres y
mujeres, con los pequeños María y Matías al lado de ella. ¡Pero el Cielo hoy no
escucha oraciones! Jesús alza las manos y traza un gesto de adiós y bendición.
«¡Muerte! ¡Muerte al
blasfemo, al corruptor, al satanás! ¡Muerte a sus amigos!», y lanzan silbidos y
piedras hacia la alta terraza. No sé si hieren a alguno. Oigo un grito
agudísimo y luego veo que el grupo se deshace y desaparece.
Y siguen adelante,
adelante, subiendo... Jerusalén muestra sus casas al sol, vacías, vaciadas por
el odio, que impulsa a toda una ciudad (con los habitantes efectivos y los
transeúntes que se han dado cita para la Pascua) contra un inerme.
20Unos soldados romanos, un entero manípulo, sale, corriendo, de la
Antonia, apuntadas las lanzas contra la chusma, que, gritando, se dispersa. Se
quedan en medio de la calle Jesús y los miembros de la guardia con los jefes de
los sacerdotes, algunos escribas y algunos Ancianos del pueblo.
«¿Este hombre? ¿Esta
sedición? Responderéis ante Roma» dice, altanero, un centurión.
«Es reo de muerte, según
nuestra ley».
«¿Y desde cuándo se os ha
devuelto el ius gladii et sanguinis?» pregunta el mismo, el más anciano
de los centuriones (de rostro severo, verdaderamente romano, con una mejilla
dividida por una profunda cicatriz); y habla con el desprecio y el desdén con
que hablaría a piojosos galeotes.
«Sabemos que no tenemos
este derecho. Somos los fieles subordinados de Roma...».
«¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Mira lo
que dicen, Longino! ¡Fieles! ¡Subordinados!... ¡Carroña! Las flechas de mis
arqueros os daría como premio».
«¡Demasiado noble una
muerte así! Las espaldas de los mulos requieren el flagrum y no otra cosa!...»
responde con irónica flema Longino.
Los jefes de los
sacerdotes, escribas y Ancianos, espuman veneno. Pero, como quieren obtener su
objetivo, callan; tragan la ofensa sin dar muestras de haberla entendido, e
inclinándose ante los dos jefes, piden que Jesús sea llevado a la presencia de
Poncio Pilato para que «juzgue y condene con la bien conocida y honesta
justicia de Roma».
«¡Ja! ¡Ja! ¡Mira lo que
dicen! Ahora somos más sabios que Minerva... ¡Aquí! ¡Venga! ¡Id por delante!
¡Nunca se sabe! Sois unos chacales, y además hediondos. Teneros detrás es un
peligro. ¡Venga!».
«No podemos».
«¿Por qué! Cuando uno
acusa debe estar delante del juez con el acusado. Esta es la regla de Roma».
«La casa de un pagano es
impura ante nuestros ojos, y ya estamos purificados para la Pascua».
«¡Oh, pobrecitos! ¡Si
entran, se contaminan!... ¿Y matar al único hebreo que es hombre, y no
un chacal y un reptil como vosotros, no os contamina? Bien, de acuerdo, quedaos
ahí. Si dais un paso adelante os veréis clavados en las lanzas. Una decuria en
torno al Acusado. Las otras contra esta chusma hedionda de pico mal lavado».
21Jesús entra en el Pretorio en medio de los diez asteros, que forman un
cuadrado de alabardas en torno a su persona. Los dos centuriones van delante.
Mientras Jesús espera en un vasto atrio, tras el cual hay un patio visible en
parte a través de una cortina que el viento agita, ellos desaparecen tras una
puerta.
Vuelven con el Gobernador,
que viene vestido con una toga blanquísima, sobre la cual trae un manto de
color escarlata: quizás vestían así cuando representaban oficialmente a Roma.
Entra indolentemente, con una sonrisita escéptica en su cara afeitada. Tritura
entre sus manos hojas de hierba luisa y las huele con voluptuosidad. Va a un
cuadrante solar, lo mira, se vuelve, echa unos granos de incienso en un brasero
que está colocado a los pies de un numen. Manda que le traigan agua de cidra y
hace gárgaras con ella. Se contempla el peinado, hecho todo de ondas, en un
espejo de metal tersísimo. Parece como si se hubiera olvidado del Condenado,
que espera su aprobación para ser ejecutado. Haría airarse hasta a las mismas
piedras.
Los hebreos, dado que el
atrio está por el frente todo abierto, y elevado sobre tres altos escalones
respecto del vestíbulo ‑ el cual, a su vez, respecto a la calle a la que
da, está ya de por sí elevado sobre otros tres escalones ‑ ven todo
perfectamente, y hierven por dentro. Pero no osan rebelarse por miedo a las
lanzas y a las jabalinas.
Por fin, después de haber
ido y venido por el amplio lugar, Pilatos va hacia Jesús. Le mira y pregunta a
los dos centuriones: «¿Este?».
«Éste».
«Que vengan sus
acusadores», y va a sentarse en la silla que está encima de la tarima. Las
enseñas de Roma, sobre su cabeza, se entrecruzan con las águilas doradas y la
poderosa sigla.
«No pueden venir. Se
contaminan».
«¡¡¡Hala!!! Mejor. Nos
ahorraremos ríos de esencias para quitar el olor a cabra. Que se acerquen al
menos. Aquí abajo. Y cuidad de que no entren, dado que no quieren hacerlo.
Puede ser un pretexto este hombre para una sedición».
Un soldado sale para
llevar la orden del Procurador romano. Los demás forman, delante del atrio a
iguales distancias unos de otros, hermosos como nueve estatuas de héroes.
22Se acercan los jefes de los sacerdotes, escribas y Ancianos. Saludan
con serviles reverencias y se detienen en la placita que está delante del
Pretorio, delante de los tres escalones del vestíbulo.
«Hablad y sed concisos. Ya
tenéis culpa por haber turbado la noche y haber obtenido la apertura de las
puertas con violencia. Pero verificaré estas cosas y mandantes y mandatarios
responderán de la desobediencia al decreto». Pilato ha ido hacia ellos (aunque
se ha quedado en el vestíbulo).
«Venimos a someter a Roma,
a cuyo divino emperador tú representas, nuestro juicio sobre éste».
«¿Qué acusación traéis
contra Él? Me parece un hombre inocuo...».
«Si no fuera un malhechor,
no te lo habríamos traído». Y con el afán de acusar dan unos pasos hacia
delante.
«¡Arredrad a esta plebe!
Seis pasos más allá de los tres escalones de la plaza. ¡Las dos centurias, a
las armas!».
Los soldados obedecen
rápidamente alineándose cien sobre el escalón externo más alto, vueltas las
espaldas al vestíbulo, y cien en la placita a la que da el portal de entrada de
la morada de Pilato. He dicho "portal", debería decir
"zaguán" o arco triunfal, porque se trata de un vastísimo lugar
abierto limitado por una verja, que ahora está abierta de par en par y que da
acceso al atrio por el largo corredor del vestíbulo ‑ de, al menos, seis
metros de ancho ‑, de forma que se ve con claridad lo que sucede en el
atrio realzado. Al pie del amplio vestíbulo se ven las caras bestiales de los
judíos mirando, amenazadoras y satánicas, hacia el interior, mirando desde el
otro lado de la barrera armada que, codo con codo, como para una revista,
presenta doscientas puntas a los conejos asesinos.
«Repito: ¿qué acusación
traéis contra éste?».
«Ha cometido delito contra
la Ley de los padres».
«¿Y venís a darme la lata
a mí por esto? Lleváosle vosotros y juzgadle según vuestras leyes».
«Nosotros no podemos
ajusticiar a nadie. No somos doctos. El Derecho hebreo es un niño deficiente
respecto al perfecto Derecho de Roma. Como ignorantes y como sujetos a Roma,
maestra, tenemos necesidad...».
«¿Desde cuándo sois miel y
mantequilla?... De todas formas, vosotros, maestros del embuste, habéis dicho
una verdad. ¡Tenéis necesidad de Roma? Sí. Para deshaceros de este que os
molesta. Entiendo». Y Pilato se ríe mientras mira al cielo sereno encuadrado
como una lámina rectangular de turquesa obscura entre las marmóreas y cándidas
paredes del atrio. «Decidme: ¿en qué ha cometido delito contra vuestras
leyes?».
«Hemos visto que éste
introducía el desorden en nuestra nación e impedía pagar el tributo a César,
presentándose como el Cristo, rey de los judíos».
23Pilato vuelve a acercarse a Jesús, que está en el centro del atrio
(¡tan clara se ve su mansedumbre, que los soldados le han dejado allí, atado
pero sin custodia!). Y le pregunta: «¿Eres Tú el rey de los judíos?» .
«¿Lo preguntas por ti o
por insinuación de otros?».
«¿Y qué me importa a mí de
tu reino? ¿Soy yo, acaso, judío? Tu nación y los jefes de ella te han entregado
a mí para que juzgue. ¿Qué has hecho? Sé que eres leal. Habla. ¿Es verdad que
aspiras a reinar?».
«Mi Reino no viene de este
mundo. Si fuera un reino del mundo, mis ministros y soldados habrían luchado
para impedir que cayera en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de la
Tierra. Y tú sabes que no tiendo al poder».
«Eso es verdad. Lo sé. Me
lo han dicho. De todas formas, ¿no niegas que eres rey?».
«Tú lo dices. Yo soy Rey.
Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la Verdad. El que es amigo
de la Verdad escucha mi voz».
«¿Y qué es la Verdad?
¿Eres filósofo? No sirve de nada frente a la muerte. Sócrates murió
igualmente».
«Pero le sirvió ante la
vida, para vivir bien. Y también para morir bien. Y para ir a la vida segunda
sin nombre de traidor de las virtudes ciudadanas».
«¡Por Júpiter!». Pilato le
mira admirado unos momentos. Luego vuelve a caer en el sarcasmo escéptico. Hace
un gesto de fastidio, le vuelve las espaldas y va hacia los judíos. «No
encuentro en Él ninguna culpa».
La muchedumbre, temiendo
perder la presa y el espectáculo del suplicio, se agita. Gritan: «¡Es un
rebelde!»; «es un blasfemo»; «incita al libertinaje»; «anima a la rebelión»;
«niega respeto a César»; «se finge profeta sin serlo»; «hace magia»; «es un
satanás»; «agita al pueblo con sus doctrinas, enseñando en toda Judea, a donde
ha venido de Galilea enseñando»; «¡a muerte!»; «¡a muerte!».
«¿Es galileo? ¿Eres
galileo?». Pilato vuelve a acercarse a Jesús: «¿Oyes cómo te acusan?
Justifícate».
Pero Jesús calla.
24Pilato piensa... y decide. «Una centuria, y éste donde Herodes. Que le
juzgue él. Es súbdito suyo. Reconozco el derecho del Tetrarca y ratifico de
antemano su veredicto. Que se le informe. Marchaos».
Y Jesús, encuadrado como
un granuja por cien soldados, vuelve a cruzar la ciudad, y vuelve a ver a Judas
Iscariote, al que ya había visto una vez en un mercado. Antes, invadida por el
desagrado del alboroto del pueblo, me había olvidado de decirlo. La misma
mirada de piedad hacia el traidor...
Ahora es más difícil
descargar sobre Él patadas y palos, pero no faltan ni las piedras ni las
porquerías, y si las piedras caen y sólo suenan, sin herir, en los yelmos y
corazas romanos, sí que dejan señal cuando caen sobre Jesús, que camina sólo
con la túnica, pues que había dejado el manto en el Getsemaní.
Al entrar en el fastuoso
palacio de Herodes, Jesús ve a Cusa... que no sabe mirarle, y que huye para no
verle en ese estado, cubriéndose la cabeza con el manto.
25Ya está en la sala en presencia de Herodes. Y detrás de Jesús -
escoltado hasta el Tetrarca sólo por el centurión y cuatro soldados - ya entran
como acusadores embusteros los fariseos escribas, que aquí se sienten a sus
anchas.
Herodes baja de su sitial
y da vueltas en torno a Jesús mientras escucha las acusaciones de sus enemigos.
Sonríe. Hace burla. Luego finge una piedad y un respeto que no turban al
Mártir, como tampoco le han turbado las burlas.
«Eres grande. Lo sé. He
seguido tus pasos con atención, y me he alegrado cuando he visto que Cusa era
amigo tuyo y Manahén discípulo. Yo... las preocupaciones del Estado... Pero
sentía un gran deseo de decirte que eres grande... de pedirte perdón... La
mirada de Juan... su voz... me acusan y siempre están delante de mí. Tú eres el
santo que borra los pecados del mundo. Absuélveme, Cristo».
Jesús calla.
«He oído que te acusan de
haberte alzado contra Roma. ¿Pero no eres Tú la vara prometida* para castigar a
Asur?».
Jesús calla.
«Me han dicho que
profetizas el final del Templo y de Jerusalén. Pero, dado que existe por
voluntad del Eterno, ¿no es eterno el Templo como espíritu?».
Jesús calla.
«¿Estás loco? ¿Has perdido
el poder? ¿Es que Satanás te traba la palabra? ¿Te ha abandonado?». Herodes
ahora se ríe.
26Luego da una orden, y unos siervos traen un galgo con una pata rota,
que gañe quejumbrosamente, y a
un establero idiota,
hidrocéfalo, baboso, un
aborto de
______________________
* vara prometida, en Isaías 30, 30‑32.
hombre, juguete de los
siervos. Los escribas y los sacerdotes huyen, gritando por el sacrilegio,
cuando ven la camilla del perro. Herodes, falso y burlón, explica: «Es el
preferido de Herodías. Regalo de Roma. Ayer se rompió una pata y ella llora.
Ordena que se cure. Haz el milagro».
Jesús le mira severamente.
Y calla.
«¿Te he ofendido? Entonces
a éste. Es un hombre, aunque en poco supere a un animal salvaje. Dale la
inteligencia, Tú, Inteligencia del Padre... ¿No dices eso?». Y se ríe, ofensivo.
Otra mirada, más severa,
de Jesús. Y silencio.
«Este hombre está
demasiado abstinente, y ahora está aturdido por los desprecios. Vino y mujeres,
aquí. Y desatadlo».
Le desatan y, mientras
gran número de servidores traen ánforas y copas, entran bailarinas... tapadas
con nada: una franja multicolor de lino ciñe, como único vestido, desde la
cintura a los muslos, sus gráciles cuerpos; nada más. Broncíneas ‑ son
africanas ‑, livianas como gacelas jovencitas, comienzan una danza
silenciosa y lasciva.
Jesús rechaza las copas y
cierra los ojos. Calla. La
corte de Herodes, ante este desdén suyo, ríe.
«Toma la que quieras.
¡Vive! ¡Aprende a vivir!...» insinúa Herodes.
Jesús parece una estatua.
Con los brazos cruzados, los ojos bien
cerrados, no reacciona ni siquiera cuando las impúdicas bailarinas le pasan
rozando con sus cuerpos desnudos.
«Basta. Te he tratado como
a Dios y no has actuado como Dios. Te he tratado como hombre y no has actuado
como hombre. Estás loco. Una túnica blanca. Ponédsela para que Poncio Pilato
sepa que el Tetrarca ha juzgado loco a su súbdito. Centurión, dirás al
Procónsul que Herodes le presenta humildemente sus respetos y venera a Roma.
Marchaos».
Y Jesús, atado de nuevo,
sale, con una túnica de lino que le llega hasta la rodilla, encima de la túnica
roja de lana.
Y vuelven donde Pilato.
27Ahora, cuando la centuria a duras penas hiende la masa de gente ‑
no se han cansado de esperar ante el palacio proconsular, y es extraño el ver a
tanta gente en ese sitio y en los lugares cercanos mientras que el resto de la
ciudad aparece vacío ‑, Jesús ve en grupo a los pastores. Están al
completo, o sea: Isaac, Jonatán, Leví, José, Elías, Matías, Juan, Simeón,
Benjamín y Daniel. Con ellos también un grupito de galileos, de los cuales
reconozco a Alfeo y a José de Alfeo, junto a dos otros que no conozco, pero
que, por el peinado, diría que son judíos. Y un poco detrás, semiescondido tras
una columna, junto a un romano que parece ser un servidor, ve a Juan, que ha
entrado en el vestíbulo. Jesús sonríe a éste y a aquéllos... sus amigos... Pero
¿qué son estos pocos y Juana y Manahén y Cusa en medio de un océano de odio en
agitación?...
28El centurión saluda a Poncio Pilato e informa.
«¡¿Aquí otra vez?! ¡Uf!
¡Maldita esta raza! Que se acerque la chusma. Traed aquí al Acusado. ¡Uf, qué
lata!».
Va hacia la muchedumbre,
aunque también esta vez se detiene en la mitad del vestíbulo.
«Hebreos, escuchad. Me
habéis traído a este hombre como agitador del pueblo. Delante de vosotros le he
examinado y no he hallado en Él ninguno de los delitos de que le acusáis.
Herodes no ha encontrado más que yo. Y nos le ha devuelto. No merece la muerte.
Roma ha hablado. De todas formas, por no contrariaros privándoos de la
recreación, os daré a cambio a Barrabás. Y a Él mandaré que le den cuarenta
azotes. Así basta».
«¡No, no! ¡No a Barrabás!
¡No a Barrabás! ¡A Jesús la muerte! ¡Y una muerte horrenda! Libera a Barrabás y
condena al Nazareno».
«¡Pero oíd! He dicho
fustigación. ¿No es suficiente? ¡Entonces mandaré que le flagelen! ¿Sabéis que
es atroz? Puede morir por ello. ¿Qué mal ha hecho? No encuentro ninguna culpa
en Él, así que le liberaré».
«¡Crucifica! ¡Crucifica!
¡A muerte! ¡Eres un protector de los malhechores! ¡Pagano! ¿Tú también otro
satanás!».
La muchedumbre se acerca
hasta el pie del vestíbulo y la primera formación de soldados, no pudiendo usar
las lanzas, ondea por el choque. Pero la segunda fila, bajando un peldaño,
blande las lanzas y libera a los compañeros.
«Que sea flagelado» ordena
Pilato a un centurión.
«¿Cuánto?».
«Lo que te parezca...
Total, ésta es una cuestión concluida. Y yo ya estoy aburrido. Venga, ve».
29Cuatro soldados llevan a Jesús al patio que está después del atrio. En
él, enteramente enlosado con mármoles de color, en su centro hay una alta
columna semejante a las del pórtico. A unos tres metros del suelo, la columna
tiene un brazo de hierro que sobresale al menos un metro y que termina en una
argolla. A ésta columna - tras haberle hecho desvestirse, de forma que ha
quedado únicamente con un pequeño calzón de lino y las sandalias ‑ atan a
Jesús, con las manos unidas por encima de la cabeza. Levantan las manos, atadas
por las muñecas, hasta la argolla, de forma que Él, a pesar de ser alto, no
apoya en el suelo más que la punta de los pies... Y también esta postura debe
ser un tormento.
He leído, no sé dónde, que
la columna era baja y que Jesús estaba encorvado. Será eso. Yo lo veo así y así
lo digo.
Detrás de Él se coloca uno
de cara de verdugo y neto perfil hebreo; delante, otro, con la misma cara.
Están armados con el flagelo de siete tiras de cuero unidas a un mango y
acabadas en un martillito de plomo. Rítmicamente, como si estuvieran haciendo
un ejercicio, se ponen a dar golpes. Uno, delante; el otro, detrás. De forma
que el tronco de Jesús se halla dentro de una rueda de azotes y flagelos.
Los cuatro soldados a los
que ha sido entregado, indiferentes, se han puesto a jugar a los dados con
otros tres soldados que han llegado en ese momento. Y las voces de los
jugadores se acompasan con el sonido de los flagelos, que silban como sierpes y
luego suenan como piedras arrojadas contra la membrana tensa de un tambor,
golpeando el pobre cuerpo, ese pobre cuerpo tan delgado y de un color blanco de
marfil viejo, que primero se pone cebrado, de un rosa cada vez más vivo, luego
morado, para ornarse luego de relieves de color añil, hinchados de sangre, y
luego se abre y rompe y suelta sangre por todas partes. Los verdugos se ceban
especialmente en el tórax y en el abdomen; pero no faltan los golpes en las
piernas y en los brazos, e incluso en la cabeza, para que no hubiera un lugar
de la piel sin dolor.
Y ni una queja siquiera...
Si no estuviera sujetado por la cuerda, se caería. Pero ni se cae ni gime. Eso
sí, la cabeza le pende - después de golpes y más golpes recibidos ‑ sobre
el pecho, como por desvanecimiento.
«¡Eh, para ya!» grita un
soldado, y, en tono de mofa: «Que tienen que matarle estando vivo».
Los dos verdugos se paran
y se secan el sudor.
«Estamos agotados» dicen.
«Dadnos la paga, para poder echar un trago y así reponernos...».
«¡La horca os daría! En
fin, tomad...», y un decurión arroja una moneda grande a cada uno de los dos
verdugos.
«Habéis trabajado a
conciencia. Parece un mosaico. Tito: ¿tú dices que era éste el amor de
Alejandro*? Le daremos la noticia para que cumpla el luto. Le desatamos un
poco, ¿eh?».
30Le desatan, y Jesús se derrumba como muerto. Le dejan ahí en el suelo,
y de vez en cuando le golpean con el pie calzado con las cáligas para ver si
gime. Pero Él calla.
«¿Estará muerto? ¿Pero es
posible? Es joven. Y artesano. Eso me han dicho... Parece una dama delicada».
«Déjalo de mi cuenta» dice
un soldado. Y le sienta con la espalda apoyada en la columna. Donde estaba,
ahora hay grumos de sangre... Luego va a una pequeña fuente que gorgotea bajo
el pórtico. Llena de agua un barreño y lo arroja sobre la cabeza y el cuerpo de
Jesús. «¡Así! A las flores les viene bien el agua».
Jesús suspira
profundamente. Intenta levantarse. Pero todavía tiene los ojos cerrados.
«¡Eso es! ¡Bien! ¡Arriba,
majo! ¡Que te espera la dama!...».
Pero Jesús inútilmente
apoya en el suelo los puños intentando erguírse.
«¡Arriba! ¡Rápido! ¿Te
sientes débil? Con esto te vas a reponer» dice otro soldado con sonrisa
socarrona. Y con el asta de su alabarda descarga un golpe en la cara de Jesús,
dándole entre el pómulo derecho y la nariz, por donde empieza a sangrar.
_____________________
* Alejandro, soldado romano encontrado en 86 y en 115, recordado en 204.3 y en
461.19.
Jesús abre los ojos, los
vuelve. Es una mirada empañada... Mira fijamente al soldado que le ha golpeado.
Se enjuga la sangre con la mano. Luego, con mucho esfuerzo, se pone de pie.
«Vístete. No es decente
estar así. ¡Impúdico!». Todos se ríen, en corro alrededor de Él.
Él
obedece sin decir nada. Pero, mientras se encorva ‑ y sólo Él sabe lo que
sufre al agacharse, estando tan magullado y con esas llagas que al estirarse la
piel se abren más todavía, y con otras que se forman al romperse las ampollas ‑,
un soldado da una patada a la ropa y la disemina y cada vez que Jesús,
tambaleándose, llega a donde ha caído la ropa, un soldado las echa en otra
dirección. Y Jesús, sufriendo agudamente, sigue a la ropa sin decir una
palabra, mientras los soldados se burlan de Él en modo repugnante.
Por
fin puede vestirse. Se pone también la túnica blanca, que estaba apartada y no
se ha manchado. Parece querer ocultar su pobre túnica roja, que ayer mismo
estaba tan bonita y ahora está ensuciada de porquerías y manchada por la sangre
sudada en Getsemaní. Es más, antes de ponerse sobre la piel la túnica corta
interior, se enjuga con ella la cara, que está mojada, limpiándola así de polvo
y esputos. Y la pobre, santa faz, aparece limpia, sólo signada de moratones y
pequeñas heridas. Se ordena también el pelo, que pendía desordenado, y la
barba, por una innata necesidad de arreglo corporal.
Y
luego se acurruca al sol. Porque tiembla mi Jesús... La fiebre empieza a
serpear en Él con sus escalofríos. Y también se pone de manifiesto la debilidad
por la sangre perdida, el ayuno y el mucho camino andado.
31Le atan de nuevo las manos. Y la cuerda sierra de nuevo en donde ya
hay un rojo aro de piel levantada.
«¿Y
ahora? ¿Qué hacemos con Él? ¡Yo me aburro!».
«Espera.
Los judíos quieren un rey. Vamos a dárselo. Ése...» dice un soldado.
Y
sale raudo ‑ sin duda, a un patio de detrás ‑. Vuelve con un haz de
ramas de espino albar agreste, todavía flexible porque la primavera mantiene
blandas las ramas, de espinas bien duras y aguzadas. Con la daga, quitan hojas
y florecillas. Luego hacen un círculo con las ramas y lo acalcan en la pobre
cabeza... Pero la bárbara corona penetra hasta el cuello.
«No
va bien. Más pequeña. Quítasela».
La
sacan, y, al hacerlo, arañan las mejillas ‑ incluso con el peligro de
cegar a Jesús ‑ y arrancan cabellos. La hacen más pequeña. Ahora está
demasiado estrecha y, aunque aprietan ‑ hincando en la cabeza las espinas
‑, puede caerse. Otra vez afuera, arrancando más pelo. La modifican de
nuevo. Ahora va bien. Delante hay un triple cordón espinoso; detrás, donde los
extremos de las tres ramas se entrecruzan, hay un verdadero nudo de espinas que
entran en la nuca.
«¿Ves
qué bien estás! Bronce natural y rubíes puros. Mírate, rey, en mi coraza» dice,
burlón, el que ha ideado el suplicio.
«No
es suficiente la corona para hacerle a uno rey. Se necesita la púrpura y el
cetro. En el establo hay una caña y en la cloaca hay una clámide roja. Ve por
ellas, Cornelio».
Y, cuando éste las trae,
ponen el sucio trapajo sobre los hombros de Jesús y, antes de ponerle entre las
manos la caña, le dan con ella en la cabeza, hacen reverencias y saludan:
«¡Ave, rey de los Judíos!», y se tronchan de risa.
Jesús no les opone
resistencia. Se deja sentar en el "trono" (un barreño colocado boca
abajo, usado, sin duda, para dar de beber a los caballos), y se deja golpear y
escarnecer, sin decir nada nunca. Solamente los mira... y es una mirada de una
dulzura tan grande y de un dolor tan atroz, que no puedo mirar yo sin sentir mi
corazón traspasado.
32Los soldados concluyen el escarnio sólo cuando oyen la voz de un
superior que ordena sea conducido el reo ante Pilato. ¡Reo! ¿De qué?
Sacan de nuevo a Jesús al
atrio, cubierto ahora éste por un valioso entrecielo para el sol. Jesús tiene
todavía la corona, la clámide y la caña.
«Acércate, para mostrarte
al pueblo».
Jesús, ya quebrantado, se
yergue con porte digno: ¡oh, verdaderamente es un rey!
«Oíd, hebreos. Aquí está
el hombre. Yo le he castigado. Pero ahora dejadle marcharse».
«¡No, no! ¡Queremos verle!
¡Que salga! ¡Queremos ver al blasfemo!».
«Traedle aquí afuera. Y
atentos a que no le prendan».
Y mientras Jesús sale al
vestíbulo y puede vérsele dentro del cuadrado formado por los soldados, Poncio
Pilato le señala con la mano diciendo: «He aquí al Hombre. A vuestro rey ¿No es
suficiente todavía?».
El Sol de un día de
bochorno llegado ya al medio de la tercia desciende casi perpendicular,
encendiendo y resaltando miradas y caras: ¿son hombres esa gente? No: hienas
hidrófobas. Gritan, muestran los puños, piden muerte...
Jesús está erguido. Y le
aseguro que nunca tuvo esa nobleza de ahora. Ni siquiera cuando ejecutaba los
más poderosos milagros. Nobleza de dolor. Tan divino, que bastaría para
signarle con el nombre de Dios. Pero para pronunciar ese Nombre hay que ser, al
menos, hombres, y Jerusalén hoy no tiene hombres, sólo demonios.
Jesús recorre con su
mirada la muchedumbre y, en el mar de caras cargadas de odio, encuentra rostros
amigos. ¿Cuántos? Menos de veinte amigos entre millares de enemigos... Y agacha
la cabeza, bajo la impresión de este abandono. Una lágrima rueda... y otra... y
otra... El ver su llanto no genera piedad; antes bien, un odio aún más sañudo.
33De nuevo le llevan al atrio.
«¿Entonces? Dejadle
marcharse. Es justicia».
« No. A muerte.
Crucifica».
«Os doy a Barrabás».
«No. ¡Al Cristo!».
«Pues entonces pase a
vuestras manos y crucificadle vosotros, porque yo no encuentro en Él delito
alguno para hacerlo».
«Se ha llamado Hijo de
Dios. Nuestra ley establece la muerte para el reo de una blasfemia como ésa».
Pilato está ahora
pensativo. Vuelve a entrar. Se sienta en su pequeño trono. Pone, mientras
escruta a Jesús, una mano en la frente, y el codo encima de la rodilla.
«Acércate» dice.
Jesús va hasta el pie de
la tarima.
«¿Es verdad? Responde».
Jesús calla.
«¿De dónde vienes? ¿Quién
es Dios?».
«Es el Todo».
«Y...
bueno, ¿y qué quiere decir "el Todo"? ¿Qué es el Todo para uno que
muere? Estás desquiciado... Dios no existe. Yo existo».
Jesús guarda silencio. Ha
dejado caer la gran palabra y ahora de nuevo se viste de silencio.
34«Poncio: la liberta de Claudia Prócula pide permiso para entrar. Tiene
un escrito para ti».
«¡Domine! ¡Y ahora,
además, las mujeres! Que pase».
Entra una romana. Se
arrodilla mientras entrega una tablilla encerada. Debe ser la tablilla en que
Prócula ruega a su marido que no condene a Jesús. La mujer se retira caminando
hacia atrás mientras Pilato lee.
«Se me aconseja evitar el
homicidio contra ti. ¿Es verdad que eres más que un arúspice? Me causas miedo».
Jesús guarda silencio.
«¿Pero no sabes que tengo
poder para liberarte o para crucificarte?».
«No tendrías ningún poder,
si no se te diera de arriba. Por eso el que me ha entregado a ti es más
culpable que tú».
«¿Quién es? ¿Tu Dios?
Tengo miedo...».
Jesús calla.
Pilato está en ascuas.
Quisiera y no quisiera. Teme el castigo de Dios, teme el de Roma, teme las
venganzas judías. El miedo a Dios vence un momento. Va al extremo frontal del
atrio y dice con voz potente: «No es culpable».
«Si dices eso, eres
enemigo de César. Quien se hace rey es su enemigo. Lo que quieres es liberar al
Nazareno. Ya nos encargaremos de que lo sepa César».
Se apodera de Pilato el
miedo al hombre.
«En definitiva, que
queréis verle muerto, ¿no? Pues así sea. Pero no manche mis manos la sangre de
este justo». Pide un balde y se lava las manos ante la presencia del pueblo,
que parece ebrio de frenesí mientras grita: «Sobre nosotros, sobre nosotros
caiga su sangre; caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. No la tememos. ¡A
la cruz! ¡A la cruz!».
35Poncio Pilato vuelve a su pequeño trono, llama al centurión Longino y
a un esclavo. Manda a éste que le traiga una tabla. Sobre ésta apoya un cartel
y en él manda escribir: «Jesús Nazareno, Rey de los Judíos». Y lo muestra al
pueblo.
«No. Eso no. No "Rey
de los Judíos". Sino que Él se ha llamado rey de los Judíos». Esto gritan
muchos.
«Lo que he escrito he
escrito» dice, duro, Pilato. Y, en pie, erguido, extiende la mano con la palma
hacia delante y vuelta hacia abajo y ordena: «Que vaya a la cruz. Soldado, ve,
prepara la cruz». (Ibis ad crucem! I, miles, expedi crucem). Y baja sin
siquiera volverse hacia la muchedumbre agitada, ni hacia el pálido Condenado.
Sale del atrio... en cuyo centro se queda Jesús, custodiado por los soldados,
esperando la cruz.
10 de marzo de 1944,
viernes.
36Dice Jesús:
«Quiero ofrecer a tu
meditación el punto que se refiere a mis encuentros con Pilato.
Juan ‑ que, habiendo
estado casi siempre presente, o por lo menos muy cercano, es el testigo y
narrador más exacto ‑ refiere cómo, una vez que salí de la casa de
Caifás, fui conducido al Pretorio. Y especifica "por la mañana
temprano". Efectivamente, has visto que apenas rayaba el alba. También
especifica Juan que "ellos (los judíos) no entraron para no contaminarse y
poder comer la Pascua".
Hipócritas como siempre,
veían peligro de contaminarse en pisar el polvo de la casa de un gentil, pero
no encontraban que fuera pecado matar a un Inocente; y con el corazón
satisfecho con el delito cumplido, pudieron saborear aún mejor la Pascua.
Tienen también ahora muchos seguidores. Todos
los que por dentro actúan mal y por fuera profesan respeto a la religión y amor
a Dios son semejantes a ellos. ¡Fórmulas, fórmulas y no religión verdadera!
Me producen repugnancia y desdén.
No entrando los judíos en
la casa de Pilato, salió éste para oír lo que pasaba con la muchedumbre
vociferante, y, siendo experto en el gobierno y en el juicio, con una sola
mirada comprendió que el reo no era Yo, sino ese pueblo ebrio de odio. El
encuentro de nuestras miradas fue recíproca lectura de nuestros corazones. Yo
juzgué al hombre en lo que él era. Él me juzgó a mí en lo que Yo era. Yo sentí
compasión por él porque era un hombre débil; él sintió compasión de mí porque
Yo era inocente. Trató de salvarme desde el primer momento. Y, dado que
únicamente a Roma se defería y reservaba el derecho de ejercer la justicia
hacia los malhechores, trató de salvarme diciendo: "Juzgadle según vuestra
ley".
37Hipócritas por segunda vez, los judíos no quisieron emitir la condena.
Es verdad que Roma tenía el derecho de justicia, pero cuando, por ejemplo,
Esteban fue lapidado, Roma seguía imperando en Jerusalén, y ellos, a pesar de
todo, sin preocuparse de Roma, definieron y consumaron el juicio y el suplicio.
Conmigo, respecto a quien sentían no amor sino odio y miedo ‑ no querían
creer que fuera el Mesías, pero, por la duda de que lo fuera, no querían
quitarme materialmente la vida ‑ actuaron de forma distinta, y me
acusaron de agitador contra el poder de Roma (vosotros diríais:
"rebelde") para conseguir que Roma me juzgara.
En su aula infame, y en
muchas ocasiones durante los tres años de mi ministerio, me habían acusado de
blasfemo y falso profeta, así que habría debido ser lapidado por ellos, o, en
todo caso, ejecutado. Pero en este caso, para no llevar a cabo materialmente el
delito (por el cual sentían por instinto que habrían sido castigados), hacen
que lo lleve a cabo materialmente Roma, acusándome de ser un malhechor y un
rebelde.
Nada más fácil, cuando las
muchedumbres están pervertidas y los jefes demoniados, que acusar a un
inocente, para apagar la sed de crueldad y de usurpación y quitar de en medio a
quien representa un obstáculo y un juicio. Hemos vuelto a los tiempos de
entonces. El mundo, cada cierto tiempo, después de una incubación de ideas
perversas, estalla con estas manifestaciones de perversión. Como una inmensa
gestante, la multitud, después de haber nutrido en su seno con doctrinas de
fiera a su monstruo, lo pare para que devore. Para que devore, primero, a los
mejores; luego, a ella misma.
38Pilato entra de nuevo en el Pretorio y me dice que me acerque. Me hace
preguntas.
Ya había oído hablar de
mí. Entre sus centuriones, había algunos que repetían mi Nombre con amor
agradecido, con lágrimas en los ojos y sonrisa en el corazón, y hablaban de mí
como de un benefactor. En sus informes al Pretor ‑ solicitada su opinión
sobre este Profeta que atraía hacia sí a las multitudes y predicaba una
doctrina nueva en que se hablaba de un reino extraño, inconcebible para la
mente pagana ‑ habían respondido siempre que Yo era un hombre manso,
bueno, que no buscaba honores de esta Tierra y que inculcaba y practicaba el
respeto y la obediencia hacia las autoridades. Más sinceros que los israelitas,
veían y testificaban la verdad.
El domingo anterior, él,
atraído por el clamor de la muchedumbre, se había asomado a la calle y había
visto pasar, montado en una jumenta a un hombre desarmado, un hombre que iba
bendiciendo, rodeado de niños y mujeres. Había comprendido con claridad que no
entrañaba un peligro para Roma.
Quiere, pues, saber si Yo
soy rey Movido por su irónico escepticismo pagano, quiere reírse un poco de esa
forma de regalidad que monta un asno, que tiene como cortesanos a niños
descalzos y a mujeres sonrientes, a hombres del pueblo; de esta forma de
regalidad que desde hace tres años predica el desapego por las riquezas y el
poder, y que no habla de otras conquistas sino de las de espíritu y alma. ¿Qué
es el alma para un pagano? Ni siquiera sus dioses tienen un alma. ¿Podrá
tenerla el hombre? Ahora también este rey sin corona, sin palacio, sin corte,
sin soldados, le repite que su reino no es de este mundo. Tan verdadero es eso,
que ningún ministro se levanta en defensa de su rey, ningún soldado interviene
para arrancarlo de las manos de sus enemigos.
Pilato, sentado en su
sitial, me escudriña porque para él soy un enigma. Si hubiera liberado su alma
de las preocupaciones humanas, de la soberbia del cargo, del error del
paganismo, habría comprendido en seguida quién era Yo. Mas ¿cómo podrá la luz
penetrar en donde demasiadas cosas ocluyen las aperturas para que entre?
39Siempre ha sido así, hijos. También ahora. ¿Cómo pueden entrar Dios y su luz en un lugar donde no hay espacio para
ellos y las puertas y ventanas están trancadas y defendidas por la soberbia, la
humanidad, el vicio, la usura, y por muchos, muchos guardianes al servicio de
Satanás contra Dios?
Pilato no puede entender qué reino es este
reino mío. Y no pide - y esto
es doloroso ‑ que Yo se lo explique. Ante mi invitación a que conozca la
Verdad, él, el indomable pagano, responde: "¿Qué es la verdad?",
permitiendo que se zanje la cuestión encogiéndose de hombros.
¡Oh hijos, hijos míos! ¡Oh
mis Pilatos de ahora! También vosotros, como Poncio Pilato, dejáis que se
zanjen las cuestiones más vitales encogiéndoos de hombros. Os parecen cosas inútiles, superadas.
¿Qué es la Verdad? ¿Dinero? No. ¿Mujeres? No. ¿Poder? No. ¿Salud física? No.
¿Gloria humana? No. Entonces, mejor olvidarse; no merece la pena correr tras
una quimera. Dinero, mujeres, poder, buena salud, comodidades, honores: éstas son
cosas concretas, útiles, cosas apetecibles y que merece la pena alcanzar cueste
lo que cueste. Razonáis así. Y, peor que Esaú, trocáis los bienes eternos por
un alimento de baja calidad que perjudica a vuestra salud física y os daña en
orden a la salud eterna. ¿Por qué no persistís en preguntar: "¿Qué es la
Verdad?"? Ella, la Verdad,
sólo pide darse a conocer para instruiros sobre sí. Está frente a vosotros
como frente a Pilato, y os mira con ojos de amor suplicante implorándoos:
"Pregúntame. Te instruiré".
¿Ves cómo miro a Pilato?
Igual os miro a todos vosotros. Y, si tengo mirada de sereno amor para el que
me ama y solicita mis palabras, tengo miradas de amor doliente para aquel que
no me ama, no me busca, no me escucha. Pero amor, en todo caso amor, porque el
Amor es mi naturaleza.
40Pilato me deja donde estoy y no sigue interrogándome. Va a los
malvados, que se hacen oír más y se imponen con su violencia. Y este hombre
mísero, que no me ha escuchado a mí y que con un gesto de encogerse de hombros
ha rechazado mi invitación a conocer la Verdad, los escucha a ellos. Escucha a
la Mentira. La idolatría, bajo cualquier
forma en que se presente, siempre tiende a venerar y a aceptar a la Mentira,
comoquiera que se presente. Y la Mentira, aceptada por un débil, conduce al
débil al delito.
También Pilato a las
puertas del delito quiere salvarme, una vez, dos veces. Es entonces cuando me
manda a Herodes. Bien sabe que el rey astuto, que se mueve entre dos aguas,
Roma y su pueblo, actuará de un modo que no perjudicará a Roma y que no
significará un choque con el pueblo hebreo. Pero, como todos los débiles,
aplaza unas horas esa decisión para la que no se ve con fuerzas, esperando que
la agitación plebeya se calme.
Yo dije*: "Que
vuestro lenguaje sea: sí, sí; no, no". Pero él no lo ha oído, o, si
alguien se lo ha repetido, ha vuelto, como de costumbre, a encogerse de
hombros. Para vencer en el mundo, para
obtener honores y lucro, hay que saber hacer del sí un no, o del no un sí, según lo que aconseje el buen sentido (lee:
sentido humano).
¡Cuántos, cuántos Pilatos
tiene el siglo veinte! ¿Dónde están los héroes del cristianismo que decían
"sí", constantemente "sí" a la Verdad y por la Verdad, y
"no", constantemente "no" por la Mentira? ¿Dónde están los
héroes que saben afrontar el peligro y los acontecimientos con fortaleza de
acero y serena prontitud, sin dejar las cosas para otro momento, porque el Bien
debe cumplirse en seguida y del Mal hay que alejarse inmediatamente, sin ningún
"pero" y sin ningún "si"?
41Cuando regreso del palacio de Herodes, se produce el nuevo paliativo
de Pilato: la flagelación. ¿Cuál era la esperanza de Pilato? ¿No sabía que la
masa es una fiera que en cuanto empieza a ver la sangre se vuelve más feroz?
Pero Yo debía ser quebrantado para expiar vuestros pecados de la carne. Y me
quebrantan. No habrá en todo mi cuerpo un lugar que no reciba golpes. Soy el
Hombre de que habla Isaías. Y al suplicio ordenado se añade el no ordenado, el
creado por la crueldad humana, el de las espinas.
¿Veis, hombres, a vuestro
Salvador, a vuestro Rey, coronado de dolor para liberar vuestra cabeza de los
muchos pensamientos pecaminosos que en ella se incuban? ¿No pensáis qué dolor
sufrió mi cabeza inocente por pagar por vosotros, por vuestros cada vez más
atroces pecados de pensamiento que se transforman en acción? Vosotros, que os
sentís ofendidos incluso sin motivo, mirad al Rey ultrajado - y es Dios ‑,
con su sarcástico manto de púrpura desgarrada, con el cetro de caña y la corona
de espinas. Es ya un moribundo y le siguen abofeteando con las manos y las
burlas. Y ni siquiera os compadecéis de Él. Como los judíos, seguís mostrándome
los puños y gritando: "¡Fuera, fuera, no tenemos más Dios que a
César!". ¡Oh, idólatras que no adoráis a Dios sino que os adoráis a vosotros
mismos y adoráis al que puede más entre vosotros! No aceptáis al Hijo de Dios.
No os ayuda en vuestros delitos. Más servicial es Satanás; aceptáis, por tanto,
a Satanás. Del Hijo de Dios tenéis miedo. Como Pilato. Y, cuando sentís que se
cierne sobre vosotros con su poder, que rebulle en vosotros con la voz de la
conciencia que en su nombre os censura, preguntáis como Pilato: "¿Quién
eres?".
Sabéis quién soy. Incluso
los que me niegan saben que existo y saben quién soy. No mintáis. Veinte siglos
están en torno a mí y os ilustran acerca de quién soy, y os instruyen acerca de
mis prodigios. Es más perdonable Pilato. No vosotros, que disponéis de una
herencia de veinte siglos de cristianismo para sostener vuestra fe, o para
inculcárosla, y no queréis saber nada de ello. Y fui más severo con Pilato que
con vosotros. No respondí. Con vosotros, sin embargo, hablo. Y, no
obstante, no consigo convenceros de que soy Yo y de que me debéis adoración y
obediencia.
___________________
* Yo dije: en 172.4
Ahora también, como
entonces, me acusáis de ser Yo la causa de mi propio fracaso en vosotros porque
no os escucho. Decís que perdéis la fe por esto. ¡Embusteros! ¿Dónde tenéis la
fe? ¿Dónde, vuestro amor? ¿Cuándo, pero cuándo, oráis y vivís con amor y fe?
¿Sois personas importantes? Recordad que lo sois porque Yo lo permito. ¿Sois
personas anónimas en medio de la masa? Recordad que no hay otro Dios aparte de
mí. Ninguno está por encima de mí, ninguno me precede. Dadme pues ese culto de
amor que me corresponde y Yo os escucharé, porque dejaréis de ser bastardos
para ser hijos de Dios.
42Y ahí tenéis el último intento de Pilato para salvarme la vida,
supuesto que pudiera salvarla después de la despiadada a ilimitada flagelación.
Me presenta a la multitud: "¡Aquí tenéis al Hombre!". A él,
humanamente, le inspiro compasión. Espera en la compasión colectiva. Pero, ante
la dureza que resiste y la amenaza que avanza, no sabe llevar a cabo un acto
sobrenaturalmente justo, y, por tanto, bueno, diciendo: "Le libero porque
es inocente. Vosotros sí sois culpables. Y si no disolvéis el tumulto
conoceréis el rigor de Roma". Esto es lo que habría debido decir, si
hubiera sido un justo; sin calcular el futuro mal que ello le hubiera
acarreado.
Pilato es un falso bueno.
Bueno es Longino, el cual, menos poderoso que el Pretor, y menos protegido, en
medio de la calle, rodeado de pocos soldados y de una multitud enemiga, se
atreve a defenderme, a ayudarme, a concederme descansar y tener el consuelo de
las mujeres compasivas y ser ayudado por el Cireneo y, en fin, tener a mi Madre
al pie de la Cruz. Longino fue un héroe de la justicia y vino a ser, por esto,
un héroe de Cristo.
Sabed, hombres que os
preocupáis sólo de vuestro bien material, que incluso respecto a éste vuestro
Dios interviene cuando os ve fieles a la justicia, que es emanación de Dios. Yo
premio siempre a quien actúa con rectitud. Defiendo a quien me defiende. Le amo
y le socorro. Sigo siendo Aquel que dijo*: "El que dé un vaso de agua en
mi nombre recibirá recompensa". A quien me da amor, agua que calma la sed
de mi labio de Mártir divino, le doy a mí mismo como don, y ello significa
protección y bendición».
___________________
* dijo, en 265.13
605. Desesperación y suicidio
de Judas Iscariote. Habría podido
salvarse
todavía si se hubiera arrepentido.
31 de marzo de 1944. Viernes de Pasión. Dos
de la madrugada.
1Ésta es mi visión penosísima de las primeras horas del Viernes de
Pasión. Se me presentó mientras hacía la Hora de María Desolada, porque había
pensado que pasar la noche, que precede a la Profesión, en compañía de la
Virgen de los Siete Dolores era la más hermosa preparación para la Profesión.
2Veo a Judas. Está solo. Vestido de amarillo claro. Lleva un cordón
rojo a la cintura. Mi interno consejero me advierte de que hace poco ha sido
apresado Jesús, y que Judas, que había huido inmediatamente después de la
captura, ahora está a merced de un contraste de pensamientos. Efectivamente,
parece una fiera furiosa acosada por una jauría de mastines. Un leve soplo del
viento entre las frondas, o el rumor de alguna cosa en las calles, el hilo de
agua de una fuentecilla, le hacen sobresaltarse y volverse con sospecha y
terror como si se sintiera alcanzado por un verdugo. Tuerce la cabeza yendo
cabizbajo, encogido el cuello, tuerce los ojos como quien quisiera ver y
tuviera miedo de ver; y, si un juego de luz lunar crea una sombra de apariencia
humana, sus ojos se abren como platos, da un salto hacia atrás, se pone más
pálido de lo que ya de por sí está, se detiene un instante, para huir luego
precipitadamente, volviendo sobre sus pasos, se escurre por entre otras
callejuelas, hasta que otro ruido u otro juego de luz le hace detenerse y huir
en otra dirección.
Con este paso suyo de
demente va hacia el interior de la ciudad. Pero el clamor del pueblo le
advierte de que está cerca de la casa de Caifás. Entonces, llevándose las manos
a la cabeza y agachándose como si esos gritos fueran piedras lanzadas contra
él, huye y huye. Y, huyendo, toma una callejuela que le lleva directamente
hacia la casa donde ha tenido lugar la Cena. Se da cuenta cuando está delante
de ella, por una fuente que en ese lugar de la calle libera su hilo de agua. El
llanto del agua que gotea y cae en la pequeña pila de piedra, y un leve silbido
del viento, que introduciéndose por la estrecha calle forma como un reprimido
lamento, deben parecerle el llanto del Traicionado y el lamento del Torturado.
Se tapa los oídos para no oír, y se aleja, cerrando los ojos para no ver esa
puerta por la que pocas horas antes ha pasado con el Maestro, y por la que ha
salido para ir por los soldados que le apresaran.
3Corriendo así, con los ojos cerrados, va a chocar contra un perro
callejero (el primer perro que veo desde que tengo las visiones), un perro
grande, gris, hirsuto, que se aparta gruñendo, preparado para lanzarse contra
este que le molesta. Judas abre los ojos y ve las dos pupilas fosforescentes
que le miran fijamente, y ve los blancos colmillos descubiertos, que tienen
apariencia de risa diabólica. Pega un grito de terror. El perro, tomándolo
quizás por un grito de amenaza, arremete contra Judas. Los dos ruedan entre el
polvo: Judas debajo, paralizado por el miedo; el perro encima. Cuando el animal
deja a su presa, juzgada quizá indigna de una lucha, Judas sangra a causa de
dos o tres mordiscos, y su manto presenta algunos, grandes desgarrones.
Un mordisco le ha clavado
los dientes justamente en la mejilla, en el sitio exacto donde él besó a Jesús.
La mejilla sangra, y la sangre ensucia el cuello de la túnica amarillenta de
Judas: empapando el cordón rojo que cierra su túnica por el cuello y haciéndole
más rojo aún, es como si le pusiera un collar de sangre. Judas se lleva la mano
a la mejilla y mira al perro, que se ha separado pero está aguaitándole bajo el
entrante de una puerta, susurra: «¡Belcebú!» y lanzando un nuevo grito huye,
seguido durante un tiempo por el perro. Huye hasta el puentecillo de cerca del
Getsemaní. Ahí, o porque esté cansado de seguirle, o porque tenga hidrofobia y
el agua le aleje, el perro deja a su presa y se vuelve gruñendo. Judas, que se
había metido en el torrente para coger piedras y lanzárselas al perro, cuando
ve que se aleja, mira a su alrededor, se ve con el agua hasta mitad de las
pantorrillas. Sin preocuparse de la túnica, cada vez más mojada, se agacha
hacia el agua y bebe como padeciendo ardor febril, y se lava la mejilla que
sangra y debe dolerle.
4Bajo la luz de un primer claror de alba, remonta el guijarral: por la
otra parte, como si tuviera todavía miedo del perro y no se atreviera a volver
hacia la ciudad. Recorre algunos metros. Se ve a la entrada del Huerto de los
Olivos. Grita: «¡No! ¡No!», al reconocer el lugar. Pero luego ‑ no sé por
qué fuerza irresistible o por qué sadismo satánico y criminal ‑ avanza
por ese lugar. Busca el sitio donde se ha producido la captura. La tierra del
sendero, revuelta por muchas pisadas, la hierba pisoteada en un determinado
lugar, sangre en el suelo ‑ quizás la de Malco ‑, le señalan de que
allí ha identificado al Inocente ante los verdugos.
Mira, mira... Luego emite
un grito ronco y da un salto hacia atrás. Grita: «¡Esa sangre, esa sangre!...»,
y la señala ‑ ¿a quién? - con el brazo extendido, apuntando con el
índice. Bajo la luz, que va aumentando, su cara aparece térrea y espectral.
Parece un loco: se le salen los ojos de las órbitas, unos ojos brillantes como
por delirio; el pelo, desordenado por la carrera y el terror, parece hirsuto;
la mejilla, que se va hinchando, desvía su boca dándole expresión sardónica. La
túnica desgarrada, ensangrentada, mojada, lodosa (porque la tierra se ha pegado
a la humedad y se ha transformado en barro), le hace parecer un mendigo. El
manto, también hecho jirones y lodoso, le pende de un hombro como un trapajo,
en que él se enreda cuando, gritando aún: «¡Esa sangre, esa sangre!», retrocede
como si esa sangre se hiciera un mar que sube y sumerge.
Judas cae hacia atrás. Se
hiere la cabeza, detrás, contra una piedra. Emite un gemido de dolor y miedo.
«¿Quién es?» grita. Debe haber pensado que alguien le ha hecho caer para
agredirle. Se vuelve aterrorizado. ¡Nadie! Se levanta. Ahora la sangre gotea
también sobre la nuca. El círculo rojo se ensancha en la túnica. No cae al
suelo* porque es poca. Se la bebe la túnica. Ya parece puesto al cuello el
dogal rojo.
________________________
* No cae al suelo, porque no
debía mezclarse (...) con la Sangre purísima del Inocente, como se dice en
603.5.
5Anda. Encuentra los restos de la pequeña hoguera que había encendido
Pedro al pie de un olivo. Pero no sabe que ha sido obra de Pedro y debe creer
que allí ha estado Jesús. Grita: «¡Fuera! ¡Fuera!» y con las dos manos
extendidas hacia delante parece rechazar a un fantasma que le atormentara.
Huye, para terminar justo contra la piedra de la Agonía.
Ya el alba ha roto, y permite
ver bien y pronto. Judas ve el manto de Jesús. Está doblado sobre la piedra. Lo
conoce. Quiere tocarlo. Tiene miedo. Alarga y retira la mano. Quiere, no
quiere. Pero ese manto le cautiva. Gime: «No, no». Luego dice: «¡Sí, por
Satanás! Sí, quiero tocarlo. ¡No tengo miedo!». Dice que no tiene miedo, pero
le castañean de terror los dientes, y el ruido producido sobre su cabeza por
una rama de olivo que, movida por el viento, choca contra un tronco cercano le
hace gritar de nuevo. No obstante, se esfuerza y coge el manto. Se ríe. Una
risa de loco, de demonio. Una risa histérica, espasmódica, lúgubre, inacabable,
porque ha superado su miedo.
Y de hecho lo dice: «No me
das miedo, Cristo. Se acabó el miedo. Tenía mucho miedo de ti porque lo creía
un Dios y un hombre fuerte. Ahora ya no me das miedo porque no eres Dios. Eres
un pobre loco, un hombre débil. No has sabido defenderte. No me has reducido a
cenizas, como tampoco has leído en mi corazón la traición. ¡Mis miedos!... ¡Qué
necio! Cuando hablabas, incluso ayer por la noche, creía que sabías; pero no
sabías nada. Era mi miedo el que daba tono de profecía a tus palabras
corrientes. Eres una nada. Te has dejado vender, identificar, capturar como un
ratón en la hura. ¡Tu poder! ¡Tu origen! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Payaso! ¡El fuerte es
Satanás! Más fuerte que Tú. ¡Te ha vencido! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡El Profeta! ¡El
Mesías! ¡El Rey de Israel! ¡Y me has tenido subyugado tres años! ¡Con miedo
siempre en el corazón! ¡Y tenía que mentir para engañarte con finura cuando
quería gozar de la vida! Pero, aunque hubiera robado y fornicado sin toda la
astucia que usaba, no me habrías hecho nada. ¡Imbele! ¡Loco! ¡Cobarde! ¡Ten!
¡Ten! ¡Ten! Mi error ha sido no hacer contigo lo que hago con tu manto para
vengarme del tiempo en que me has tenido esclavo del miedo. ¡Miedo a un
conejo!... ¡Ten! ¡Ten! ¡Ten!».
6A cada "¡Ten!" Judas muerde y trata de desgarrar la tela del
manto. Le arruga entre sus manos. Pero, al hacer esto, lo desdobla, y aparecen
las manchas que lo humedecen. Se le bloquea la furia a Judas. Se fija en esas
manchas. Las toca. Las huele. Son sangre... Desdobla todo el manto. Se ven bien
las marcas que han dejado las dos manos ensangrentadas cuando apretaban la tela
contra la cara.
«¡Ah!... ¡Sangre! ¡Sangre!
Su sangre... ¡No!». Judas suelta el manto y mira alrededor. También en la
piedra en la que Jesús ha apoyado su espalda cuando el Ángel le consolaba hay
una oscura señal de sangre que ya se está secando. «¡Ahí!... ¡Ahí!... ¡Sangre!
¡Sangre!...». Baja los ojos para no ver, y ve la hierba toda roja por la sangre
que ha goteado sobre ella y que, por el rocío que la ha mantenido licuada,
parece sangre recién vertida. Es roja y brilla bajo los primeros rayos de sol.
«¡No! ¡No! ¡No! ¡No quiero verla! ¡No puedo ver esa sangre! ¡Auxilio!», y se
lleva las manos a la garganta y gesticula como si se estuviera ahogando en un
mar de sangre. «¡Atrás! ¡Atrás! ¡Déjame! ¡Déjame! ¡Maldito! ¡Es un mar de
sangre! ¡Cubre toda la Tierra! ¡La Tierra! ¡La Tierra! Y en la Tierra no hay
sitio para mí, porque no puedo ver esta sangre que la cubre. ¡Soy el Caín del
Inocente!».
Creo que la idea del
suicidio ha surgido en este momento en ese corazón. La cara de Judas produce
miedo.
7Baja del desnivel de un salto y huye por el olivar por otro camino
distinto del recorrido para ir. Parece perseguido por fieras. Vuelve a la
ciudad. Se envuelve como puede en el manto y trata de cubrirse lo más posible
la herida y la cara.
Se dirige al Templo. Pero
yendo en esa dirección, en un cruce de calles se encuentra de frente a la
gentuza que arrastra a Jesús donde Pilato. No puede retirarse, porque más
gente, que acude a ver, le empuja por detrás. Y, siendo alto, por fuerza
descuella, y ve. Y encuentra la mirada de Cristo... Las dos miradas se
entrelazan un momento. Luego Cristo pasa, atado, recibiendo golpes. Y Judas cae
supino, como desvanecido. La masa le pisotea sin piedad, y él no reacciona:
debe preferir ser pisoteado por todo un mundo antes que toparse con esa mirada.
8Una vez que ha pasado con el Mártir la gritería deicida y la calle
está vacía, se levanta y corre hacia el Templo. Choca contra un guardia que
está en la puerta del recinto, y casi le derriba. Otros guardias vienen para
impedir entrar al energúmeno. Pero él, como un toro furioso, arrolla a todos. A
uno que se echa sobre él para impedirle entrar en el aula del Sanedrín, donde
están todavía todos reunidos y discutiendo, le agarra por el cuello, aprieta y
le arroja abajo por los tres escalones; si no muerto, sin duda, moribundo.
«No quiero vuestro dinero,
malditos» grita erguido en medio del aula, en el lugar donde antes estaba
Jesús. Parece un demonio de improviso salido del infierno. Ensangrentado,
despeinado, encendido por el delirio, echando baba por la boca, las manos como
garras, grita, y tan estridente es su voz, ronca, aulladora, que parece que
ladra. «Vuestro dinero, malditos, no lo quiero. Habéis sido mi perdición. Me
habéis hecho cometer el mayor de los pecados. ¡Maldito soy, maldito como
vosotros! He traicionado la Sangre inocente. Caiga sobre vosotros esa Sangre y
mi muerte. Sobre vosotros... ¡No! ¡Ay!...». Judas ve el suelo mojado de sangre.
«¿También aquí?, ¿también aquí hay sangre? ¡En todas partes! ¡Su sangre está en
todas partes! ¿Pero cuánta sangre tiene el Cordero de Dios, para cubrir de este
modo la Tierra sin morir! ¡Y yo la he derramado! Por instigación vuestra.
¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos para siempre! ¡Maldición a estas paredes!
¡Maldición a este Templo profanado! ¡Maldición al Pontífice deicida! ¡Maldición
a los sacerdotes indignos, a los doctores falsos, a los fariseos hipócritas, a
los judíos crueles, a los escribas arteros! ¡Maldición a mí! ¡A mí! ¡Tened
vuestro dinero y que os estrangule el alma como a mí el dogal», y arroja la
bolsa a la cara de Caifás y se marcha emitiendo un grito, mientras las monedas
suenan desparramándose por el suelo después de haber golpeado a Caifás en la
boca haciéndole sangre.
Ninguno se atreve a
retenerle.
9Sale. Corre por las calles. Y fatalmente vuelve a cruzarse otras dos
veces con Jesús, que va a la casa de Herodes y vuelve.
Abandona el centro de la
ciudad, entrando al azar por las callejuelas más míseras. Y otra vez acaba en
la casa del Cenáculo, que está toda cerrada, como abandonada. Se para. La mira.
«¡La Madre!» susurra. «¡La Madre!...» Se queda pensativo... «¡Yo también tengo
una madre! ¡Y le he matado un hijo a una madre!... No obstante... Quiero
entrar... Volver a ver esa habitación. Allí no hay sangre...» Llama con un
golpe en la puerta... otro golpe... otro... La dueña de la casa va a abrir y
entreabre la puerta. Una rendija... Al ver a ese hombre desfigurado,
irreconocible, lanza un grito y trata de cerrar de nuevo la puerta. Pero Judas,
empujando bruscamente con el hombro, la abre de par en par y, arrollando a la
mujer aterrada, pasa adentro.
Corre hacia la puertecita
que da acceso al Cenáculo. La abre. Entra. Un bonito sol entra por las
ventanas, completamente abiertas. Judas suelta un respiro de alivio. Entra en
la sala. Aquí todo está en calma y silencioso. Las piezas de la vajilla siguen como
las dejaron. Se comprende que hasta ahora nadie se ha ocupado de ello. Se
podiría pensar que vayan a sentarse personas a la mesa. A ésta se acerca Judas.
Mira si hay vino en las ánforas. Hay. Beve ávidamente rectamente del ánfora, levantándola con las
dos manos. Luego se deja caer sentado. Apoya la cabeza sobre los brazos
cruzados, encima de la mesa. No se da cuenta de que se ha sentado justo en el
sitio de Jesús y que tiene delante el cáliz usado para la Eucaristía. Está
inmóvil un rato, hasta que el jadeo de esta gran carrera se calma. Luego
levanta la cabeza. Ve el cáliz. Y reconoce dónde se ha sentado.
Se levanta como poseído.
Pero el cáliz le cautiva. Un poco de vino rojo hay todavía en el fondo, y el
sol, hiriendo el metal ‑ parece plata - enciende ese líquido. «¡Sangre!
¡Sangre! ¡Sangre también aquí! ¡Su Sangre! ¡Su Sangre!... "¡Haced esto en
memoria mía!... Tomad y bebed. Ésta es mi Sangre... La Sangre del nuevo
testamento, que será derramada por vosotros...". ¡Ay! ¡Maldición a mí! Por
mí ya no puede ser derramada para remisión de mi pecado. No pido perdón porque
Él no puede perdonarme. ¡Fuera, fuera! No existe ya ningún lugar donde el Caín
de Dios pueda conocer la paz. ¡La muerte! ¡La muerte!...».
10Sale. Se encuentra a María enfrente, en pie, en la puerta de la
habitación donde Jesús la ha dejado. Ella, al oír un ruido, se ha asomado,
quizá esperando ver a Juan, que falta desde hace muchas horas. Está pálida como
una desangrada. Sus ojos, por el dolor, son todavía más parecidos a los de su
Hijo. Judas se encuentra con esa mirada que le mira con la misma afligida y
consciente cognición con que Jesús le ha mirado en la calle, y, con un «¡oh!»
cargado de miedo, se pega a la pared.
«¡Judas!» dice María,
«Judas, ¿qué has venido a hacer?». Las mismas palabras de Jesús. Y dichas con
amor doloroso, Judas !as recuerda y grita.
«Judas» repite María,
«¿qué es lo que has hecho? ¿A tanto amor has correspondido traicionando?». La
voz de María es caricia trémula.
Judas hace ademán de huir.
María le llama con una voz que hubiera debido convertir a un demonio. «¡Judas!
¡Judas! ¡Deténte! ¡Deténte! ¡Escucha! Te lo digo en su nombre: arrepiéntete,
Judas; Él perdona...». Judas ya ha huido.
La voz de María, su
aspecto, han sido el golpe de gracia, es decir, de desgracia, porque él la
resiste.
Va a todo correr. Se topa
con Juan, que viene raudo hacia la casa a recoger a María. La sentencia está
pronunciada. Jesús va a salir para el Calvario. Es hora de llevar a la Madre
donde el Hijo.
Juan
reconoce a Judas, a pesar de que quede bien poco del bien parecido Judas de
poco tiempo antes. «¿Tú aquí?» le dice Juan con visible repulsa. «¿Tú aquí?
¡Maldito seas, asesino del Hijo de Dios! El Maestro ha sido condenado.
Alégrate, si puedes. Pero deja libre el camino, que voy a recoger a la Madre;
que Ella, tu otra Víctima, no te vea, reptil».
11Judas huye. Lleva envuelta la cabeza en los
harapos del manto. Ha dejado sólo una abertura para los ojos. La gente, la poca
gente que no ha ido hacia el Pretorio, se aparta como si viera a un loco; y es
lo que parece.
Vaga
por los campos. El viento, de vez en cuando, trae el eco del clamor de la
turba, que sigue imprecando contra Jesús. Y Judas, cada vez que este eco le
llega, lanza un grito parecido al aullido de un chacal.
Creo
que realmente ha enloquecido, porque va, rítmicamente, golpeando la cabeza
contra los muretes de piedra; o es que está hidrófobo, porque cuando ve un
líquido cualquiera (agua, o la leche que lleva un niño en un recipiente, o el
aceite que rezuma de un odre) emite un chillido, emite un chillido y grita:
«¡Sangre! ¡Sangre! ¡Su Sangre!». Quisiera beber en los regatos y en las
fuentes. No puede porque el agua le parece sangre, y lo dice: «¡Es sangre! ¡Es
sangre! ¡Me ahoga! ¡Me quema! ¡Llevo fuego dentro! Su Sangre, la que me ha
dado ayer, se ha transformado en fuego dentro de mí! ¡Maldición a mí y a ti!».
12Sube y baja por las lomas que rodean
Jerusalén. Y su mirada, sin que pueda evitarlo, se le va hacia el Gólgota. Dos
veces ve la fila que serpea por la subida. Mira y grita.
Ya
está en la cima. También Judas está en la cima de un pequeño collado cubierto
de olivos. Ha entrado en él abriendo una barrera rústica como si él fuera el
amo, o, por lo menos, como conociendo bien el lugar. Bueno, tengo la impresión
de que Judas no tenía mucho respeto por la propiedad ajena. Erguido, debajo de
un olivo que está en el límite de un ribazo, mira hacia el Gólgota. Ve que
levantan las cruces y comprende que Jesús ha sido crucificado. No puede ver ni
oír, pero el delirio o un maleficio de Satanás le hacen ver y oír como si
estuviera en la cima del Calvario.
Mira,
mira como alucinado. Gesticula violentamente: «¡No! ¡No! ¡No me mires! ¡No me
hables! No lo soporto. ¡Muere, muere, maldito! Que la muerte te cierre esos
ojos que me dan miedo, esa boca que me maldice. Pero yo también te maldigo,
porque no me has salvado».
La cara está tan
desfigurada que ya uno no puede mirarla. Dos hilos de baba cuelgan de la boca,
de esa boca que grita. La mejilla mordida está amoratada e hinchada, de forma que
la cara se ve deformada. El pelo apelmazado. La barba, muy obscura, que ha
crecido en los carrillos durante esas horas, dibuja en éstos y en el mentón una
mordaza lúgubre. ¿Y los ojos!... Giran, se mueven espasmódicos, tienen
fosforescencia. Como un verdadero demonio.
13Arranca de su cintura el cordón de ruda lana roja que le ciñe con tres
vueltas. Prueba su solidez enroscándolo en torno a un olivo y tirando con toda
su fuerza. Resiste. Es fuerte.
Elige un olivo que valga
para ese fin. Bien, éste es adecuado, este de copa enmarañada que sobresale del
límite del ribazo. Trepa al árbol. Asegura fuertemente un cabo a la rama más
fuerte y que más sobresale hacia el vacío. Yo ha hecho el nudo corredizo. Mira
por última vez hacia el Gólgota. Luego mete la cabeza en el nudo corredizo.
Ahora parece tener dos collares rojos en la base del cuello. Se sienta en el
límite del ribazo. Luego, de golpe, se deja caer en el vacío.
El nudo le estrangula.
Forcejea unos minutos. Pone en blanco los ojos, se pone negro por la asfixia,
abre la boca, las venas del cuello se hinchan, se ponen negras. Pega cuatro o
cinco patadas al aire en las últimas convulsiones. Luego la boca se abre para
pender de ella la lengua obscura y babosa. Los globos oculares quedan al
descubierto, saltones, mostrando el bulbo blanquecino inyectado de sangre. El
iris desaparece hacia arriba. Está muerto.
El fuerte viento que se ha
levantado por la inminente borrasca cimbrea el macabro péndulo y lo hace girar
como una horrenda araña colgando del hilo de su telaraña.
La visión termina así. Y
espero olvidarme pronto de todo esto, porque le aseguro que es una visión
horrenda.
14Dice Jesús:
«Horrenda, pero no inútil.
Demasiados creen que Judas cometió una cosa de poca importancia. Es más,
algunos llegan a catalogarle de benemérito, pues - dicen ‑ sin él la
Redención no se habría producido, y, por tanto, está justificado ante Dios.
En verdad os digo que si
el Infierno no hubiera existido ‑ con una existencia perfecta en cuanto a
los tormentos ‑ habría sido creado para Judas, incluso más horrendo y
eterno. Porque de todos los pecadores y réprobos él es el mayor réprobo y
pecador; y para él no habrá, por los siglos de los siglos, mitigación en la
condena.
El remordimiento habría podido incluso salvarle, si hubiera hecho del remordimiento un
arrepentimiento. Pero no quiso arrepentirse, sino que al primer delito de
traición ‑ del que todavía la gran misericordia que es mi amorosa
debilidad podía compadecerse ‑ unió blasfemias, resistencias a las voces
de la Gracia que todavía querían hablarle
a través de los recuerdos, de los sentimientos de terror, a través de mi Sangre
y mi manto, a través de mi mirada, a través de los restos de la Eucaristía
instituida, a través de las palabras de mi Madre.
Opuso resistencia a todo. Quiso
resistir, de la misma manera que había
querido traicionar y quiso maldecir y quiso suicidarse. 15Lo
que cuenta en las cosas es la voluntad, tanto en el bien como en el mal.
Cuando uno cae sin voluntad de
caer, Yo perdono. Fíjate en Pedro. Negó. ¿Por qué? Ni siquiera él lo sabía
exactamente. ¿Era cobarde Pedro? No. Mi Pedro no era cobarde. Contra la turba y
los guardias del Templo había tenido el valor de herir a Malco para defenderme,
y se expuso a que le mataran por esto. Luego huyó, sin tener la voluntad de
hacerlo; luego negó, sin tener la voluntad de hacerlo. Bien supo después permanecer y caminar por
el sangriento camino de la Cruz, por mi Camino, hasta llegar a la muerte de
cruz. Bien supo después dar testimonio de mí, hasta el punto de que le mataron
por su fe intrépida. Yo defiendo a mi Pedro. Aquello fue el último vahído de su
humanidad. Pero en aquel momento no estaba presente la voluntad espiritual:
ofuscada por el peso de la humanidad, dormía; cuando se despertó, no quiso
permanecer en el pecado y quiso ser perfecta. Yo le perdoné en seguida.
16Judas no quiso. Dices que parecía loco e hidrófobo. Lo estaba,
de rabia satánica.
Su terror al ver al perro,
animal raro especialmente en Jerusalén, le vino de que desde tiempo inmemorial
se atribuía a Satanás esa forma de aparecerse a los mortales. En los libros de
magia se dice incluso ahora que una de las formas preferidas por Satanás para
aparecerse es la de un perro misterioso o la de un gato o de un macho cabrío.
Judas, ya a merced del terror nacido por causa de su delito, convencido de ser
de Satanás por su delito, vio a Satanás en aquel animal callejero.
El culpable ve en todo sombras
de miedo. Las crea la conciencia. Y luego Satanás azuza estas sombras que
todavía podrían dar el arrepentimiento a un corazón y hace de ellas espectros
horrendos que llevan a la desesperación. Y la desesperación lleva al último
delito, al suicidio.
¿De qué sirve arrojar el precio
de la traición, si este despojo es sólo el fruto de la ira y no está corroborado
por una recta voluntad de arrepentimiento? En este último caso, despojarse de
los frutos del mal se hace meritorio. Pero así, como lo hizo él, no. Sacrificio
inútil.
17Mi Madre ‑ y era la Gracia la que hablaba y mi Tesorera la que
ofrecía perdón en mi Nombre ‑ se lo dijo: "Arrepiéntete, Judas. Él
perdona... ".
¡Oh, claro que le habría
perdonado! Si se hubiera arrojado a los pies de mi Madre diciendo:
"¡Piedad!", Ella, la Compasiva, le habría recogido como a un herido y
en las heridas satánicas de Judas, por las cuales el Enemigo le había inoculado
el Delito, habría derramado su llanto salvífico y me le habría traído, a los
pies de la Cruz, de la mano para que Satanás no pudiera aferrarlo ni los
discípulos atacarle; me lo habría traído para que mi Sangre cayera antes que
sobre otros sobre él, el mayor de los pecadores. Y habría estado Ella ‑
Sacerdotisa admirable ante su altar ‑ entre la Pureza y la Culpa, porque
es Madre de los vírgenes y de los santos, pero también es Madre de los
pecadores.
Pero él no quiso. 18Meditad sobre el poder de
la voluntad, de la cual sois árbitros absolutos. Por ella podéis recibir el
Cielo o el Infierno. Meditad sobre lo que quiere decir persistir en la culpa.
El Crucificado, Aquel que
está con los brazos abiertos y clavados para deciros que os ama, y que no
quiere, no puede, castigaros porque os ama, y prefiere negarse el poder
abrazaros ‑ único dolor de su estar clavado ‑, antes que tener la
libertad de castigaros, ese Crucifcado que es objeto de divina esperanza para los
que se arrepienten y quieren liberarse del pecado, se transforma para
los impenitentes en objeto de un horror tal, que los hace blasfemar y usar la
violencia contra sí mismos. Son éstos verdugos de su propio espíritu y cuerpo
por su persistencia en el pecado. Y el aspecto del Manso, que se dejó inmolar
con la esperanza de salvarlos, asume la apariencia de un espectro de horror.
19María, te has quejado de esta visión. Pero es el Viernes de Pasión,
hija. Debes sufrir. A los
sufrimientos por mis sufrimientos y los de María, debes unir los tuyos por la
amargura de ver a los pecadores seguir siendo pecadores. Ha sido éste un
sufrimiento nuestro. Debe serlo tuyo.
María sufrió, y sufre todavía, por esto, como por mis torturas. Por eso debes
sufrir esto. Ahora descansa. Dentro de tres horas serás enteramente mía y de
María. Te bendigo, violeta de mi Pasión y pasiflora de María».
606. Jesús y Maria son la
antítesis de Adán y Eva. Judas Iscariote
es el nuevo
Caín. La verdadera evolución del hombre es la de su
espíritu.
2 de abril de 1944. Domingo de Ramos.
1Dice Jesús:
«La pareja Jesús‑Maria
es la antítesis de la pareja Adán‑Eva*. Es la destinada a anular toda la
actuación de Adán y Eva y poner a la Humanidad de nuevo en el punto en que
estaba cuando fue creada: una Humanidad rica en gracia y en todos los dones que
el Creador le otorgó. La Humanidad ha experimentado una total regeneración por
la obra de la pareja Jesús‑Maria, quienes, así, han venido a ser los
nuevos Fundadores de la Humanidad. Todo el tiempo precedente ha quedado
anulado. El tiempo y la historia del hombre se cuentan a partir de este momento
en que la nueva Eva, por una inversión de términos en la creación, forma de su
seno inviolado, por obra del Señor Dios, al nuevo Adán.
Pero para anular las obras
de los dos Primeros, causa de mortal enfermedad, de perpetua mutilación, de empobrecimiento (más:
de indigencia espiritual,
porque
______________________
* pareja Adán‑Eva protagonista de Génesis 1, 26‑29; 2, 7‑25; 3; 4, 1‑16.25‑26,
incluida en ello la historia de Caín y Abel a que se hace referencia más abajo.
después del pecado Adán y
Eva se encontraron despojados de todo lo que les había donado, riqueza
infinita, el Padre Santo), estos Segundos tuvieron que obrar en todo y por todo,
de forma opuesta a la en que obraron los dos Primeros. Por tanto, llevar la
obediencia hasta la perfección que se aniquila y se inmola en la carne, en el
sentimiento, en el pensamiento, en la voluntad, para aceptar todo lo que
Dios quiere. Por tanto, llevar la pureza a una castidad absoluta, por la cual
la carne... ¿qué fue la carne para Nosotros dos, puros?: velo de agua sobre el
espíritu triunfante, caricia de viento sobre el espíritu rey, cristal que aísla
al espíritu‑señor y no lo corrompe, impulso que eleva y no peso que
oprime; esto fue la carne para Nosotros: menos pesada y susceptible de ser
sentida que un vestido de lino, leve substancia interpuesta entre el mundo y el
esplendor del yo sobrehumanado, medio para poner por obra aquello que
Dios quería; nada más.
2¿Poseímos el amor? Cierto que sí. Poseímos
el "perfecto amor". No es, hombres, amor el hambre carnal que os mueve,
ávidos, a saciaros de una carne. Eso es lujuria. Nada más. Esto es tan cierto,
que amándoos así ‑ vosotros lo consideráis amor ‑ no sabéis
compadeceros recíprocamente, ayudaros, perdonaros. ¿Qué es, entonces, vuestro
amor? Es odio. Es únicamente delirio paranoico que os mueve a preferir el sabor
de pútridos alimentos antes que el sano, fortalecedor alimento de selectos
sentimientos.
Nosotros tuvimos el
"perfecto amor". Nosotros, los castos perfectos. Este amor abrazaba a
Dios en el Cielo y, a Él unido, como lo están las ramas con el tronco que las
nutre, se extendía y descendía distribuyendo magnánimamente descanso, protección,
alimento, consuelo, para la Tierra y sus habitantes. Ninguno estaba excluido de
este amor. Ni nuestros semejantes ni los seres inferiores ni la naturaleza
herbácea ni las aguas ni los astros; ni siquiera los malos quedaban excluidos
de este amor. Porque éstos seguían siendo - aunque fuera muertos ‑
miembros del gran cuerpo de la Creación y, por tanto, veíamos en ellos la santa
efigie del Señor (aunque fuera, a causa de su maldad, una efigie deformada y
ensuciada) que los había formado a su imagen y semejanza.
Nosotros amamos: gozando
con los buenos; llorando por los no buenos; orando ‑ amor fáctico que se
manifiesta impetrando y obteniendo protección para aquel a quien amamos ‑
orando por los buenos para que fueran cada vez mejores y que fueran acercándose
cada vez más a la perfección del Bueno que desde el Cielo nos ama; orando por
los que vacilaban entre la bondad y la maldad, para que se fortalecieran y
supieran perseverar en el camino santo; orando por los malos, para que la
Bondad hablara a su espíritu (incluso abatiéndolos con un rayo de su poder,
pero convirtiéndolos al Señor su Dios). Nosotros amamos así, como ningún otro
amó. Llevamos el amor a las cimas de la perfección para colmar con nuestro
océano de amor el abismo excavado por el desamor de los Primeros, que se amaron
a sí mismos más que a Dios, queriendo tener más de lo que era lícito, para ser
superiores a Dios.
3Por tanto, Nosotros tuvimos que unir a la pureza, a la obediencia, a
la caridad, al desapego de todas las riquezas de la Tierra (carne, poder,
dinero: el trinomio de Satanás opuesto al trinomio de Dios, o sea, fe,
esperanza, caridad) y oponer al odio, a la lujuria, a la ira, a la soberbia
(las cuatro pasiones perversas, antítesis de las cuatro virtudes santas:
fortaleza, templanza, justicia, prudencia), tuvimos que unir y oponer una
constante práctica de todo lo que se oponía al modo de actuar de la pareja Adán‑Eva.
Y si mucho nos resultó ‑ por nuestra buena voluntad sin límites ‑
incluso fácil, sólo el Eterno sabe cuán
heroico nos resultó esta práctica en ciertos momentos y en ciertos casos.
Aquí sólo quiero hablar de
uno de estos momentos. Y de mi Madre, no mío; de la nueva Eva, la cual ya había
rechazado desde sus más tiernos años las lisonjas usadas por Satanás para
seducirla a morder el fruto y probar aquel sabor que había desquiciado a la
compañera de Adán; la nueva Eva que no se había limitado a rechazar a Satanás,
sino que le había vencido aplastándole bajo una voluntad de obediencia, de
amor, de castidad tan grandes, que él, el Maldito, había resultado aplastado y
subyugado.
¡No, ciertamente Satanás
no puede alzarse de debajo del calcañar de mi Madre Virgen! Suelta baba y
arroja espuma, ruge y blasfema. Pero su baba cae hacia abajo y su grito no toca
a esa atmósfera que envuelve a mi Santa, que no siente hedor ni risas burlonas
demoniacas, que no ve ‑ ni siquiera ve ‑ la asquerosa baba del
Reptil eterno, porque las armonías celestes y los celestes aromas danzan
alrededor de Ella enamorados en torno a su bella y santa persona y porque su
mirada, más pura que la azucena y más enamorada que la de la paloma
arrulladora, mira sólo a su Señor eterno, de quien es Hija, Madre y Esposa.
4Cuando Caín mató a Abel, la boca de su madre profirió las maldiciones
que su espíritu, separado de Dios, le sugería contra su prójimo más íntimo: el
hijo de sus entrañas profanadas por Satanás y embrutecidas por el intemperado
deseo. Y esa maldición fue la mancha en el reino de lo moral humano, de la
misma forma que el delito de Caín fue la mancha en el reino de lo animal
humano. Sangre sobre la Tierra, derramada por mano fraterna. La primera sangre,
que atrae, como milenario imán, toda la sangre que, extraída de las venas del
hombre, la mano del hombre derrama. Maldición sobre la Tierra, proferida por
boca humana. Como si la Tierra no estuviera ya suficientemente maldecida por
causa del hombre rebelde contra su Dios y hubiera necesitado conocer los
abrojos y las espinas y la dureza de los terrones, de las sequías, de los
granizos, de los hielos, del sol tórrido; esa Tierra que había sido creada
perfecta, servida por elementos perfectos para que fuera morada fácil y hermosa
para el hombre, su rey.
María debe anular a Eva.
María ve al segundo Caín: Judas. María sabe que es el Caín de su Jesús: del
segundo Abel. Sabe que la sangre de este segundo Abel ha sido vendida por ese
Caín y ya está siendo derramada. Pero no maldice. Ama y perdona. Ama y llama.
¡Oh, maternidad de María
mártir! ¡Maternidad tan sublime como esa maternidad tuya virgínea y divina!
Esta última ha sido don de Dios, pero la primera, Madre santa, Corredentora, ha
sido un don tuyo para ti, porque sólo tú supiste, en aquella hora, quebrantado
tu corazón por los flagelos que me habían desgarrado las carnes, decir a Judas
esas palabras; solamente tú supiste en aquella hora, mientras sentías ya la
cruz partirte el corazón, amar y perdonar.
5María: la nueva Eva. Ella os enseña la nueva religión que lleva al
amor hasta el punto de perdonar a quien mata a un hijo. No seáis como Judas,
que cierra su corazón ante esta Maestra de Gracia y se desespera diciendo:
"Él no me puede perdonar", poniendo en duda las palabras de la Madre
de la Verdad, y, por tanto, mis palabras, que siempre habían repetido que Yo
había venido para salvar y no para condenar. Para perdonar a aquel que,
arrepentido, viniera a mí.
María: la nueva Eva,
recibió también de Dios un nuevo Hijo "en vez de Abel, matado por
Caín". Pero no lo tuvo a través de una hora de alegría animal adormecedora
del dolor con los vapores de la sensualidad y el cansancio del contentamiento.
Lo tuvo en una hora de dolor total, al pie de un patíbulo, entre los
estertores del Moribundo, que era su Hijo, entre los improperios de una
multitud deicida y en medio de una desolación inmerecida y total, porque ya
Dios tampoco la consolaba.
La vida nueva empieza para
la Humanidad y para cada uno de los seres humanos en María. En sus virtudes y
en su modo de vivir, está vuestra escuela. Y en su dolor ‑ que tuvo todos
los aspectos, incluso el del perdón al que entregó a la muerte a su Hijo ‑
está vuestra salvación».
6Dice Jesús: «Un día volveré a hablarte sobre Caín y los Primeros
Padres. Hay mucho que decir y en qué meditar a este respecto».
5 de abril de 1944.
7Dice Jesús:
«En el Génesis se lee:
"Entonces Adán, siendo su mujer la madre de todos los vivientes, le puso
el nombre de Eva".
¡Oh, sí! La mujer había
nacido de la "Varona" que Dios había formado para que fuera compañera
de Adán, sacándola de la costilla del hombre. Había nacido con su destino
doloroso porque había querido nacer*.
Porque había querido conocer aquello
que Dios le había ocultado reservándose la alegría de darle el gozo de la
posteridad sin desdoro sensual. La compañera de Adán quiso conocer el bien que
se oculta en el mal y, sobre todo, el mal que se oculta en el bien, en el bien
aparente. Seducida por Lucifer, tendió a conocer aquello que sólo Dios podía
conocer sin peligro, y se hizo creadora. Pero, usando indignamente esta fuerza
de bien, la había
______________________
* había querido nacer, porque la Varona (la mujer sacada del hombre) pasó a ser Eva (la madre
de todos los vivientes) como consecuencia del pecado que quiso cometer.
corrompido transformándola
en acto malo, pues que era desobediencia a Dios y malicia y avidez de la carne.
Ya era ella la "madre".
¡Llanto infinito de las cosas en torno a la inocencia de su reina profanada! ¡Y
llanto desolado de la reina ante esa profanación suya, cuya entidad y cuya
imposible anulación comprende! Si las tinieblas y los cataclismos acompañaron
la muerte del Inocente, también tinieblas y fuerte tormenta acompañaron a la
muerte de la Inocencia y de la Gracia en los corazones de los Progenitores.
Había nacido el Dolor en la Tierra. Y la Providencia de Dios no quiso que fuera
eterno; de forma que os da, después de años de dolor, la alegría de salir del
dolor para entrar en la alegría, si sabéis vivir con corazón recto.
¿Qué desdicha para el
hombre si se hubiera hecho humanamente dueño de la vida, viviendo con el
recuerdo de sus delitos y con el continuo aumento de éstos, pues que vivir sin
pecar os es más imposible que vivir sin respirar, oh criaturas que habíais sido
creadas para conocer la Luz y que, por el contrario, fuisteis envenenados por
la Tiniebla, que de sí misma os envenenó y os hizo de sí víctimas! ¡La Tiniebla!
La Tiniebla os insidia continuamente. Os envuelve, y suscita de nuevo aquello
que el Sacramento había borrado; y, dado que no le oponéis la voluntad de ser
de Dios, logra envenenaros otra vez con el veneno que el Bautismo había hecho
inocuo.
8Dios Padre alejó al hombre ‑ de cuya desobediencia los signos
eran manifiestos ‑ del lugar de las delicias paradisíacas, para que no
pecase otra vez, y más veces, alzando la mano ladrona hacia el árbol de Vida.
El Padre ya no se podía fiar de sus hijos, ni sentirse seguro en su terrestre
Paraíso. Satanás había entrado ya una vez, para insidar a sus criaturas
predilectas, y, si había podido inducirlos al pecado cuando eran inocentes, con
mayor holgura habría podido repetirlo ahora que ya no lo eran.
El hombre había querido
poseer todo, no dejando a Dios el tesoro de ser el Generador. Que se marchara,
pues, este rey abatido y despojado de sus dones; que se fuera con su riqueza,
obtenida con violencia, y que se la llevara consigo a la tierra de exilio, para
que le recordara siempre su pecado. La criatura paradisíaca había venido a ser
criatura terrestre. Y habrían de pasar siglos de dolor para que el Único que
podía extender su mano hacia el fruto de la Vida viniera y recogiera ese fruto
para toda la Humanidad; lo recogiera con sus manos atravesadas y se lo diera a
los hombres para que volvieran a ser coherederos del Cielo y volvieran a poseer
la Vida que no muere nunca.
9Dice también el Génesis: "Adán después conoció a su mujer
Eva".
Habían querido conocer los
secretos del bien y del mal. Justo era que conocieran ahora también el dolor de
deber reproducirse en la carne con la ayuda directa de Dios sólo para aquello
que el hombre no puede crear, o sea, para el espíritu, chispa que parte de
Dios, soplo que infunde Dios, sello que en la carne pone el signo del Creador
eterno. Y Eva dio a luz a Caín.
Eva estaba cargada de su
pecado. Llamo aquí vuestra atención acerca de un hecho que a la mayoría les
pasa desapercibido. Eva estaba cargada de su pecado. Y el dolor todavía no había
sido sufrido en medida suficiente para disminuir su pecado. Como un organismo
cargado de toxinas, ella había transmitido a su hijo todo aquello que en ella
pululaba. Y Caín, primer hijo de Eva, había nacido duro, envidioso, iracundo,
lujurioso, perverso, poco diferente a las bestias en lo relativo al instinto,
mucho más animalesco que las bestias en lo relativo a lo sobrenatural, porque
en su yo feroz negaba respeto a Dios, a quien miraba como a un enemigo,
considerando que le era lícito no darle culto sincero. Satanás le azuzaba a
burlarse de Dios. Y quien escarnece a Dios no respeta a nadie en el mundo. De
forma que los que están en contacto con los despreciadores del Eterno conocen
la amargura del llanto porque no pueden esperar un amor reverente en su prole,
ni una seguridad de amor fiel en el consorte, ni una certeza de amistad leal en
el amigo.
Numerosas lágrimas
surcaron el rostro de Eva y asenderearon su corazón por la dureza del hijo, y
pusieron en su corazón el germen del arrepentimiento; numerosas lágrimas que le
obtuvieron una disminución de la culpa, porque Dios, ante el dolor de quien se
arrepiente, perdona. Y la madre lavó en el llanto el alma de su segundogénito,
que fue dulce, respetuoso para con sus padres, devoto hacia el Señor suyo, cuya
omnipotencia sentía descender radiante de los Cielos: era la alegría de la
mujer caída.
Pero el camino del dolor
de Eva debía ser largo y penoso, proporcionado a su camino en la experiencia
pecaminosa: en éste, estremecimiento de concupiscencia; en aquél,
estremecimiento de aflicción; en éste, besos; en aquél, sangre; de éste, un
hijo; de aquél, la muerte de un hijo, la de su predilecto (predilecto por su
bondad). Abel se hace instrumento de purificación para la culpable. ¡Pero qué
purificación tan dolorosa, que llenó con sus desgarradores gritos la Tierra
aterrorizada por el fraticidio, y que mezcló las lágrimas de una madre con la
sangre de un hijo, mientras huía perseguido por su remordimiento aquel que,
enemistado con Dios y con su hermano, al que Dios amaba, la había derramado!
10Dice el Señor a Caín: "¿Por qué andas irritado?". ¿Por qué,
si faltas contra mí, te irritas porque no te miro benigno?
¡Cuántos Caínes hay en la
Tierra! Me tributan un culto de desprecio, un culto hipócrita, o no me tributan
ningún culto, y quieren que los mire con amor y los colme de felicidad.
Dios es vuestro Rey, no
vuestro siervo. Dios es vuestro Padre, pero un padre no es nunca un siervo, si
se juzga según justicia. Dios es justo. Vosotros no lo sois, pero Él sí lo es.
Y no puede ‑ pues que os colma de sus beneficios de manera desmedida por
el sólo hecho de que le améis un poco ‑ no daros ‑ pues que tanto
le despreciáis - sus castigos. La Justicia no conoce dos vías. Su vía es única.
Esto hacéis, esto recibís. Si sois buenos, recibís el bien; si sois malos,
recibís el mal. Y – creedlo ‑ siempre sobrepasa con mucho el bien que
tenéis al mal que deberíais recibir por vuestra manera de vivir, en rebelión
contra la Ley divina.
11Dios dijo: "¿No es verdad que si haces el bien recibirás el bien
y que si haces el mal el pecado se presentará inmediatamente ante tu
puerta?". En efecto, el bien lleva a una constante elevación espiritual y
capacita cada vez más para cumplir un bien cada vez mayor, hasta alcanzar la
perfección y hacerse santos; por el contrario, basta ceder al mal para
degradarse y alejarse de la perfección, y conocer la servidumbre del pecado que
entra en el corazón y hace descender a éste, por grados, a una sucesiva y cada
vez mayor culpabilidad.
"Pero" sigue
diciendo Dios "pero tendrás debajo de ti el deseo del pecado, y debes
dominarlo". Sí, Dios no os ha hecho esclavos del pecado; las pasiones
están debajo de vosotros, no encima de vosotros. Dios os ha dado inteligencia y
fuerza para dominaros. Incluso a los primeros hombres, castigados por el rigor
de Dios, les dejó Dios inteligencia y fuerza moral. Y, desde que el Redentor ha
consumado por vosotros el Sacrificio, tenéis, como ayuda de la inteligencia y
fuerza, los ríos de la Gracia, y podéis, y debéis, dominar el deseo del mal.
Con vuestra voluntad fortalecida por la Gracia, debéis hacerlo. Por esto los
ángeles de mi Nacimiento le cantaron a la Tierra: "Paz a los hombres de
buena voluntad". Yo venía para traer de nuevo la Gracia a los hombres.
Mediante la unión de la Gracia con la buena voluntad, los hombres tendrían la
Paz. La Paz: gloria del Cielo de Dios.
12"Y Caín dijo a su hermano: 'Vamos afuera' ". Una mentira que
celaba bajo la sonrisa una traición asesina. La delincuencia siempre practica
la mentira, respecto a sus víctimas y respecto al mundo al que trata de
engañar; y quisiera engañar incluso a Dios. Pero Dios lee los corazones.
"Vamos afuera".
Muchos siglos después, uno dijo: "Salve, Maestro", y le besó. Los dos
Caínes escondieron el delito bajo una apariencia inocua y dieron rienda suelta
a su envidia, a su ira, a su abusiva violencia y a todos sus malvados
instintos, descargando todo ello sobre la víctima porque no se habían dominado
a sí mismos; antes bien, habían hecho esclavo su espíritu del propio yo
corrompido.
Eva asciende por el camino
de la expiación, Caín desciende por el camino del infierno, y en éste le hunde
la desesperación que de él se apodera; y con la desesperación ‑ último
golpe mortal asestado al espíritu ya languideciente por su delito ‑ viene
el miedo físico, vil, del castigo humano. El que ya no es ser que el Cielo
lleve en su memoria, ese hombre de alma muerta, animal es que se estremece por
su vida animal. La muerte, cuyo aspecto es sonrisa para los justos, porque por
ella van a la alegría de la posesión de Dios, terror es para los que saben que
morir quiere decir pasar para siempre del infierno del corazón al infierno de
Satanás. Y, como alucinados, ven por todas partes venganza ya pronta para
descargarse contra ellos.
13Pero sabed ‑ hablo a los justos ‑ sabed que si el
remordimiento y las tinieblas de un corazón culpable permiten y fomentan las
alucinaciones del pecador, a ninguno le es lícito erigirse como juez de su
hermano, y mucho menos erigirse como justiciero. Sólo uno es Juez: Dios. Y si
la justicia del hombre ha creado sus propios tribunales, éstos tienen la misión
de administrar justicia, y ¡ay de los que profanen ese nombre y juzguen movidos
por estímulo pasional propio o por presión de poderes humanos!
¡Maldición para aquel que
se haga justiciero privado de un semejante suyo! Pero ¡maldición aún mayor para
el que sin factores de impulsivo encono, sino movido por frío cálculo humano,
consigna a su semejante, sin justicia, a la muerte o al deshonor de la cárcel!
Porque si el que mate al que mató recibirá un castigo siete veces mayor ‑
como dijo el Señor que sucedería al que matara a Caín ‑, el que sin
justicia condene, movido de servidumbre hacia Satanás enmascarado de Pujanza
humana, recibirá setenta y siete veces el rigor de Dios.
Esto tendríais que tenerlo
siempre presente, especialmente en estos tiempos*, hombres que os matáis los
unos a los otros para hacer de los caídos la base de vuestro triunfo, y no
sabéis que lo que hacéis es excavar bajo vuestros pies la trampa en que os
hundiréis maldecidos por Dios y por los hombres; porque Yo dije: "¡No
matarás!".
14Eva sube por su camino de expiación. El arrepentimiento va creciendo
en ella ante las pruebas de su pecado. Quiso conocer el bien y el mal. Y el
recuerdo del bien perdido es para ella como el recuerdo del Sol para uno que,
al improviso, hubiera quedado cegado. El mal está ante ella en los despojos del
hijo asesinado; y alrededor, por el vacío creado por el hijo homicida y
fugitivo. Y nace Set. Y de Set Enós. El primer sacerdote.
Hincháis vuestra mente con
los humos de vuestra ciencia y habláis de evolución como de un signo de vuestra
formación espontánea. El hombre‑animal, evolucionando, se hará
superhombre: esto decís. Sí, así es, pero a mi manera, en mi campo, no en el
vuestro; no pasando de la condición de cuadrúmanos a la de hombres, sino de la
de hombres a la de espíritus: cuanto más crezca el espíritu, más
evolucionaréis.
Vosotros, que habláis de
glándulas y os llenáis la boca hablando de hipófisis o pineal y ponéis en ella
la sede de la vida ‑ tomada ésta no en el tiempo en que la vivís, sino en
los tiempos que han precedido y seguirán a vuestra vida actual ‑, sabed
que la verdadera glándula vuestra, la que hace de vosotros los posesores
eternos de la Vida, es el espíritu vuestro. Cuanto más esté éste desarrollado,
más poseeréis las luces divinas y más evolucionaréis de hombres a dioses,
inmortales dioses, y obtendréis de este modo ‑ sin contravenir al deseo
de Dios, a su mandato sobre el árbol de la Vida ‑ la posesión de esta
Vida, justamente en la manera en que Dios quiere que la poseáis, pues que Él
para vosotros la creó eterna y refulgente, abrazo beatífico con esa eternidad
que os absorbe y os comunica sus propiedades.
Cuanto más desarrollado
esté el espíritu, más conoceréis a Dios. 15Conocer a Dios quiere
decir amarle y servirle y, por tanto, ser capaces de invocarle para uno mismo y
para los demás. Venir a ser, pues, los sacerdotes que desde la Tierra oran por
los hermanos. Porque es
sacerdote el consagrado,
sí, pero también
lo es el
______________________
* especialmente en estos
tiempos, porque en 1944 aún ardía la segunda guerra mundial.
creyente convencido,
amoroso, fiel; y lo es, sobre todo, esa alma víctima que por un impulso de
caridad se inmola a sí misma.
No es el hábito, sino el
corazón, lo que Dios observa. Y en verdad os digo que ante mis ojos aparecen
muchos tonsurados que de sacerdotal sólo tienen la tonsura, y muchos laicos en
que la Caridad, que los posee y por la que se dejan consumir, es el Óleo de la
ordenación que hace de ellos sacerdotes míos, anónimos a los ojos del mundo,
pero conocidos por mí, que los bendigo».
607. Juan va a recoger a la
Madre.
110,30 del Viernes Santo de 1944 (7‑4‑44): hora que mi
interno consejero me señala como la hora en que Juan fue donde María.
Veo al predilecto, más
pálido aún que cuando estaba con Pedro en el patio de Caifás. Quizás porque
allí la luz del fuego proyectaba un cálido reflejo en su cara. Ahora se le ve
ajado, como por causa de una grave enfermedad, y como exangüe. Su cara está tan
intensamente pálida ‑ lívida palidez ‑, que emerge de la túnica
malva como la de un ahogado. Y tiene los ojos empañados. El pelo, mate;
despeinado. La barba, que ha asomado en esas horas, le pone un velo claro en
las mejillas y el mentón, y, siendo rubia clara, da a aquéllas un aspecto aún
más pálido. No queda en él nada del dulce y alegre Juan, como tampoco del
inquieto Juan que poco antes, con un acceso encendido de desdén en el rostro, a
duras penas se ha contenido de pegar a Judas.
Llama a la puerta de la
casa y, como si desde dentro alguien, temeroso de encontrarse otra vez a Judas,
preguntara que quién llama, responde: «Soy Juan». La puerta se abre y él entra.
También él va
inmediatamente al cenáculo, sin responder a la dueña de la casa, que le ha
preguntado: «¿Pero qué está pasando en la ciudad?».
Se cierra dentro y cae de
rodillas contra el asiento en que estaba Jesús, y llora llamándole con dolor.
Besa el mantel en el lugar donde el Maestro ha tenido unidas las manos.
Acaricia el cáliz que ha estado entre sus manos... Luego dice: «¡Oh, Dios
Altísimo, ayúdame! ¡Ayúdame a decírselo a su Madre! ¡No tengo corazón para
ello!... Pero tengo que decírselo. ¡Tengo que decírselo yo, porque
me he quedado solo!».
Se levanta y piensa. Toca
entonces el cáliz como para sacar fuerzas de ese objeto tocado por el Maestro.
Mira a su alrededor... Ve, todavía en el rincón donde Jesús lo puso, el
purificador que usó para secarse las manos después del lavatorio, y el otro que
se había puesto en la cintura. Los coge, los dobla, los acaricia, los besa.
Sigue un momento
titubeante en medio de la vacía habitación. Dice: «¡Vamos!», pero no va hacia
la puerta, sino que vuelve a la mesa y toma el cáliz y el pan cuyo extremo
había partido Jesús para extraer el trozo que, untado, iba a dar a Judas. Los
besa y, junto con los dos purificadores, los toma y los aprieta contra su
corazón, como una reliquia. Repite: «¡Vamos!» y suspira. Se acerca a la
escalerita. Sube por ella, encorvado, con paso reluctante y moroso. Abre, sale.
2«Juan, ¿has venido?». María aparece de nuevo en la puerta de su
habitación, apoyándose en la jamba, como quien no tiene fuerzas de mantenerse
en pie.
Juan levanta la cabeza y
la mira. Abre la boca queriendo hablar, pero no lo consigue: dos lagrimones
descienden rodando por sus mejillas. Agacha la cabeza, con un sentido de
vergüenza por su debilidad.
«Ven aquí, Juan. No
llores. Tú no debes llorar. Tú le has querido siempre y siempre
le has hecho feliz. Que ello te sirva de consuelo».
Estas palabras quitan todo
freno al llanto de Juan, que ahora es tan alto y ruidoso que hace que se asomen
la dueña de la casa, María Magdalena, la mujer de Zebedeo y las otras...
«Ven conmigo, Juan». María
se separa de la jamba y toma de una muñeca al discípulo y tira de él hacia la
habitación, como si fuera un niño; luego cierra la puerta despacio, para
aislarse con él.
Juan no reacciona. Pero al
sentir en su cabeza el contacto de la mano trémula de María, cae de rodillas,
deposita en el suelo los objetos que llevaba apretados contra su corazón, y,
rostro en tierra, teniendo un borde de la túnica de María apretado contra su
convulso rostro, dice entre sollozos: «¡Perdón! ¡Perdón! ¡Madre, perdón!».
María, en pie, acongojada,
con una mano en el pecho y el otro brazo pendiendo relajado, con una voz llena
de aflicción, dice: «¿Qué es lo que debería perdonarte, ¡pobre hijito mío!?
¿Qué? ¡A ti?».
Juan levanta la cara,
mostrándola como es, sin huella alguna de orgullo masculino: una cara de un
pobre niño que llora, y grita: «¡El haberle abandonado! ¡El haber huido! ¡No
haberle defendido! ¡Oh, Maestro mío! ¡Maestro, perdón! ¡Hubiera debido morir,
antes que dejarte! ¡Madre! ¡Madre, ¿quién me quitará algún día este
remordimiento?!».
«Paz, Juan. Él te perdona.
Ya te ha perdonado. Nunca ha tenido en cuenta este momento tuyo de
desconcierto. Te quiere». María habla intercalando pausas entre las breves
frases, como en un momento de jadeo, mientras tiene una mano puesta en su pobre
corazón, que late fuerte de angustia, y la otra sobre la cabeza de Juan.
«Pero yo no le he sabido
comprender ni siquiera ayer por la noche... y me dormí mientras Él nos pedía el
consuelo de velar. ¡Dejé solo a mi Jesús! Y luego salí corriendo cuando vino
ese maldito con esa gentuza...».
«Juan, no maldigas. No
odies, Juan. Deja al Padre ese juicio. 3Escucha: ¿Dónde está Él
ahora?».
Juan vuelve a caer rostro
en tierra, y llora más fuerte.
«Responde, Juan. ¿Dónde
está mi Hijo?».
«Madre... yo... Madre,
le... Madre...».
«Le han condenado, lo sé.
Lo que te pregunto es que dónde está en este momento».
«He hecho todo lo posible
porque me viera... He tratado de recurrir a alguien influyente para obtener
piedad, para que... para que le hicieran sufrir menos. No le han hecho mucho
daño...».
«No mientas, Juan. Ni
siquiera por compasión hacia una madre. No lo conseguirías. Y sería inútil. Yo
sé. Desde ayer noche le he seguido en su dolor. Tú no lo ves, pero mi carne
está magullada por los mismos azotes que Él ha recibido, y en mi frente están
las espinas; he sentido los golpes... todo. Pero ahora... ya no veo. ¡Ahora
ignoro dónde está mi Hijo, mi Hijo condenado a la cruz!... ¡A la cruz!... ¡A la
cruz!... ¡Oh, Dios, dame fuerzas! Él tiene
que verme. No debo sentir mi
dolor mientras Él esté sintiendo el suyo. Después, cuando todo haya terminado,
déjame morir, ¡oh Dios!, si Tú lo quieres. Ahora, no. Por Él, porque me vea.
Vamos, Juan. 4¿Dónde está Jesús?».
«Está saliendo de la casa
de Pilato. Ese clamor es la turba que grita en torno a Él, atado, en los
escalones del Pretorio, esperando la cruz o ya caminando hacia el Gólgota».
«Avisa a tu madre, Juan, y
a las otras mujeres. Vamos. Recoge ese cáliz, ese pan, esos paños... Mételos
aquí. Nos servirán de consuelo... más adelante... Vamos».
Juan recoge los objetos
que estaban en el suelo y sale para llamar a las mujeres. María le espera,
pasando por su cara esos paños, como buscando en ellos la caricia de la mano de
su Hijo, y besa el cáliz y el pan, y pone todo encima de un vasar. Se envuelve
estrechamente en su manto, y se cubre con él hasta los ojos, por encima del
velo que le envuelve la cabeza y el cuello. No llora, pero sí tiembla. Y jadea
tanto, con la boca abierta, que parece faltarle el aire.
Juan entra de nuevo,
seguido por las mujeres, que lloran.
«¡Hijas! ¡Callad!
¡Ayudadme a no llorar! Vamos». Y se apoya en Juan, que la guía y la sostiene
como si se tratara de una ciega.
La visión cesa así. Son
las 12,30 de ahora, o sea, las 11,30 de la hora solar.
608. La vía dolorosa del Pretorio al
Calvario.
26 de
marzo de 1945.
1Pasa un poco de tiempo* así. No más de una media hora, quizás incluso
menos. Luego, Longino, encargado de presidir la ejecución, da sus órdenes.
Pero, antes de que
conduzcan a Jesús a la calle para recibir la cruz y ponerse en camino, Longino,
que le ha mirado dos o tres veces con una curiosidad que ya se tiñe de
compasión, y con esa mirada práctica de la persona que no es nueva en
determinadas cosas, se acerca con un soldado y ofrece a Jesús un alivio: una
copa de vino, creo (porque vierte de una cantimplora militar un líquido blondo‑róseo
claro). «Te confortará. Debes tener sed. Y fuera hace sol. El camino es largo».
Mas Jesús responde: «Que
Dios te premie por tu piedad, pero no te prives tú de ello».
«Yo estoy sano y fuerte...
Tú... No me privo... Y además... aunque así fuera, lo haría con gusto, por
confortarte... Un sorbo... para que yo vea que no aborreces a los paganos».
Jesús no insiste en
rechazarlo y bebe un sorbo de esa bebida. Tiene ya desatadas las manos. Tampoco
tiene ya la caña ni la clámide. Así que puede beber sin ayuda. Luego ya no
quiere más, a pesar de que esa bebida fresca y buena debe significar un gran
alivio de la fiebre, que empieza a manifestarse en unas estrías rojas que se
encienden en las pálidas mejillas y en los labios secos, agrietados.
«Toma, toma. Es agua y
miel. Da fuerzas. Calma la sed... Me produces compasión... sí... compasión...
No eres Tú hebreo al que habría que matar... ¡En fin!... Yo no te odio... y
trataré de hacerte sufrir sólo lo inevitable».
Pero Jesús no bebe otra
vez... Verdaderamente tiene sed... Esa tremenda sed de las personas exangües y
de los que tienen fiebre... Sabe que no
es bebida que contenga narcótico y bebería con ganas. Pero no quiere sufrir menos. Y
yo comprendo ‑ por luz interna, como lo que acabo de decir ‑
que aún más que el agua melar le alivia la piedad del romano.
«Que Dios te bendiga por
este alivio» dice. Y sonríe. Todavía sonríe... una sonrisa lastimosa, con esa
boca suya hinchada, herida, que a duras penas puede contraerse (es que también,
entre la nariz y el pómulo derecho se está hinchando mucho la fuerte contusión
del golpe que ha recibido en el patio interior después de la flagelación).
2Llegan los dos ladrones, cada uno de ellos rodeados por una decuria de
soldados.
Es hora de ponerse en
marcha. Longino da las últimas órdenes.
Una centuria se dispone en
dos filas, distantes unos tres metros entre ellas, y sale así a la plaza, donde
otra centuria ha formado un cuadrado para contener a la gente, de forma que no
obstaculice a la comitiva. En la pequeña
plaza ya hay
hombres a
____________________________
* un poco de tiempo, desde el final de la última visión (del 25
de marzo de 1945) en 604.35.
caballo: una decuria de
caballería mandada por un joven suboficial que lleva las enseñas. Un soldado de
a pie lleva de la brida el caballo negro del centurión. Longino sube a la silla
y va a su lugar, unos dos metros por delante de los once de a caballo.
Traen las cruces. Las de los dos ladrones son más
cortas; la de Jesús, mucho más larga. Según mi apreciación, el palo vertical no
tiene menos de cuatro metros.
Veo que la traen ya
formada. Sobre esto leí ‑ cuando leía... o sea, hace años ‑ que la
cruz fue compuesta en la cima del Gólgota. Que a lo largo del camino los condenados
llevaban sólo los dos palos, en haz, sobre los hombros. Todo es posible. Pero
yo veo una auténtica cruz, bien armada, sólida, perfectamente encajada en la
intersección de los dos brazos y bien reforzada con clavos y tuercas en
aquéllos. Efectivamente, si pensamos que estaba destinada a sostener un peso
considerable, como es el cuerpo de un adulto, incluso en las convulsiones
finales, también de considerable fuerza, se comprende que no podían
improvisarla en la estrecha e incómoda cima del Calvario.
Antes de darle la cruz, le
pasan a Jesús, por el cuello, la tabla con la inscripción "Jesús
Nazareno Rey de los Judíos". Y la cuerda que la sujeta se
engancha en la corona, que se mueve y que araña donde no estaba ya arañado, y
que penetra en otros sitios, causando nuevo dolor, haciendo brotar más sangre.
La gente se ríe, de sádica alegría, e insulta y blasfema.
Ya están preparados.
Longino da la orden de marcha. «Primero el Nazareno, detrás los dos ladrones.
Una decuria alrededor de cada uno, haciendo de ala y refuerzo. Será responsable
el soldado que no impida agresión mortal a los condenados».
3Jesús baja los tres peldaños que conectan el vestíbulo con la plaza. Y
se ve, inmediatamente, que está muy debilitado. Se tambalea al bajar los tres
peldaños: estorbado por la cruz, que calca en el hombro, llagado del todo;
estorbado por la tabla de la inscripción, que oscila delante y va serrando en
el cuello; estorbado por los vaivenes imprimidos al cuerpo por el largo palo de
la cruz, que bota en los peldaños y en las escabrosidades del suelo.
Los judíos se ríen
viéndole tambalearse como si estuviera borracho, y gritan a los soldados:
«Empujadle, para que se caiga. ¡Que muerda el polvo el blasfemo!». Pero los
soldados se limitan a cumplir con su deber, o sea, ordenan al Condenado que se
ponga en el centro de la calle y camine.
Longino aguija al caballo
y la comitiva empieza a moverse con lentitud. Longino quisiera acortar, tomando
el camino más breve para ir al Gólgota, porque no está seguro de la resistencia
del Condenado. Pero esta gentuza furiosa ‑ y llamarlos
"gentuza" es incluso honroso ‑ no quiere que se haga así. Los
más zorros ya se han apresurado a adelantarse, hasta la bifurcación de la calle
(una parte va hacia las murallas, la otra hacia la ciudad), y se amotinan y
gritan cuando ven que Longino trata de tomar la de las murallas. «¡No te está
permitido! ¡No te está permitido! ¡Es ilegal! ¡La Ley dice que los condenados
deben ser vistos desde la ciudad donde pecaron!». Los judíos que van en la cola
de la comitiva se percatan de que delante se intenta privarlos de un derecho, y
unen sus gritos a los de sus compinches.
Intentando calmar los
ánimos, Longino tuerce por la vía que va hacia la ciudad, y recorre un trecho
de aquélla. Pero hace señas a un decurión de que se acerque (digo
"decurión" porque es el suboficial, pero quizás es ‑ diríamos
nosotros ‑ su oficial de ordenanza) y le dice algo reservadamente. Éste
vuelve hacia atrás al trote y, a medida que va llegando a la altura de cada uno
de los jefes de decuria, transmite la orden. Luego vuelve donde Longino para
informar de que la orden está cumplida. Acto seguido se pone en el sitio en que
estaba: en la fila, detrás de Longino.
4Jesús camina jadeante. Cada bache del camino es una insidia para su
pie incierto, una tortura para su espalda lacerada, para su cabeza coronada de
espinas y herida por un Sol cenital exageradamente caliente que de vez en
cuando se esconde tras un entrecielo plúmbeo de nubes, pero que, aun oculto, no
deja de abrasar. Está congestionado por la fatiga, la fiebre y el calor. Pienso
que también la luz y los gritos deben torturarle, y, si bien no puede taparse
los oídos para no oír esos gritos descompuestos, sí que cierra los ojos para no
ver la vía deslumbradora de sol... Pero se ve obligado a abrirlos, porque
tropieza en piedras y pisa en baches, y cada tropezón es causa de dolor porque
mueve bruscamente la cruz, que choca con la corona, que se descoloca en el
hombro llagado y extiende la llaga y hace aumentar el dolor.
Los judíos ya no pueden
golpearle directamente. Pero todavía le alcanza alguna piedra y algún golpe con
algún palo: lo primero, en las plazas llenas de gente; lo segundo, en las
vueltas, por las callejuelas hechas de escalones que suben y bajan, ora uno,
ora tres, ora más, por los continuos desniveles de la ciudad. En esos lugares
la comitiva, por fuerza, aminora el paso y siempre hay alguno dispuesto a
desafiar a las lanzas romanas con tal de dar un nuevo retoque a esa obra
maestra de tortura que ya es Jesús.
Los soldados, como pueden,
le defienden. Pero incluso al querer defenderle le golpean, porque las largas
astas de las lanzas, blandidas en tan poco espacio, le golpean y le hacen
tropezar. Pero, llegados a un determinado lugar, los soldados hacen una
maniobra impecable y, a pesar de los gritos y las amenazas, la comitiva tuerce
bruscamente por una calle que va directamente hacia las murallas, cuesta abajo,
una calle que acorta mucho el camino hacia el lugar del suplicio.
Jesús jadea cada vez más.
El sudor surca su rostro, junto con la sangre que rezuma de las heridas de la
corona de espinas. El polvo se adhiere a este rostro húmedo poniéndole extrañas
manchas. Y es que ahora también hace viento: sucesión de ráfagas separadas por
largos intervalos en que se deposita el polvo ‑ introduciéndose en los
ojos y en las gargantas ‑ que la racha ha levantado formando torbellinos
cargados de detritos.
Junto a la puerta Judicial
está ya apiñada una multitud: son los que han tenido la previsión de buscarse
con tiempo un buen sitio para ver. Pero, poco antes de llegar a ella, Jesús ya
da señales de no tenerse en pie. Sólo la rápida intervención de un soldado ‑
contra el que Jesús casi se derrumba ‑ impide que vaya al suelo. La
chusma se ríe y grita: «¡Déjale! Decía a todos: "Levántate". Pues que
ahora se levante Él...».
Al otro lado de la puerta
hay un pequeño torrente y un puentecito. Nuevo esfuerzo para Jesús el pasar por
esas tablas separadas en que rebota aún más fuertemente el largo palo de la
cruz. Y nueva mina de proyectiles para los judíos: vuelan piedras del torrente
que golpean al pobre Mártir...
5Empieza la subida del Calvario. Es un camino desnudo que acomete
directamente la subida, pavimentado con piedras no unidas, sin un hilo de
sombra.
Respecto a este punto,
cuando leía, también leí que el Calvario tenía pocos metros de altura. Bueno,
pues, será así... Ciertamente, no es una montaña; pero una colina, sí; en
cualquier caso, no es más bajo que, respecto a los Lungarni, el monte donde
está la basílica de San Miniato, en Florencia. Alguno dirá: "¡Poca
cosa!". Sí, para uno sano y fuerte es poca cosa. Pero basta tener el
corazón débil para sentir si es poca o mucha... Yo sé que, cuando se me enfermó
el corazón, aunque todavía fuera en forma benigna, ya no podía subir aquella
cuesta sin sufrir mucho y teniendo que pararme cada poco... y no tenía ningún
peso a la espalda. Y creo que Jesús después de la flagelación y el sudor de
sangre debía tener el corazón muy mal... y no tengo en cuenta más que estas dos
cosas.
Jesús, por tanto, subiendo
y con el peso de la cruz ‑ que siendo tan larga debe pesar mucho ‑,
sufre agudamente.
Encuentra una piedra
saliente. Estando agotado, levanta muy poco el pie, y tropieza. Cae sobre la
rodilla derecha. De todas formas, logra sujetarse con la mano izquierda. La
gente grita de contento... Se pone en pie de nuevo. Continúa. Cada vez más
encorvado y jadeante, congestionado, febril...
El cartel, que le va
bailando delante, le obstaculiza la visión. La túnica, que, ahora que va
encorvado, arrastra por el suelo por la parte de delante, le estorba el paso.
Tropieza otra vez y cae sobre las dos rodillas, hiriéndose de nuevo en donde ya
lo estaba; y la cruz, que se le va de las manos y cae al suelo, tras haberle
golpeado fuertemente en la espalda, le obliga a agacharse, para levantarla, y a
esforzarse en cargarla sobre las espaldas. Mientras hace esto, aparece
netamente visible en el hombro derecho la llaga causada por el roce de la cruz,
que ha abierto las muchas llagas de los azotes y las ha unificado en una sola
que rezuma suero y sangre, de forma que la túnica blanca está en ese sitio del
todo manchada. La gente llega incluso a aplaudir por el contento de verle caer
tan mal...
Longino incita a acelerar
el paso, y los soldados, con golpes dados de plano con las dagas, instan al
pobre Jesús a continuar. Se reanuda la marcha, con una lentitud cada vez mayor,
a pesar de todas las incitaciones.
Jesús, disponiendo de todo
el camino, se tambalea tanto, que parece completamente ebrio. Va chocándose en
las dos filas de soldados, ora contra una, ora contra otra. La gente ve esto y
grita: «Se le ha subido a la cabeza su doctrina. ¡Mira, mira como se
tambalea!». Y otros ‑ que no son pueblo, sino sacerdotes y escribas ‑
dicen burlonamente: «No. Son los festines, todavía humeantes, en casa de
Lázaro. ¿Eran buenos? Ahora come nuestra comida...», y otras frases
parecidas.
6Longino, que se vuelve de vez en cuando, siente compasión y ordena una
parada de algunos minutos. La chusma le insulta tanto, que el centurión ordena
a los soldados la carga. La masa vil, ante las lanzas refulgentes y
amenazadoras, se distancia gritando, bajando sin orden ni concierto por el
monte.
Es aquí donde vuelvo a
ver, entre la poca gente que ha quedado, al grupito de los pastores,
apareciendo tras unas ruinas (quizás de algún murete derrumbado). Desolados,
desencajados los rostros, llenos de polvo del camino, lacerados sus vestidos,
reclaman con la fuerza de sus miradas la atención de su Maestro. Y Él vuelve la
cabeza, los ve... los mira fijamente como si fueran caras de ángeles. Parece
calmar su sed y recuperar fuerzas con el llanto de ellos, y sonríe... Se da de
nuevo la orden de ponerse en marcha y Jesús pasa justamente por delante de
ellos, oyendo su llanto angustioso. Vuelve a duras penas la cabeza bajo el yugo
de la cruz y vuelve a sonreír... Sus consuelos... Diez caras... un alto bajo el
sol de fuego...
Y
en seguida el dolor de la tercera, completa caída. Esta vez no es que tropiece,
sino que es que cae por repentino decaimiento de las fuerzas, por síncope. Cae
a lo largo. Se golpea la cara contra las piedras desunidas. Permanece en el
suelo, bajo la cruz, que se le cae encima. Los soldados tratan de levantarle.
Pero, dado que parece muerto, van a informar al centurión. Mientras van y
vuelven, Jesús vuelve en sí y, lentamente, con la ayuda de dos soldados, de los
cuales uno levanta la cruz y el otro ayuda al Condenado a ponerse en pie, se
pone de nuevo en su lugar. Pero está totalmente agotado.
«¡Atentos
a que muera en la cruz!» grita la muchedumbre.
«Si
se os muere antes, responderéis ante el Procónsul. Tenedlo presente. El reo
debe llegar vivo al suplicio» dicen los jefes de los escribas a los soldados.
Éstos,
aunque por disciplina no hablan, los fulminan con furiosas miradas.
7Pero Longino tiene el mismo miedo que los judíos de que Cristo muera
por el camino, y no quiere problemas. Sin necesidad de que nadie se lo
recuerde, sabe cuál es su deber como comandante de la ejecución, y toma las
medidas oportunas al respecto; concretamente da la orden de tomar el camino más
largo, que sube en espiral orillando el monte y que, por tanto, tiene menos
desnivel, desorientando a los judíos, los cuales ya se han adelantado
presurosos por el camino, al que han llegado desde todas las partes del monte,
sudando, arañándose al pasar junto a los escasos y espinosos matorrales de este
monte yermo y requemado, cayendo en los montones de escombros (como si fuera
para Jerusalén una escombrera), sin sentir dolor alguno, sino el de perderse un
jadeo del Mártir, una mirada suya de dolor, un gesto aun involuntario de
sufrimiento, sin sentir temor alguno, sino el de no conseguir un buen sitio.
El
camino tomado por Longino parece un sendero que, a fuerza de haber sido
recorrido, se ha transformado en un camino bastante cómodo.
El
cruce de los dos caminos está localizado, aproximadamente, en la mitad del
monte. Pero observo que más arriba, en cuatro puntos, el camino directo se ve
cortado por este que asciende con menos desnivel, aunque con un recorrido mucho
más largo; y en este camino hay personas que suben, pero que no
participan del indigno jolgorio de los posesos que siguen a Jesús para gozar de
sus tormentos. La mayor parte son mujeres, que van llorando veladas. También
algún grupito de hombres ‑ en verdad, muy exiguos ‑ que, muy por
delante de las mujeres, están para desaparecer de la vista cuando el camino, en
su recorrido, orillando el monte, tuerce.
Aquí
el Calvario tiene una especie de punta en su caprichosa estructura: de forma de
morro por una parte, escarpada por la otra. Trataré de darle una idea de su
aspecto tomado de perfil. Pero tengo que volver la página, porque aquí me viene
mal por falta de espacio.
Los hombres desaparecen
tras la punta rocosa y los pierdo de vista.
8La gente que seguía a Jesús grita de rabia. Era más bonito para ellos
verle caer. Con repugnantes imprecaciones contra el Condenado y contra el que
le guía, parte de ellos se ponen a seguir a la comitiva judicial, y otra parte
prosigue, casi corriendo, hacia arriba por el camino empinado, para desquitarse,
con un magnífico puesto en la cima, de la desilusión que han experimentado.
Las mujeres, que van
llorando ‑ y que se encuentran en el punto que señalo con la letra D ‑
se vuelven al oír los gritos, y ven que la comitiva tuerce por ahí. Se detienen
entonces, y, temiendo que los violentos judíos las arrojen ladera abajo, se
pegan bien al monte. Cubren aún más su cara con los velos. Una va completamente
velada, como una musulmana, dejando descubiertos sólo los ojos, negrísimos. Van
muy ricamente vestidas, custodiadas por un viejo robusto cuya cara, yendo él
todo envuelto en su capa, no distingo; veo sólo su larga barba, más blanca que
negra, por fuera de su obscurísima y grande capa.
Cuando Jesús llega a su
altura, ellas lloran más fuerte y se inclinan con profunda reverencia. Luego se
aproximan resueltamente. Los soldados quisieran mantenerlas a distancia
sirviéndose de las astas. Pero la que estaba del todo tapada como una musulmana
aparta un instante el velo ante el alférez, que ha llegado a caballo para ver
qué obstáculo nuevo es éste. Y el alférez da la orden de dejarla pasar. No
puedo ver ni su cara ni su vestido, porque ha apartado el velo con la rapidez
de un relámpago y el vestido está enteramente oculto bajo un manto largo que
llega hasta los pies, un manto tupido y completamente cerrado por una serie de
hebillas. La mano que un instante sale para apartar el velo es blanca y
hermosa; y es, junto con los negrísimos ojos, la única cosa que se ve de esta
alta dama, que, sin duda, es persona influyente, a juzgar por la forma en que
el lugarteniente de Longino la obedece.
9Se acercan a Jesús llorando y se arrodillan a sus pies mientras Él se
detiene jadeante... Jesús, a pesar de todo, sabe sonreír a estas mujeres
compasivas y al hombre que las escolta, que se descubre para mostrar que es
Jonatán. Pero a él los soldados no le dejan pasar; sólo a las mujeres.
Una de ellas es Juana de
Cusa, y está más maltrecha que cuando agonizaba*. De rojo presenta sólo los
surcos del llanto. Todo el resto de la cara es níveo, con esos dulces ojos
negros que, tan empañados como están, parecen ahora de un violeta obscurísimo,
como ciertas flores. Tiene en su mano una ánfora de plata, y se la ofrece a
Jesús, el cual no la acepta. Pero es que, además, su jadeo es tan fuerte, que
ni siquiera podría beber. Con la mano izquierda se seca el sudor y la sangre
que le caen en los ojos y que, deslizándose por las mejillas lívidas y por el
cuello (cuyas venas están túrgidas con el afanoso palpitar del corazón),
humedecen toda la pechera de la túnica.
Otra mujer ‑ a su
lado tiene una joven sirviente ‑ abre una arqueta que ésta lleva en los
brazos y saca un lienzo finísimo, cuadrado, que le ofrece al Redentor. Jesús lo
acepta. Y, dado que no puede por sí solo con una mano, esta mujer compasiva le
ayuda a ponérselo en el rostro, con cuidado de no chocar en la corona. Y Jesús
aplica el fresco lienzo a su pobre faz. Lo mantiene así como si en ello hallara
un gran alivio.
Luego devuelve el lienzo y
habla: «Gracias, Juana. Gracias, Nique,... Sara,... Marcela,... Elisa,...
Lidia,... Ana,... Valeria,... y a ti... Pero... no lloréis... por mí... hijas
de... Jerusalén... sino por los pecados... vuestros y... de vuestra ciudad...
Da gracias... Juana... por no tener... ya hijos... Mira... es compasión de
Dios... el no... no tener hijos... para que... sufran por... esto. Y también...
tú, Isabel... Mejor... como sucedió... que entre los deicidas... Y vosotras...
madres... llorad por... vuestros hijos, porque... esta hora no pasará... sin
castigo... ¡Y qué castigo, si esto es así para... el Inocente!... Lloraréis
entonces... el haber concebido... amamantado y el... tener todavía... a los
hijos... Las madres... en aquella hora... llorarán porque... en verdad os
digo... que será dichoso... el que en aquella hora... caiga primero... bajo los
escombros... Os bendigo... Marchaos... a casa... orad... por mí. Adiós,
Jonatán... llévatelas...».
Y en medio de un alto
clamor de llanto femenino y de imprecaciones judías, Jesús reanuda su camino.
10Jesús está otra vez todo mojado de sudor. Sudan también los soldados y
los otros dos condenados, porque el sol de este día borrascoso abrasa como el
fuego, y la ladera ardiente del monte aumenta el calor solar.
Fácil es imaginarse lo que
significará este sol en la túnica de lana de Jesús puesta sobre las heridas de
los azotes... y horrorizarse... Pero no emite un solo quejido. Eso sí ‑ a
pesar de que el camino esté mucho menos empinado y no tenga esas piedras
desunidas, tan peligrosas para sus pies, que en realidad ya sólo se arrastran ‑,
se tambalea cada vez más, y otra vez vuelve a ir de una fila de soldados a la
otra, chocándose, y encorvándose cada vez más.
______________________
* cuando agonizaba, en 102.7.
Piensan que será una
solución pasarle una cuerda por la cintura y tenerlo sujeto por los cabos como
si fueran riendas. Sí, esto lo sostiene, pero no le alivia el peso. Es más, la
cuerda, chocando en la cruz hace que ésta se mueva continuamente en el hombro y
que golpee en la corona, que verdaderamente ha hecho ya de la frente de Jesús
un tatuaje sangrante. Además, la cuerda va rozando la cintura, donde hay muchas
heridas, y ciertamente las abrirá de nuevo; tanto es así que la túnica blanca
se tiñe, en la zona de la cintura, de un rojo pálido. Por ayudarle, le hacen
sufrir más todavía.
11El camino prosigue. Dobla la ladera del monte. Vuelve casi al frente,
hacia el camino escarpado. Aquí, en el sitio que señalo con la letra M, está
María con Juan. Yo diría que Juan la ha llevado a ese lugar de sombra, detrás
de la escarpa del monte, para procurarle un poco de alivio. Es la parte más
abrupta, sólo orillada por ese camino. Hacia arriba y hacia abajo, la ladera,
sea hacia arriba, sea hacia abajo, tiene áspero declive, de forma que, por este
motivo, los crueles judíos la han descartado. Allí hay sombra porque yo diría
que es la parte septentrional. Y María, estando pegada al monte, se ve al
amparo del sol. Está apoyada en la ladera térrea; de pie, pero ya exhausta.
Jadea también ella, pálida como una muerta, con su vestido azul obscurísimo,
casi negro. Juan la mira con una piedad desolada. También él ha perdido todo
rastro de color y está térreo. Sus ojos,
cansados y abiertísimos. Despeinado. Ahondados los carrillos, como por
enfermedad.
Las otras mujeres (María y
Marta de Lázaro, María de Alfeo y de Zebedeo, Susana de Caná, la dueña de la
casa y otras que no conozco*) están en medio del camino y observan si viene el
Salvador. Y, cuando ven que llega Longino, se acercan a María para avisarla.
Entonces María, sujetada de un codo por Juan, majestuosa en medio de su dolor,
se separa de la pared del monte y se pone resueltamente en medio del camino,
apartándose sólo cuando llega Longino, quien desde su caballo negro mira a esta
pálida Mujer y a su acompañante rubio, pálido, de mansos ojos de cielo como
Ella. Y Longino menea la cabeza mientras la sobrepasa seguido por los once que
van a caballo.
María trata de pasar por
entre los soldados de a pie. Pero éstos, que tienen calor y prisa, tratan de
rechazarla con las lanzas (y mucho más si se considera que desde el camino
solado vuelan piedras como protesta contra tantos gestos de compasión). Son los
judíos, que siguen imprecando por la pausa causada por las pías mujeres. Dicen:
«¡Rápido! Mañana es Pascua. ¡Hay que acabar todo esto antes de que anochezca!
¡Cómplices! ¡Burladores de nuestra Ley! ¡Opresores! ¡Muerte a los invasores y a
su Cristo! ¡Le quieren! ¡Fijaos cómo le quieren! ¡Pues lleváoslo! ¡Metedle en
vuestra maldita Urbe! ¡Os lo cedemos! ¡Nosotros no queremos tenerle! ¡Las
carroñas para las carroñas! ¡Las lepras para los leprosos!».
______________________
* no conozco, porque la fecha de la presente
visión precede a la de la mayor parte de las visiones de la vida pública de
Jesús.
12Longino se cansa y espolea al caballo, seguido por los diez lanceros,
contra la jauría insultante, que por segunda vez huye. Y, haciendo esto,
Longino ve parado un pequeño carro (sin duda, ha subido desde los huertos que
están al pie del monte), un pequeño carro que espera con su carga de verduras a
que pase la turba para bajar a la ciudad. Creo que un poco de curiosidad propia
y de los hijos ha hecho al Cireneo subir hasta allí, porque de ninguna manera
tenía necesidad de hacerlo. Los dos hijos, tumbados encima del montón glauco de
las verduras, miran cómo huyen los judíos y se ríen de ellos. El hombre, sin
embargo, un hombre robustísimo de unos cuarenta o cincuenta años, en pie, junto
al burro que, asustado, trata de recular, mira atentamente hacia la comitiva.
Longino le mira
detenidamente. Piensa que le puede servir. Ordena: Hombre ven aquí».
El Cireneo finge no oír.
Pero con Longino no se juega. Repite la orden de una forma que el hombre lanza
los ramales a uno de sus hijos y se acerca.
«Ves a ese hombre?»
pregunta. Y al decirlo se vuelve para señalar a Jesús. Y, en esto, ve a María,
suplicando a los soldados que la dejen pasar. Siente compasión de ella y grita:
«Dejad pasar a la Mujer». Luego vuelve a hablarle al Cireneo: «No puede
proseguir cargado así. Tú eres fuerte. Toma su cruz y llévala por Él hasta la
cima» .
«No puedo... Tengo el
burro... es rebelde... Los chicos no saben dominarle...».
Pero Longino dice: «Ve, si
no quieres perder el asno y ganarte veinte golpes de castigo» .
El Cireneo ya no se atreve
a oponer más resistencia. Da una voz a los muchachos: «Id a casa. Pronto. Decid
que llego en seguida», luego se acerca a Jesús.
13Llega en el preciso momento en que Jesús se vuelve hacia su Madre ‑
sólo entonces Él la ve venir, y es que caminaba tan encorvado y con los ojos
tan cerrados, que era como si estuviera ciego ‑, y grita: «¡Mamá!».
Es la primera palabra que
expresa su sufrimiento, desde cuando está siendo torturado. Y es que en ese
grito se contiene la confesión de todo su tremendo dolor, de cada uno de sus
dolores, de espíritu, de su parte moral, de su carne. Es el grito desgarrado y
desgarrador de un niño que muere solo, entre verdugos, entre las peores
torturas... y que hasta de su propia respiración siente miedo. Es el lamento de
un niño delirante angustiado por visiones de pesadilla... Y llama a la madre, a
la madre, porque sólo el fresco beso de ella calma el ardor de la fiebre, y su
voz ahuyenta a los fantasmas, y su abrazo hace menos temible la muerte...
María se lleva la mano al
corazón como si hubiera sentido una puñalada. Se tambalea levemente. Pero se
recupera, acelera el paso y, mientras va hacia su Criatura lacerada tendiendo
hacia Él los brazos, grita: «¡Hijo!». Pero lo dice de una forma tal, que el que
no tiene corazón de hiena lo siente traspasado por ese dolor.
Veo que incluso entre los
romanos ‑ y son hombres de armas, no noveles en materia de muertes,
marcados por cicatrices... ‑ hay un impulso de piedad. Y es que la
palabra "¡Mamá!" y la palabra "¡Hijo!" conservan siempre su
valor y lo conservan para todos aquellos que ‑ lo repito ‑ no son
peores que las hienas, y son pronunciadas y comprendidas en todas partes, y en
todas partes provocan olas de piedad...
El Cireneo siente esta
piedad... Y dado que ve que María no puede, a causa de la cruz, abrazar a su
Hijo y que después de haber tendido los brazos los deja caer de nuevo
convencida de no poder hacerlo ‑ y se limita a mirarle, queriendo
expresar una sonrisa, una sonrisa que es martirial, para infundirle ánimo,
mientras sus temblorosos labios beben el llanto; y Él, torciendo la cabeza bajo
el yugo de la cruz, trata, a su vez, de sonreírle y de enviarle un beso con los
pobres labios heridos y abiertos por los golpes y la fiebre ‑, pues se
apresura a quitar la cruz (y lo hace con delicadeza de padre, para no chocar
con la corona o rozar las llagas).
Pero María no puede besar
a su Criatura... Hasta el más leve toque sería una tortura en esa carne
lacerada. María se abstiene de hacerlo, y, además... los sentimientos más
santos tienen un pudor profundo, requieren respeto o, al menos, compasión,
mientras que aquí lo que hay es curiosidad y, sobre todo, escarnio: se besan
sólo las dos almas angustiadas.
14La comitiva, que se pone de nuevo en marcha, movida por las ondas del
gentío furibundo que desde atrás empuja, los separa, y aparta a la Madre ‑
blanco de las burlas de todo un pueblo ‑ contra la pared del monte...
Ahora, detrás de Jesús, va
el Cireneo con la cruz. Jesús, libre de ese peso, prosigue mejor. Jadea
fuertemente, se lleva frecuentemente la mano al corazón, como sintiendo un gran
dolor, como si tuviera ahí una herida, en la región esternocardiaca; y ahora,
que puede hacerlo por no tener atadas las manos, se echa hacia atrás, hasta por
detrás de las orejas, el pelo que le caía por delante empapado de sangre y
sudor, para sentir aire en su cara cianótica, y se desata el cordón del cuello
por la dificultad de respiración... Pero puede andar mejor.
María se ha retirado con
las mujeres. Se pone al final de la comitiva una vez que ésta ha pasado, y
luego, por un atajo, se dirige hacia la cima del monte, desafiando las injurias
de la chusma inhumana.
Ahora que Jesús está libre, recorren con bastante
brevedad la última espira del monte. Ya están cercanos a la cima, toda llena de
gentío vociferante.
Longino se detiene y da la
orden de que todos, implacablemente, sean apartados más hacia abajo,
para que la cima, lugar de ejecución, esté libre. Y media centuria pone por
obra la orden: vienen al sitio y rechazan sin piedad a todos los que allí se
encuentran, haciendo uso para ello de dagas y astas. Bajo la granizada de
cimbronazos y palos, los judíos de la cima huyen. Intentan colocarse en la
explanada que está más abajo; pero los que ya están en ella no ceden, siendo
así que se encienden riñas furibundas entre la gente. Parecen todos locos.
15Como le dije el año pasado*, el Calvario, en
su cima, tiene
la forma de un
____________________
* Como le dije (al Padre
Migliorini) el año pasado, en la
visión descrita el 18 de febrero de 1944, que forma parte de una
"Pasión" más compendiada, come se explica en una nota de 587.13.
trapecio irregular
levemente más alto por el lado A, tras el cual el monte desciende a pico hasta
más de la mitad de su ladera. En este espacio están ya preparados tres agujeros
profundos, recubiertos por dentro de ladrillo o pizarra; en definitiva, hechos
con este fin concreto. Al lado de ellos hay piedras y tierra ya preparadas para
calzar las cruces. De otros agujeros, sin embargo, no han sacado las piedras.
Se ve que los van vaciando según el número que se requiere cada vez.
Más abajo de la cima
trapezoidal, por la parte en que el monte no desciende con fuerte desnivel, hay
una especie de plataforma que constituye un rellano de suave declive. De éste
salen dos anchos senderos que bordean la cima, quedando así ésta aislada por
todos los lados y elevada al menos dos metros.
Los soldados que han
apartado de la cima a la gente dominan con persuasivos golpes de astas las
riñas y abren paso para que la comitiva pueda marchar sin obstáculos en el
último trecho del camino. Y se quedan allí formando cordón mientras los tres
condenados encuadrados por los soldados de a caballo y protegidos por la otra
media centuria por detrás, llegan hasta el punto en que los detienen: al pie de
ese palco natural elevado que es la cima del Gólgota.
16Mientras se desarrollan estos hechos, advierto la presencia de las
Marías en el punto que señalo con una M. Un poco detrás de ellas, están Juana
de Cusa y otras cuatro de las damas de antes. Las otras se han marchado. Deben
haberse ido solas, porque Jonatán está ahí, detrás de su señora. Ya no está la
mujer a la que nosotros llamamos Verónica y Jesús ha llamado Nique, y, lo mismo
que ella, falta también su doméstica; y tampoco está la mujer que iba
completamente velada y fue obedecida por los soldados. Veo a Juana, a la
anciana de nombre Elisa, a Ana (es la dueña de aquella casa a donde Jesús va
durante la vendimia del primero año*) y a otras dos que no sé identificar
mejor.
Detrás de estas mujeres y
de las Marías, veo a José y a Simón de Alfeo, y a Alfeo de Sara junto con el
grupo de los pastores. Han peleado con los que querían cerrarles el paso y los
insultaban, y la fuerza de estos hombres, multiplicada por el amor y el dolor,
ha sido tan violenta que han vencido y han creado una semicírculo libre contra
el que los vilísimos judíos no se atreven sino a lanzar gritos de muerte y a
amenazar con los puños; no más, porque los cayados de los pastores son nudosos
y pesados y a estos jabatos ‑ no hablo impropiamente llamándolos así,
porque se requiere un gran valor para enfrentarse a toda una población hostil,
siendo pocos, conocidos como galileos o seguidores del Galileo ‑ no les
falta ni fuerza ni tino. ¡Es el único punto de todo el Calvario donde no se
blasfema contra el Cristo!
El monte hormiguea de gente
en los tres lados que no descienden con fuerte declive. Ya no se ve la tierra
amarillenta y desnuda, la cual, bajo el sol que aparece y se oculta, parece un
prado florecido lleno de corolas de todos los
colores, debido a
_________________________
* durante la vendimia del
primer año, en el capítulo 108. La observación puesta
entre paréntesis al pie de la página del cuaderno autógrafo parece haber sido
añadida posteriormente por MV.
que está cubierta por una
gran cantidad de gorros y mantos de esos sádicos. Pasado el torrente, por el
camino, más gente; dentro del recinto de las murallas, más gente; en las
terrazas, más gente. El resto de la ciudad, despoblado... vacío... silencioso:
todo está aquí, todo el amor y todo el odio; todo el Silencio que ama y
perdona, todo el Clamor que odia e impreca.
17Mientras los hombres encargados de la ejecución preparan sus
instrumentos y terminan de vaciar los agujeros, y mientras los condenados
esperan en el centro de su cuadrado, los judíos, refugiados en el ángulo
opuesto a las Marías, insultan a éstas, y también a la Madre: «¡Muerte a los
galileos! ¡Muerte! ¡Galileos! ¡Galileos! ¡Malditos! Muerte al blasfemo galileo.
¡Clavad en la cruz también al vientre que le llevó! ¡Fuera las víboras que dan
a luz a los demonios! ¡Muerte a ellas! ¡Limpiad Israel de las hembras que se
unen con el macho cabrío!...».
Longino, que ha desmontado
del caballo, se vuelve y ve a la Madre... Ordena que se haga cesar ese
barullo... La media centuria que estaba detrás de los condenados carga contra
la chusma y libera del todo el rellano inferior. Y los judíos se echan a correr
por el monte, pisándose unos a otros. Echan pie a tierra también los otros
soldados. Uno de ellos toma los once caballos además del del centurión y los
lleva a la sombra, a espaldas de la ladera B del monte.
El centurión se encamina
hacia la cima. Juana de Cusa se acerca a él, le para; le da el ánfora y una
bolsa, luego se retira llorando, y va al saliente del monte, donde están las
otras.
18Arriba está todo preparado. Se hace subir a los condenados. Jesús pasa
otra vez cerca de su Madre, la cual emite un gemido que Ella misma trata de
ahogar llevándose a la boca el manto.
Los judíos ven esto y se
ríen, y se burlan. Juan, el manso Juan, que tiene un brazo pasado por los
hombros de María para sostenerla, se vuelve con una mirada fiera, una mirada
incluso fosforescente; si no debiera tutelar a las mujeres, yo creo que cogería
a alguno de esos cobardes por el cuello.
En cuanto llegan los
condenados al palco malhadado, los soldados circundan la explanada por tres de
sus lados. Sólo queda vacío el lado que desciende a pico.
El centurión da al Cireneo
la orden de que se vaya. Y éste se marcha, a regañadientes ahora. No diría que
por sadismo, sino por amor. Tanto es así, que se para junto a los galileos y
comparte con ellos los insultos que la muchedumbre propina a este escuálido
grupo de fieles del Cristo.
Los dos ladrones,
blasfemando, arrojan al suelo sus cruces. Jesús calla.
La vía dolorosa ha
terminado.
609. La crucifixión, la muerte y el descendimiento.
27 de marzo de 1945.
1Cuatro hombres fornidos, que por su aspecto me parecen judíos, y
judíos más merecedores de la cruz que los condenados, ciertamente de la misma
calaña de los flageladores, y que estaban en un sendero, saltan al lugar del
suplicio. Van vestidos con túnicas cortas y sin mangas. Tienen en sus manos
clavos, martillos y cuerdas. Y muestran burlonamente estas cosas a los tres
condenados. La muchedumbre se excita envuelta en un delirio cruel.
El centurión ofrece a
Jesús el ánfora, para que beba la mixtura anestésica del vino mirrado. Pero
Jesús la rechaza. Los dos ladrones, por el contrario, beben mucha. Luego, junto
a una piedra grande, casi en el borde de la cima, ponen esta ánfora de amplia
boca de forma de tronco de cono invertido.
2Se da a los condenados la orden de desnudarse. Los dos ladrones lo
hacen sin pudor alguno. Es más, se divierten haciendo gestos obscenos hacia la
muchedumbre, y especialmente hacia el grupo sacerdotal, todo blanco con sus
túnicas de lino, grupo que, a la chita callando y haciendo uso de su condición,
ha vuelto al rellano. A los sacerdotes se han unido dos o tres fariseos y otros
prepotentes personajes a quienes el odio hace amigos entre sí. Y veo a personas
ya conocidas, como el fariseo Jocanán a Ismael, el escriba Sadoq, Elí de
Cafarnaúm...
Los verdugos ofrecen tres
trapajos a los condenados para que se los aten a la ingle. Los ladrones los
agarran mientras profieren blasfemias aún más horrendas. Jesús, que se está
desvistiendo lentamente por el agudo dolor de las heridas, lo rehúsa. Quizás
cree que conservará el calzón corto que pudo tener durante la flagelación.
Pero, cuando le dicen que también se lo quite, tiende la mano para mendigar el
trapajo de los verdugos para cubrir su desnudez: verdaderamente es el
Anonadado, hasta el punto de tener que pedir un trapajo a unos delincuentes.
Pero María se ha percatado
y se ha quitado el largo y sutil lienzo blanco que le cubre la cabeza por
debajo del manto obscuro; un velo en el que Ella ha derramado ya mucho llanto.
Se lo quita sin dejar caer el manto. Se lo pasa a Juan para que se lo dé a
Longino para su Hijo. El centurión toma el velo sin poner dificultades, y
cuando ve que Jesús está para desnudarse del todo, vuelto no hacia la
muchedumbre sino hacia la parte vacía de gente ‑ mostrando así su espalda
surcada de moraduras y ampollas, sangrante por heridas abiertas o a través de
obscuras costras ‑, le ofrece el velo materno de lino. Jesús lo reconoce
y se lo enrolla en varias veces en torno a la pelvis, asegurándoselo bien para
que no se caiga... Y en el lienzo ‑ hasta ese momento mojado sólo de
llanto ‑ caen las primeras gotas de sangre, porque muchas de las heridas,
mínimamente cubiertas de coágulo, al agacharse para quitarse las sandalias y
dejar en el suelo la ropa, se han abierto y la sangre de nuevo mana.
3Ahora Jesús se vuelve hacia la muchedumbre. Y se ve así que también el
pecho, los brazos, las piernas, están llenos de golpes de los azotes. A la
altura del hígado hay un enorme cardenal. Bajo el arco costal izquierdo hay
siete nítidas estrías en relieve, terminadas en siete pequeñas laceraciones
sangrantes rodeadas de un círculo violáceo... un golpe fiero de flagelo en esa
zona tan sensible del diafragma. Las rodillas, magulladas por las repetidas
caídas que ya empezaron inmediatamente después de la captura y que terminaron
en el Calvario, están negras por los hematomas, y abiertas por la rótula,
especialmente la derecha, con una vasta laceración sangrante.
La muchedumbre le
escarnece* como en coro: «¡Qué hermoso! ¡El más hermoso de los hijos de los
hombres! Las hijas de Jerusalén lo adoran...». Y empiezan a cantar, con tono de
salmo: «Cándido y rubicundo es mi dilecto, se distingue entre millares. Su
cabeza es oro puro; sus cabellos, racimos de palmera, sedeños como pluma de
cuervo. Sus ojos son como dos palomas chapoteando en arroyos de leche, que no
de agua, en la leche de sus órbitas. Sus mejillas son aromáticos cuadros de
jardín; sus labios, purpúreos lirios que rezuman preciosa mirra. Sus manos
torneadas como trabajo de orfebre, terminadas en róseos jacintos. Su tronco es
marfil veteado de zafiros. Sus piernas, perfectas columnas de cándido mármol
con bases de oro. Su majestuosidad es como la del Líbano; su solemnidad, mayor
que la del alto cedro. Su lengua está empapada de dulzura. Toda una delicia es
él»; y se ríen, y también gritan: «¡El leproso! ¡El leproso! ¿Será que has
fornicado con un ídolo, si Dios lo ha castigado de este modo? ¿Has murmurado
contra los santos de Israel, como María de Moisés, pues que has recibido este
castigo? ¡Oh! ¡Oh! ¡El Perfecto! ¿Eres el Hijo de Dios? ¡Qué va! ¡Lo que eres
es el aborto de Satanás! Al menos él, Mammona, es poderoso y fuerte. Tú... eres
un andrajo impotente y asqueroso».
4Atan a las cruces a los ladrones y se los coloca en sus sitios, uno a
la derecha, uno a la izquierda, así: 1 + 1 respecto al sitio destinado para
Jesús. Gritan, imprecan, maldicen; y, especialmente cuando meten las cruces en
el agujero y los descoyuntan y las cuerdas magullan sus muñecas, sus
maldiciones contra Dios, contra la Ley, contra los romanos, contra los judíos,
son infernales.
Es ahora el turno de
Jesús. Él se extiende mansamente sobre el madero. Los dos ladrones se revelaban
tanto, que, no siendo suficientes los cuatro verdugos, habían tenido que
intervenir soldados para sujetarlos, para que no apartaran con patadas a los
verdugos que los ataban por las muñecas. Pero para Jesús no hay necesidad de
ayuda. Se extiende y pone la cabeza donde le dicen que la ponga. Abre los
brazos como le dicen que los abra. Estira las piernas como le ordenan que lo
haga. Sólo se ha preocupado de colocarse bien su velo. Ahora su largo cuerpo,
esbelto y blanco, resalta sobre el madero obscuro y el suelo amarillo.
5Dos verdugos se sientan encima de su pecho para sujetarle. Y pienso en
qué opresión y dolor debió sentir bajo ese peso. Un tercer verdugo le toma el
brazo derecho y lo sujeta: con una mano en la primera parte del antebrazo; con
la otra, en el extremo de los dedos. El cuarto, que tiene ya en su mano el
largo clavo de
punta
______________________
* le escarnece, con citas de: Salmo 45, 3; Cantar de los cantares 5, 10‑16; y alusiones a: Números 12; Deuteronomio
24, 9.
afilada y cuerpo
cuadrangular que termina en una superficie redonda y plana del diámetro de diez
céntimos de los tiempos pasados, mira si el agujero ya practicado en la madera
coincide con la juntura del radio y el cúbito en la muñeca. Coincide. El
verdugo pone la punta del clavo en la muñeca, alza el martillo y da el primer
golpe.
Jesús, que tenía los ojos
cerrados, al sentir el agudo dolor grita y se contrae, y abre al máximo los
ojos, que nadan entre lágrimas. Debe sentir un dolor atroz... el clavo penetra
rompiendo músculos, venas, nervios, penetra quebrantando huesos...
María responde, con un
gemido que casi lo es de cordero degollado, al grito de su Criatura torturada;
y se pliega, como quebrantada Ella, sujetándose la cabeza entre las manos.
Jesús, para no torturarla, ya no grita. Pero siguen los golpes, metódicos,
ásperos, de hierro contra hierro... y uno piensa que, debajo, es un miembro
vivo el que los recibe.
La mano derecha ya está
clavada. Se pasa a la izquierda. El agujero no coincide con el carpo. Entonces
agarran una cuerda, atan la muñeca izquierda y tiran hasta dislocar la juntura,
hasta arrancar tendones y músculos, además de lacerar la piel ya serrada por
las cuerdas de la captura. También la otra mano debe sufrir porque está
estirada por reflejo y en torno a su clavo se va agrandando el agujero. Ahora a
duras penas se llega al principio del metacarpo, junto a la muñeca. Se resignan
y clavan donde pueden, o sea, entre el pulgar y los otros dedos, justo en el
centro del metacarpo. Aquí el clavo entra más fácilmente, pero con mayor espasmo
porque debe cortar nervios importantes (tanto que los dedos se quedan inertes,
mientras los de la derecha experimentan contracciones y temblores que ponen de
manifiesto su vitalidad). Pero Jesús ya no grita, sólo emite un ronco quejido
tras sus labios fuertemente cerrados, y lágrimas de dolor caen al suelo después
de haber caído en la madera.
6Ahora les toca a los pies. A unos dos metros ‑ un poco más ‑
del extremo de la cruz hay un pequeño saliente cuneiforme, escasamente
suficiente para un pie. Acercan a él los pies para ver si va bien la medida. Y,
dado que está un poco bajo y los pies llegan mal, estirajan por los tobillos al
pobre Mártir. Así, la madera áspera de la cruz raspa las heridas y menea la
corona, de forma que ésta se descoloca, arrancando otra vez cabellos, y puede
caerse; un verdugo, con mano violenta, vuelve a incrustársela en la cabeza...
Ahora los que estaban
sentados en el pecho de Jesús se alzan para ponerse sobre las rodillas, dado
que Jesús hace un movimiento involuntario de retirar las piernas al ver brillar
al sol el larguísimo clavo, el doble de largo y de ancho de los que han sido
usados para las manos. Y cargan su peso sobre las rodillas excoriadas, y hacen
presión sobre las pobres tibias contusas, mientras los otros dos llevan a cabo
la operación, mucho más difícil, de enclavar un pie sobre el otro, tratando de
hacer coincidir las dos junturas de los tarsos.
A pesar de que miren bien
y tengan bien sujetos los pies, por los tobillos y los dedos, contra el apoyo
cuneiforme, el pie de
abajo se corre
por la vibración
del
clavo, y tienen que
desclavarle casi*, porque después de haber entrado en las partes blandas, el
clavo, que ya había perforado el pie derecho y sobresalía, tiene que ser
centrado un poco más. Y golpean, golpean, golpean... Sólo se oye el atroz ruido
del martillo contra la cabeza del clavo, porque todo el Calvario es sólo ojos
atentísimos y oídos aguzados, para percibir la acción y el ruido, y gozarse en
ello...
Acompaña al sonido áspero
del hierro un lamento quedo de paloma: el ronco gemido de María, quien cada vez
se pliega más, a cada golpe, como si el martillo la hiriera a Ella, la Madre
Mártir. Y es comprensible que parezca próxima a sucumbir por esa tortura: la
crucifixión es terrible: como la flagelación en cuanto al dolor, pero más atroz
de presenciar, porque se ve desaparecer el clavo dentro de las carnes vivas;
sin embargo, es más breve que la flagelación, que agota por su duración.
Para mí, la agonía del
Huerto, la flagelación y la crucifixión son los momentos más atroces. Me
revelan toda la tortura de Cristo. La muerte me resulta consoladora, porque
digo: «¡Se acabó!». Pero éstas no son el final, son el comienzo de nuevos sufrimientos.
7Ahora arrastran la cruz hasta el agujero. La cruz rebota sobre el
suelo desnivelado y zarandea al pobre Crucificado. Izan la cruz, que dos veces
se va de las manos de los que la levantan (una vez, de plano; la otra,
golpeando el brazo derecho de la cruz) y ello procura un acerbo tormento a
Jesús, porque la sacudida que recibe remueve las extremidades heridas.
Y cuando, luego, dejan
caer la cruz en su agujero ‑ oscilando además ésta en todas las
direcciones antes de quedar asegurada con piedras y tierra, e imprimiendo
continuos cambios de posición al pobre Cuerpo, suspendido de tres clavos ‑,
el sufrimiento debe ser atroz. Todo el peso del cuerpo se echa hacia delante y
cae hacia abajo, y los agujeros se ensanchan, especialmente el de la mano
izquierda; y se ensancha el agujero practicado en los pies. La sangre brota con
más fuerza. La de los pies gotea por los dedos y cae al suelo, o desciende por
el madero de la cruz; la de las manos recorre los antebrazos, porque las
muñecas están más altas que las axilas, debido a la postura; y surca también
las costillas bajando desde las axilas hacia la cintura. La corona, cuando la
cruz se cimbrea antes de ser fijada, se mueve, porque la cabeza se echa
bruscamente hacia atrás, de manera que hinca en la nuca el grueso nudo de
espinas en que termina la punzante corona, y luego vuelve a acoplarse en la
frente y araña, araña sin piedad.
Por fin, la cruz ha
quedado asegurada y no hay otros tormentos aparte del de estar colgado.
Levantan también a los ladrones, los cuales, puestos ya verticalmente, gritan
como si los estuvieran desollando vivos, por la tortura de las cuerdas, que van
serrando las muñecas y hacen que las manos se pongan negras, con las venas
hinchadas como cuerdas.
Jesús calla. La
muchedumbre ya no calla; antes bien, reanuda su vocerío infernal.
______________________
* desclavarle casi. MV, en una copia mecanografiada, lo corrige así: desclavar invirtiendo la posición, o sea,
poniendo debajo el pie derecho y encima el izquierdo.
Ahora la cima del Gólgota
tiene su trofeo y su guardia de honor. En el extremo más alto (lado A), la cruz
de Jesús; en los lados B y C, las otras dos. Media centuria de soldados con las
armas al pie rodeando la cima. Dentro de este círculo de soldados, los diez
desmontados del caballo jugándose a los dados los vestidos de los condenados.
En pie, erguido, entre las cruz de Jesús y la de la derecha, Longino, que
parece montar guardia de honor al Rey Mártir. La otra media centuria,
descansando, está a las órdenes del ayudante de Longino, en el sendero de la
izquierda y en el rellano más bajo, a la espera de ser utilizados si hubiera
necesidad de hacerlo. Los soldados muestran una casi total indiferencia; sólo
alguno, de vez en cuando, alza la cabeza hacia los crucificados.
8Longino, sin embargo, observa todo con curiosidad e interés; compara y
mentalmente juzga: compara a los crucificados ‑ especialmente a Cristo ‑
con los espectadores. Su mirada penetrante no se pierde ni un detalle, y para
ver mejor se hace visera con la mano porque el Sol debe molestarle.
Es, efectivamente, un Sol
extraño; de un amarillo‑rojo de llama. Y luego esta llama parece apagarse
de golpe por un nubarrón de pez que aparece tras las cadenas montañosas judías
y que corre veloz por el cielo para desaparecer detrás de otros montes. Y
cuando el Sol vuelve a aparecer es tan intenso, que a duras penas lo soportan
los ojos.
Mirando, ve a María, justo
al pie del escalón del terreno, alzado hacia su Hijo el rostro atormentado.
Llama a uno de los soldados que están jugando a los dados y le dice: «Si la
Madre quiere subir con el hijo que la acompaña, que venga. Escóltala y
ayúdala».
Y María con Juan ‑
tomado por hijo ‑ sube por los escalones incididos en la roca tobosa -
creo ‑ y traspasa el cordón de los soldados para ir al pie de la cruz,
aunque un poco separada, para ser vista por su Jesús y verlo a su vez.
La turba, en seguida, le
propina los más oprobiosos insultos, uniéndola a su Hijo en las blasfemias.
Pero Ella, con los labios temblorosos y blanquecidos, sólo busca consolarle con
una sonrisa acongojada en que se enjugan las lágrimas que ninguna fuerza de
voluntad logra retener en los ojos.
9La gente, empezando por los sacerdotes, escribas, fariseos, saduceos,
herodianos y otros como ellos, se procura la diversión de hacer como un
carrusel: subiendo por el camino empinado, orillando el escalón final y bajando
por el otro sendero, o viceversa; y, al pasar al pie de la cima, por el rellano
inferior, no dejan de ofrecer sus palabras blasfemas como don para el
Moribundo. Toda la infamia, la crueldad, el odio, la vesania de que, con la
lengua, son capaces los hombres quedan ampliamente testificadas por estas bocas
infernales. Los que más se ensañan son los miembros del Templo, con la ayuda de
los fariseos.
«¿Y entonces? Tú, Salvador
del género humano, ¿por qué no te salvas? ¿Te ha abandonado tu rey Belcebú? ¿Ha
renegado de ti?» gritan tres sacerdotes.
Y una manada de judíos:
«Tú, que hace no más de cinco días, con la ayuda del Demonio, hacías decir al
Padre... ¡ja! ¡ja! ¡ja!... que te iba a glorificar, ¿cómo es que no le
recuerdas que mantenga su promesa?».
Y tres fariseos:
«¡Blasfemo! ¡Ha salvado a los otros, decía, con la ayuda de Dios! ¡Y no logra
salvarse a sí mismo! ¿Quieres que la gente te crea? ¡Pues haz el milagro! ¿Ya
no puedes, eh? Ahora tienes las manos clavadas y estás desnudo».
Y saduceos y herodianos a
los soldados: «¡Cuidado con el hechizo, vosotros que os habéis quedado sus
vestidos! ¡Lleva dentro el signo infernal!».
Una muchedumbre, en coro:
«Baja de la cruz y creeremos en ti. Tú, que destruyes el Templo... ¡Loco!...
Mira, allí está el glorioso y santo Templo de Israel. ¡Es intocable,
profanador! Y Tú estás muriendo».
Otros sacerdotes:
«¡Blasfemo! ¿Hijo de Dios, Tú? ¡Pues baja de ahí entonces! Fulmínanos, si eres
Dios. Te escupimos, porque no te tenemos miedo».
Otros que pasan y menean
la cabeza: «Sólo sabe llorar. ¡Sálvate, si es verdad que eres el Elegido!».
Los soldados: «¡Eso,
sálvate! ¡Y reduce a cenizas a la cochambre de la cochambre! Que sois la
cochambre del imperio, judíos canallas. ¡Hazlo! ¡Roma te introducirá en el Capitolio
y te adorará como a un numen!».
Los sacerdotes con sus
cómplices: «Eran más dulces los brazos de las mujeres que los de la cruz,
¿verdad? Pero, mira: están ya preparadas para recibirte estas ‑ aquí
dicen un término infame ‑ tuyas. Tienes a todo Jerusalén para hacerte de
prónuba». Y silban como carreteros.
Otros, lanzando piedras:
«Convierte éstas en pan, Tú, multiplicador de panes».
Otros, mimando los
hosannas del domingo de ramos, lanzan ramas y gritan: «¡Maldito el que viene en
nombre del Demonio! ¡Maldito su reino! ¡Gloria a Sión, que le segrega de entre
los vivos!».
Un fariseo se coloca
frente a la cruz y muestra el puño con el índice y el menique alzados y dice:
«¿"Te entrego al Dios del Sinaí", dijiste*? Ahora el Dios del Sinaí
te prepara para el fuego eterno. ¿Por qué no llamas a Jonás para que te
devuelva aquel buen servicio?».
Otro: «No estropees la
cruz con los golpes de tu cabeza. Tiene que servir para tus seguidores. Toda
una legión de seguidores tuyos morirá en tu madero, te lo juro por Yeohveh. Y
al primero que voy a crucificar va a ser a Lázaro. Veremos si esta vez le
resucitas».
«¡Sí! ¡Sí! Vamos a casa de
Lázaro. Clavémosle por el otro lado de la cruz» y, como papagallos, remedan el
modo lento de hablar de Jesús diciendo: «¡Lázaro, amigo mío, sal afuera!
Desatadle y dejadle andar».
«¡No! Decía a Marta y a
María, sus hembras: "Yo soy la Resurrección y la Vida". ¡Ja! ¡Ja!
¡Ja! ¡La Resurrección no sabe repeler la muerte, y la Vida muere!».
_______________________
* dijiste, en 109.12, repetido en 126.10.
10«Ahí están María y Marta. Vamos a preguntarles dónde está Lázaro y
vamos a buscarle». Y se acercan, hacia las mujeres. Preguntan arrogantemente:
«¿Dónde está Lázaro? ¿En el palacio?».
Y María Magdalena,
mientras las otras mujeres, aterrorizadas, se refugian detrás de los pastores,
se adelanta, hallando en su dolor la antigua altivez de los tiempos de pecado,
y dice: «Id. Encontraréis ya en el palacio a los soldados de Roma y a
quinientos hombres de mis tierras armados, y os castrarán como a viejos cabros
destinados para comida de los esclavos de los molinos».
«¡Descarada! ¿Así hablas a
los sacerdotes?».
«¡Sacrílegos! ¡Infames!
¡Malditos! ¡Volveos! Detrás de vosotros tenéis, yo las veo, las lenguas de las
llamas infernales».
Tan segura es la afirmación
de María, que esos cobardes se vuelven, verdaderamente aterrorizados; y, si no
tienen las llamas detrás, sí tienen en los lomos las bien afiladas lanzas
romanas. Porque Longino ha dado una orden y la media centuria que estaba
descansando ha entrado en acción y pincha en las nalgas a los primeros que
encuentra. Éstos huyen gritando y la media centuria se queda cerrando los
accesos de los dos senderos y haciendo de baluarte a la explanada. Los judíos
imprecan, pero Roma es la más fuerte.
La Magdalena se cubre de
nuevo con su velo ‑ se lo había levantado para hablar a los insultadores ‑
y vuelve a su sitio. Las otras vuelven donde ella.
11Pero el ladrón de la izquierda sigue diciendo insultos desde su cruz.
Parece como si en él se condensaran todas las blasfemias de los otros, y las va
soltando todas, para terminar: «Sálvate y sálvanos, si quieres que se te crea.
¿El Cristo Tú? ¡Un loco es lo que eres! El mundo es de los astutos y Dios no
existe. Yo existo, esto es verdad, y para mí todo es lícito. ¿Dios?... ¡Una
patraña! ¡Creada para tenernos quietecitos! ¡Viva nuestro yo! ¡Sólo él es rey y
dios!».
El otro ladrón, que está a
la derecha y tiene casi a sus pies a María y que mira a Ella casi más que a
Cristo, y que desde hace algunos momentos llora susurrando: «La madre», dice:
«¡Calla! ¿No temes a Dios ni siquiera ahora que sufres esta pena? ¿Por qué
insultas a uno bueno? Está sufriendo un suplicio aún mayor que el nuestro. Y no
ha hecho nada malo».
Pero el ladrón continúa
sus imprecaciones.
12Jesús calla. Jadeante por el esfuerzo de la postura, por la fiebre,
por el estado cardiaco y respiratorio, consecuencia de la flagelación sufrida
en forma tan violenta, y también consecuencia de la angustia profunda que le
había hecho sudar sangre, busca un alivio aligerando el peso que carga sobre
los pies suspendiéndose de las manos y haciendo fuerza con los brazos. Quizás
lo hace también para vencer un poco el calambre que ya atormenta los pies y que
es manifiesto por el temblor muscular. Pero las fibras de los brazos ‑
forzados en esa postura y seguramente helados en sus extremos, porque están
situados más arriba y exangües (la sangre a duras penas llega a las muñecas,
para rezumar por los agujeros de los clavos, dejando así sin circulación a los
dedos) ‑ tienen el mismo temblor. Especialmente los dedos de la izquierda
están ya cadavéricos y sin movimiento, doblados hacia la palma. También los
dedos de los pies expresan su tormento; sobre todo, los pulgares, quizás porque
su nervio está menos lesionado: se alzan, bajan, se separan.
Y el tronco revela todo su
sufrimiento con su movimiento, que es veloz pero no profundo, y fatiga sin dar
descanso. Las costillas, de por sí muy amplias y altas, porque la estructura de
este Cuerpo es perfecta, están ahora desmedidamente dilatadas por la postura
que ha tomado el cuerpo y por el edema pulmonar que ciertamente se ha formado
dentro. Y, no obstante, no son capaces de aligerar el esfuerzo respiratorio;
tanto es así, que todo el abdomen ayuda con su movimiento al diafragma, que se
va paralizando cada vez más.
Y la congestión y la
asfixia aumentan a cada minuto que pasa, como así lo indican el colorido
cianótico que orla los labios, de un rojo encendido por la fiebre, y las
estrías de un rojo violáceo que pincelan el cuello a lo largo de las yugulares
túrgidas, y se ensanchan hasta las mejillas, hacia las orejas y las sienes,
mientras que la nariz aparece afilada y exangüe y los ojos se hunden en un
círculo que, donde no hay sangre goteada de la corona, aparece lívido.
Debajo del arco costal
izquierdo se ve la onda ‑ irregular pero violenta propagada desde la
punta cardiaca, y de vez en cuando, por una convulsión interna, se produce un
estremecimiento profundo del diafragma, que se manifiesta en una distensión
total de la piel en la medida en que puede estirarse en ese pobre Cuerpo herido
y moribundo.
La Faz tiene ya el aspecto
que vemos en las fotografías de la Síndone, con la nariz desviada e hinchada
por una parte; y también el hecho de tener el ojo derecho casi cerrado, por la
hinchazón que hay en ese lado, aumenta el parecido. La boca, por el contrario,
está abierta, y reducida ya a una costra su herida del labio superior.
La sed, producida por la
pérdida de sangre, por la fiebre y el sol, debe ser intensa; tanto es así que
Él, con una reacción espontánea, bebe las gotas de su sudor y de su llanto, y
también las de sangre que bajan desde la frente hasta el bigote, y se moja con
estas gotas la lengua...
La corona de espinas le
impide apoyarse al mástil de la cruz para ayudarse a estar suspendido de los
brazos y aligerar así los pies. La zona lumbar y toda la espina dorsal se
arquean hacia afuera, quedando Jesús separado del mástil de la cruz del íleon
hacia arriba, por la fuerza de inercia que hace pender hacia adelante un cuerpo
suspendido, como estaba el suyo.
13Los judíos,
rechazados hasta fuera de la explanada, no dejan de insultar, y el ladrón
impenitente hace eco.
El otro, que mira con
piedad cada vez mayor a la Madre, y que llora, le reprende ásperamente cuando
oye que en el insulto está incluida también Ella. «Cállate. Recuerda que
naciste de una mujer. Y piensa que las nuestras han llorado por causa de los
hijos. Y han sido lágrimas de vergüenza... porque somos unos malhechores.
Nuestras madres han muerto... Yo quisiera poder pedirle perdón... Pero ¿podré
hacerlo? Era una santa... La maté con el dolor que le daba... Yo soy un
pecador... ¿Quién me perdona? Madre, en nombre de tu Hijo moribundo, ruega por
mí».
La Madre levanta un
momento su cara acongojada y le mira, mira a este desventurado que, a través
del recuerdo de su madre y de la contemplación de la Madre, va hacia el
arrepentimiento; y parece acariciarle con su mirada de paloma.
Dimas llora más fuerte. Y
esto desata aún más las burlas de la muchedumbre y del compañero. La gente
grita: «¡Sí señor! Tómate a ésta como madre. ¡Así tiene dos hijos
delincuentes!». Y el otro incrementa: «Te ama porque eres una copia menor de su
amado».
14Jesús dice ahora sus primeras palabras: «¡Padre, perdónalos porque no
saben lo que hacen!» .
Esta súplica le hace
superar todo temor a Dimas. Se atreve a mirar a Cristo, y dice: «Señor,
acuérdate de mí cuando estés en tu Reino. Yo, es justo que aquí sufra. Pero
dame misericordia y paz más allá de esta vida. Una vez te oí hablar, y, como un
demente, rechacé tu palabra. Ahora, de esto me arrepiento. Y me arrepiento ante
ti, Hijo del Altísimo, de mis pecados. Creo que vienes de Dios. Creo en tu
poder. Creo en tu misericordia. Cristo, perdóname en nombre de tu Madre y de tu
Padre santísimo».
Jesús se vuelve y le mira
con profunda piedad, y todavía expresa una sonrisa bellísima en esa pobre boca
torturada. Dice: «Yo te lo digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso».
El ladrón arrepentido se
calma, y, no sabiendo ya las oraciones aprendidas de niño, repite como una
jaculatoria: «Jesús Nazareno, rey de los judíos, piedad de mí; Jesús Nazareno,
rey de los judíos, espero en ti; Jesús Nazareno, rey de los judios, creo en tu
Divinidad».
El otro continúa con sus
blasfemias.
15El cielo se pone cada vez más tenebroso. Ahora difícil es que las
nubes se abran para dejar pasar el sol; antes al contrario, se superponen en
una serie cada vez mayor de estratos plúmbeos, blancos, verduscos; se
entrelazan o se desenredan, según los juegos de un viento frío que a intervalos
recorre el cielo y luego baja a la tierra y luego calla de nuevo (y es casi más
siniestro el aire cuando calla, bochornoso y muerto, que cuando silba, cortante
y veloz).
La luz, antes de una
desmesurada intensidad, se va haciendo verdosa. Y las caras adquieren
caprichosos aspectos. Los soldados, con sus yelmos, vestidos con sus corazas
antes brillantes y ahora como opacas bajo esta luz verdosa y este cielo de
ceniza, muestran duros perfiles, como cincelados. Los judíos, en su mayor parte
de pelo, barba y tez morenos, asemejan ahora ‑ tan térreos se ponen sus
rostros ‑ a ahogados. Las mujeres parecen estatuas de nieve azulada por
la exangüe palidez que la luz acentúa.
Jesús parece lividecer de
una manera siniestra, como por un comienzo de descomposición, como si ya
estuviera muerto. La cabeza empieza a reclinarse sobre el pecho. Las fuerzas
rápidamente faltan. Tiembla, aunque le abrase la fiebre. Y, en medio de su
débil estado, susurra el nombre que antes ha dicho solamente en el fondo de su
corazón: «¡Mamá!», « ¡Mamá!». Lo susurra quedamente, como en un suspiro, como
si ya estuviera en un leve delirio que le impidiera retener lo que la voluntad
quisiera contener. Y María, cada vez que le oye, irrefrenablemente, tiende los
brazos como para socorrerle.
La gente cruel se ríe de
estos dolores del moribundo y la acongojada. De nuevo suben los sacerdotes y
escribas, hasta ponerse detrás de los pastores, los cuales, de todas formas,
están en el rellano de abajo. Y dado que los soldados hacen ademán de
rechazarlos, reaccionan diciendo: «¿Están aquí estos galileos? Pues estamos
también nosotros, que tenemos que constatar que se cumpla la justicia
totalmente. Y, desde lejos, con esta luz extraña, no podemos ver».
En efecto, muchos empiezan
a impresionarse de la luz que está envolviendo al mundo, y alguno tiene miedo.
También los soldados señalan al cielo y a una especie de cono, tan obscuro, que
parece hecho de pizarra, y que se eleva como un pino por detrás de la cima de
un monte. Parece una tromba marina. Se alza, se alza, parece generar nubes cada
vez más negras: de alguna forma, asemeja a un volcán lanzando humo y lava.
Es en esta luz crepuscular
y amedrentadora en la que Jesús da Juan a María y María a Juan. Inclina la
cabeza, dado que María se ha puesto más debajo de la cruz para verle mejor, y
dice: «Mujer: ahí tienes a tu hijo. Hijo: ahí tienes a tu Madre».
El rostro de María aparece
más desencajado aún, después de esta palabra que es el testamento de su Jesús,
el cual, no tiene nada que dar a su Madre, sino un hombre; Él, que por amor al
Hombre la priva del Hombre‑Dios, nacido de Ella. Pero trata, la pobre
Madre, de no llorar sino mudamente, porque no puede, no puede no llorar... Las
gotas del llanto brotan, a pesar de todos los esfuerzos hechos por retenerlas,
aun expresando con la boca su acongojada sonrisa fijada en los labios por Él,
para consolarle a Él...
Los sufrimientos son cada
vez mayores y la luz es cada vez menor.
16Es en
esta luz de fondo marino en la que aparecen, detrás de los judíos, Nicodemo y
José, y dicen: «¡Apartaos!».
«No se puede. ¿Qué
queréis?» dicen los soldados.
«Pasar. Somos amigos del
Cristo».
Se vuelven los jefes de
los sacerdotes. «¿Quién osa profesarse amigo del rebelde?» dicen indignados.
Y José, resueltamente:
«Yo, noble miembro del Gran Consejo: José de Arimatea, el Anciano; y conmigo
está Nicodemo, jefe de los judíos».
«Quien se pone de la parte
del rebelde es rebelde».
«Y quien se pone de la
parte de los asesinos es un asesino, Eleazar de Anás. He vivido como hombre
justo. Ahora soy viejo. Mi muerte no está lejana. No quiero hacerme injusto
cuando ya el Cielo baja a mí y con él el Juez eterno».
«¡Y tú, Nicodemo! ¡Me
maravillo!».
«Yo
también. Pero sólo de una cosa: de que Israel esté tan corrompido, que no sepa
ya reconocer a Dios».
«Me causas horror».
« Apártate, entonces, y déjame pasar. Pido sólo
eso».
«¿Para contaminarte más
todavía?».
«Si no me he contaminado
estando a vuestro lado, ya nada me contamina. Soldado, ten la bolsa y la
contraseña». Y pasa al decurión más cercano una bolsa y una tablilla encerada.
El decurión observa estas
cosas y dice a los soldados: «Dejad pasar a los dos».
Y José y Nicodemo se
acercan a los pastores. No sé ni siquiera si los ve Jesús, en esa bruma cada
vez más densa, y velada su mirada con la agonía. Pero ellos sí le ven, y lloran
sin respeto humano, a pesar de que ahora arremetan contra ellos los improperios
sacerdotales.
17Los sufrimientos son cada vez más fuertes. En el cuerpo se dan las
primeras encorvaduras propias de la tetania, y cada manifestación del clamor de
la muchedumbre los exaspera. La muerte de las fibras y de los nervios se
extiende desde las extremidades torturadas hasta el tronco, haciendo cada vez
más dificultoso el movimiento respiratorio, débil la contracción diafragmática
y desordenado el movimiento cardiaco. El rostro de Cristo pasa alternativamente
de accesos de una rojez intensísima a palideces verdosas propias de un
agonizante por desangramiento. La boca se mueve con mayor fatiga, porque los
nervios, en exceso cansados, del cuello y de la misma cabeza, que han servido
de palanca decenas de veces a todo el cuerpo haciendo fuerza contra el madero
transversal de la cruz, propagan el calambre incluso a las mandíbulas. La
garganta, hinchada por las carótidas obstruidas, debe doler y extender su edema
a la lengua, que aparece engrosada y lenta en sus movimientos. La espalda,
incluso en los momentos en que las contracciones tetánicas no la curvan
formando en ella un arco completo desde la nuca hasta las caderas, apoyadas
como puntos extremos en el mástil de la cruz, se va arqueando hacia delante
porque los miembros van experimentando cada vez más el peso de las carnes
muertas.
La gente ve poco y mal
estas cosas, porque la luz ya tiene la tonalidad de la ceniza obscura, y sólo
quien esté a los pies de la cruz puede ver bien.
18Jesús ahora se relaja totalmente, pendiendo hacia delante y hacia
abajo, como ya muerto; deja de jadear, la cabeza le cuelga inerte hacia
delante; el cuerpo, de las caderas hacia arriba, está completamente separado,
formando ángulo con la cruz.
María emite un grito:
«¡Está muerto!». Es un grito trágico que se propaga en el aire negro. Y Jesús
se ve realmente como muerto.
Otro grito femenino le
responde, y en el grupo de las mujeres observo agitación. Luego un grupo de unas
diez personas se marcha, sujetando algo. Pero no puedo ver quiénes se alejan
así: es demasiado escasa la luz brumosa; da la impresión de estar envueltos por
una nube de ceniza volcánica densísima.
«No es posible» gritan
unos sacerdotes y algunos judíos. «Es una simulación para que nos vayamos.
Soldado: pínchale con la lanza. Es una buena medicina para devolverle la voz».
Y, dado que los soldados no lo hacen, una descarga de piedras y terrones vuela
hacia la cruz, y chocan contra el Mártir para caer después en las corazas
romanas.
La medicina, como
irónicamente han dicho los judíos, obra el prodigio. Sin duda, alguna piedra ha
dado en el blanco, quizás en la herida de una mano, o en la misma cabeza,
porque apuntaban hacia arriba. Jesús emite un quejido penoso y vuelve en sí. El
tórax vuelve a respirar con fatiga y la cabeza a moverse de derecha a izquierda
buscando un lugar donde apoyarse para sufrir menos, aunque en realidad
encuentra sólo mayor dolor..
19Con gran dificultad, apoyando una vez más en los pies torturados,
encontrando fuerza en su voluntad, únicamente
en ella, Jesús se pone rígido en la cruz. Se pone de nuevo derecho, como si
fuera una persona sana con su fuerza completa. Alza la cara y mira con ojos
bien abiertos al mundo que se extiende bajo sus pies, a la ciudad lejana, que
apenas es visible como un blancor incierto en la bruma, y al cielo negro del
que toda traza de azul y luz han desaparecido. Y a este cielo cerrado,
compacto, bajo, semejante a una enorme lámina de pizarra obscura, Él le grita
con fuerte voz, venciendo con la fuerza de la voluntad, con la necesidad del
alma, el obstáculo de las mandíbulas rígidas, de la lengua engrosada, de la
garganta edematosa: «¡Eloi, Eloi, lamina sebacteni!» (esto es lo que oigo).
Debe sentirse morir, y en un absoluto abandono del Cielo, para confesar con una
voz así el abandono paterno.
La gente se burla de Él y
se ríe. Le insultan: «¡No sabe Dios qué hacer de ti! ¡A los demonios Dios los
maldice!».
Otros gritan: «Vamos a ver
si Elías, al que está llamando, viene a salvarle».
Y otros: «Dadle un poco de
vinagre. Que haga unas pocas gárgaras. ¡Viene bien para la voz! Elías o Dios ‑
porque está poco claro lo que este demente quiere ‑ están lejos...
¡Necesita voz para que le oigan!», y se ríen como hienas o como demonios.
Pero ningún soldado da el
vinagre y ninguno viene del Cielo para confortar. Es la agonía solitaria,
total, cruel, incluso sobrenaturalmente cruel, de la Gran Víctima.
Vuelven las avalanchas de
dolor desolado que ya le habían abrumado en Getsemaní. Vuelven las olas de los
pecados de todo el mundo a arremeter contra el náufrago inocente, a sumergirle
bajo su amargura. Vuelve, sobre todo, la sensación, más crucificante que la
propia cruz, más desesperante que cualquier tortura, de que Dios ha abandonado
y que la oración no sube a Él...
Y es el tormento final, el
que acelera la muerte, porque exprime las últimas gotas de sangre a través de
los poros, porque machaca las fibras aún vivas del corazón, porque finaliza
aquello que la primera cognición de este abandono había iniciado: la muerte.
Porque, ante todo, de esto murió mi Jesús, ¡oh Dios que sobre Él descargaste tu
mano por nosotros! Después de tu abandono, por tu abandono, ¿en qué se
transforma una criatura? En un demente o en un muerto. Jesús no podía volverse
loco porque su inteligencia era divina y, espiritual como es la inteligencia,
triunfaba sobre el trauma total de aquel sobre el que cae la mano de Dios.
Quedó, pues, muerto: era el Muerto, el santísimo Muerto, el inocentísimo
Muerto. Muerto Él, que era la Vida. Muerto por efecto de tu abandono y de
nuestros pecados.
20La obscuridad se hace más densa todavía. Jerusalén desaparece del
todo. Las mismas faldas del Calvario parecen desaparecer. Sólo es visible la
cima (es como si las tinieblas la hubieran mantenido en alto y así recogiera la
única y última luz restante, y hubieran depositado ésta, como para una ofrenda,
con su trofeo divino, encima de un estanque de ónix líquido, para que esa cima
fuera vista por el amor y el odio).
Y desde esa luz que ya no
es luz llega la voz quejumbrosa de Jesús: «¡Tengo sed!».
En efecto, hace un viento
que da sed incluso a los sanos. Un viento continuo, ahora, violento, cargado de
polvo, un viento frío, aterrador. Pienso en el dolor que hubo de causar con su soplo
violento en los pulmones, en el corazón, en la garganta de Jesús, en sus
miembros helados, entumecidos, heridos. ¡Todo, realmente todo se puso a
torturar al Mártir!
Un soldado se dirige hacia
un recipiente en que los ayudantes del verdugo han puesto vinagre con hiel,
para que con su amargura aumente la salivación en los atormentados. Toma la
esponja empapada en ese líquido, la pincha en una caña fina ‑ pero rígida
‑ que estaba ya preparada ahí al lado, y ofrece la esponja al Moribundo.
Jesús se aproxima, ávido,
hacia la esponja que llega: parece un pequeñuelo hambriento buscando el pezón
materno.
María, que ve esto y
piensa, ciertamente, también en esto, gime, apoyándose en Juan: «¡Oh, y yo no
puedo darle ni siquiera una gota de llanto!... ¡Oh, pecho mío, ¿por qué no das
leche?! ¡Oh, Dios, ¿por qué, por qué nos abandonas así?! ¡Un milagro para mi
Criatura! ¿Quién me sube para calmar su sed con mi sangre?... que leche no
tengo...».
Jesús, que ha chupado
ávidamente la áspera y amarga bebida, tuerce la cabeza henchido de amargura por
la repugnancia. Ante todo, debe ser corrosiva sobre los labios heridos y rotos.
21Se retrae, se afloja, se abandona. Todo el peso del cuerpo gravita
sobre los pies y hacia delante. Son las extremidades heridas las que sufren la
pena atroz de irse hendiendo sometidas a la tensión de un cuerpo abandonado a
su propio peso. Ya ningún movimiento alivia este dolor. Desde el íleon hacia
arriba, todo el cuerpo está separado del madero, y así permanece.
La cabeza cuelga hacia
delante, tan pesadamente que el cuello parece excavado en tres lugares: en la
zona anterior baja de la garganta, completamente hundida; y a una parte y otra
del externocleidomastoideo. La respiración es cada vez más jadeante, aunque
entrecortada: es ya más estertor sincopado que respiración. De tanto en tanto,
un acceso de tos penosa lleva a los labios una espuma levemente rosada. Y las
distancias entre una espiración y la otra se hacen cada vez más largas. El
abdomen está ya inmóvil. Sólo el tórax presenta todavía movimientos de
elevación, aunque fatigosos, efectuados con gran dificultad... La parálisis
pulmonar se va acentuando cada vez más.
Y cada vez más feble,
volviendo al quejido infantil del niño, se oye la invocación: «¡Mamá!». Y la
pobre susurra: «Sí, tesoro, estoy aquí». Y cuando, por habérsele velado la
vista, dice: «Mamá, ¿dónde estás? Ya no te veo. ¿También tú me abandonas?» (y
esto no es ni siquiera una frase, sino un
susurro apenas perceptible para quien más con el corazón que con el oído
recoge todo suspiro del Moribundo), Ella responde: «¡No, no, Hijo! ¡Yo no te
abandono! Oye mi voz, querido mío... Mamá está aquí, aquí está... y todo su
tormento es el no poder ir donde Tú estás...».
Es acongojante... Y Juan
llora sin trabas. Jesús debe oír ese llanto, pero no dice nada. Pienso que la
muerte inminente le hace hablar como en delirio y que ni siquiera es consciente
de todo lo que dice y que, por desgracia, ni siquiera comprende el consuelo
materno y el amor del Predilecto.
Longino ‑ que
inadvertidamente ha dejado su postura de descanso con los brazos cruzados y una
pierna montada sobre la otra, ora una, ora la otra, buscando un alivio para la
larga espera en pie, y ahora, sin embargo, está rígido en postura de atento,
con la mano izquierda sobre la espada y la derecha pegada, normativamente, al
costado, como si estuviera en los escalones del trono imperial‑ no quiere
emocionarse. Pero su cara se altera con el esfuerzo de vencer la emoción, y en
los ojos aparece un brillo de llanto que sólo su férrea disciplina logra
contener.
Los otros soldados, que
estaban jugando a los dados, han dejado de hacerlo y se han puesto en pie; se
han puesto también los yelmos, que habían servido para agitar los dados, y
están en grupo junto a la pequeña escalera excavada en la toba, silenciosos,
atentos. Los otros están de servicio y no pueden cambiar de postura. Parecen
estatuas. Pero alguno de los más cercanos, y que oye las palabras de María,
musita algo entre los labios y menea la cabeza.
22Un intervalo de silencio. Luego nítidas en la obscuridad total
las palabras: «¡Todo está cumplido!», y luego el jadeo cada vez más
estertoroso, con pausas de silencio entre un estertor y el otro, pausas cada
vez mayores.
El tiempo pasa al son de
este ritmo angustioso: la vida vuelve cuando el respiro áspero del Moribundo
rompe el aire; la vida cesa cuando este sonido penoso deja de oírse. Se sufre
oyéndolo, se sufre no oyéndolo... Se dice: «¡Basta ya con este sufrimiento!» y
se dice: «¡Oh, Dios mío, que no sea el último respiro!» .
Las Marías lloran, todas,
con la cabeza apoyada contra el realce terroso. Y se oye bien su llanto, porque
toda la gente ahora calla de nuevo para recoger los estertores del Moribundo.
Otro intervalo de
silencio. Luego, pronunciada con infinita dulzura y oración ardiente, la
súplica: «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!».
Otro intervalo de
silencio. Se hace leve también el estertor. Apenas es un susurro limitado a los
labios y a la garganta.
Luego... adviene el último
espasmo de Jesús. Una convulsión atroz, que parece quisiera arrancar del madero
el cuerpo clavado con los tres clavos, sube tres veces de los pies a la cabeza
recorriendo todos los pobres nervios torturados; levanta tres veces el abdomen
de una forma anormal, para dejarlo luego, tras haberlo dilatado como por una
convulsión de las vísceras; y baja de nuevo y se hunde como si hubiera sido
vaciado; alza, hincha y contrae el tórax tan fuertemente, que la piel se
introduce entre las costillas, que divergen y aparecen bajo la epidermis y
abren otra vez las heridas de los azotes; una convulsión atroz que hace
torcerse violentamente hacia atrás, una, dos, tres veces, la cabeza, que golpea
contra la madera, duramente; una convulsión que contrae en un único espasmo
todos los músculos de la cara y acentúa la desviación de la boca hacia la
derecha, y hace abrir desmesuradamente y dilatarse los párpados, bajo los
cuales se ven girar los globos oculares y aparecer la esclerótica. Todo el
cuerpo se pone rígido. En la última de las tres contracciones, es un arco tenso,
vibrante ‑ verlo es tremendo ‑. Luego, un grito potente,
inimaginable en ese cuerpo exhausto, estalla, rasga el aire; es el "gran
grito" de que hablan los Evangelios y que es la primera parte de la
palabra "Mamá"... Y ya nada más...
La cabeza cae sobre el
pecho, el cuerpo hacia delante, el temblor cesa, cesa la respiración. Ha
expirado.
23La Tierra responde al grito del Sacrificado con un estampido
terrorífico. Parece como si de mil bocinas de gigantes provenga ese único
sonido, y acompañando a este tremendo acorde, óyense las notas aisladas,
lacerantes, de los rayos que surcan el cielo en todos los sentidos y caen sobre
la ciudad, en el Templo, sobre la muchedumbre... Creo que alguno habrá sido
alcanzado por rayos, porque éstos inciden directamente sobre la muchedumbre; y
son la única luz, discontinua, que permite ver. Y luego, inmediatamente,
mientras aún continúan las descargas de los rayos, la tierra tiembla en medio
de un torbellino de viento ciclónico. El terremoto y la onda ciclónica se
funden para infligir un apocalíptico castigo a los blasfemos. Como un plato en
las manos de un loco, la cima del Gólgota ondea y baila, sacudida por
movimientos verticales y horizontales que tanto zarandean a las tres cruces,
que parece que las van a tumbar.
Longino, Juan, los
soldados, se asen a donde pueden, como pueden, para no caer al suelo. Pero
Juan, mientras con un brazo agarra la cruz, con el otro sujeta a María, la
cual, por el dolor y el temblor de la tierra, se ha reclinado en su corazón.
Los otros soldados, especialmente los del lateral escarpado, han tenido que
refugiarse en el centro para no caer por el barranco. Los ladrones gritan de
terror. El gentío grita aún más. Quisieran huir. Pero no pueden. Enloquecidos,
caen unos encima de otros, se pisan, se hunden en las grietas del suelo, se
hieren, ruedan ladera abajo.
Tres veces se repiten el
terremoto y el huracán. Luego, la inmovilidad absoluta de un mundo muerto. Sólo
relámpagos, pero sin trueno, surcan el cielo e iluminan la escena de los judíos
que huyen en todas las direcciones, con las manos entre el pelo o extendidas
hacia delante o alzadas al cielo (ese cielo injuriado hasta este momento y del
que ahora tienen miedo). La obscuridad se atenúa con un indicio de luz que,
ayudado por el relampagueo silencioso y magnético, permite ver que muchos han
quedado en el suelo: muertos o desvanecidos, no lo sé. Una casa arde al otro
lado de las murallas y sus llamas se alzan derechas en el aire detenido,
poniendo así una pincelada de rojo fuego en el verde ceniza de la atmósfera.
24María separa la cabeza del pecho de Juan, la alza, mira a su Jesús. Le
llama, porque mal le ve con la escasa luz y con sus pobres ojos llenos de
llanto. Tres veces le llama: «¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!». Es la primera vez que
le llama por el nombre desde que está en el Calvario. Hasta que, a la luz de un
relámpago que forma como una corona sobre la cima del Gólgota, le ve, inmóvil,
pendiendo todo Él hacia fuera, con la cabeza tan reclinada hacia delante y
hacia la derecha, que con la mejilla toca el hombro y con el mentón las
costillas. Entonces comprende. Entonces extiende los brazos, temblorosos en el
ambiente obscuro, y grita: «¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío!». Luego escucha...
Tiene la boca abierta, con la que parece querer escuchar también; e igualmente
tiene dilatados los ojos, para ver, para ver... No puede creer que su Jesús ya
no esté...
Juan ‑ también él ha
mirado y escuchado, y ha comprendido que todo ha terminado ‑ abraza a
María y trata de alejarla de allí, mientras dice: «Ya no sufre».
Pero antes de que el
apóstol termine la frase, María, que ha comprendido, se desata de sus brazos,
se vuelve, se pliega curvándose hasta el suelo, se lleva las manos a los ojos y
grita: «¡No tengo ya Hijo!».
Luego se tambalea. Y se
caería, si Juan no la recogiera, si no la recibiera por entero, en su corazón.
Luego él se sienta en el suelo, para sujetarla mejor en su pecho, hasta que las
Marías ‑ que ya no tienen impedido el paso por el círculo superior de
soldados, porque, ahora que los judíos han huido, los romanos se han agrupado
en el rellano de abajo y comentan lo sucedido ‑ substituyen al apóstol
junto a la Madre.
La Magdalena se sienta
donde estaba Juan, y casi coloca a María encima de sus rodillas, mientras la
sostiene entre sus brazos y su pecho, besándola en la cara exangüe vuelta hacia
arriba, reclinada sobre el hombro compasivo. Marta y Susana, con la esponja y
un paño empapado en el vinagre le mojan las sienes y los orificios nasales,
mientras la cuñada María le besa las manos, llamándola con gran aflicción, y,
en cuanto María vuelve a abrir los ojos y mira a su alrededor con una mirada
como atónita por el dolor, le dice: «Hija, hija amada, escucha... dime que me
ves... soy tu María... ¡No me mires así!...». Y, puesto que el primer sollozo
abre la garganta de María y caen las primeras lágrimas, ella, la buena María de
Alfeo, dice: «Sí, sí, llora... Aquí conmigo como ante una mamá, pobre, santa
hija mía»; y cuando oye que María le dice: «¡Oh, María, María! ¿Has visto?»,
ella gime: «¿Sí!, sí,... pero... pero... hija... ¡oh, hija!...». No encuentra
más palabras y se echa a llorar la anciana María: es un llanto desolado al que
hacen de eco el de todas las otras (o sea, Marta y María, la madre de Juan y
Susana).
Las
otras pías mujeres ya no están. Creo que se han marchado, y con ellas los
pastores, cuando se ha oído ese grito femenino...
25Los soldados cuchichean unos con otros.
«¿Has visto los judíos? Ahora tenían miedo».
«Y se daban golpes de
pecho».
«Los más aterrorizados
eran los sacerdotes».
«¡Qué miedo! He sentido
otros terremotos, pero como éste nunca. Mira: la tierra está llena de fisuras».
«Y allí se ha desprendido
todo un trozo del camino largo».
«Y
debajo hay cuerpos».
«¡Déjalos! Menos
serpientes».
«¡Otro incendio! En la
campiña...».
«¿Pero está muerto del
todo?».
«¿Pero es que no lo ves?
¿Lo dudas?».
26Aparecen de tras la roca José y Nicodemo. Está claro que se habían
refugiado ahí, detrás del parapeto del monte, para salvarse de los rayos. Se
acercan a Longino. «Queremos el Cadáver».
«Solamente el Procónsul lo
concede. Pero id inmediatamente, porque he oído que los judíos quieren ir al
Pretorio para obtener el crurifragio. No quisiera que cometieran ultrajes».
«¿Cómo lo has sabido?».
«Me lo ha referido el
alférez. Id. Yo espero».
Los dos se dan a caminar,
raudos, hacia abajo por el camino empinado, y desaparecen.
27Es entonces cuando Longino se acerca a Juan y le dice en voz baja unas
palabras que no aferro. Luego pide a un soldado una lanza. Mira a las mujeres,
centradas enteramente en María, que lentamente va recuperando las fuerzas.
Todas dan la espalda a la cruz.
Longino se pone enfrente
del Crucificado, estudia bien el golpe y luego lo descarga. La larga lanza
penetra profundamente de abajo arriba, de derecha a izquierda.
Juan, atenazado entre el deseo
de ver y el horror de ver, aparta un
momento la cara.
«Ya está, amigo» dice
Longino, y termina: «Mejor así. Como a un caballero. Y sin romper huesos...
¡Era verdaderamente un Justo!».
De la herida mana mucha
agua y un hilito sutil de sangre que ya tiende a coagularse. Mana, he dicho. Sale solamente
filtrándose, por el tajo neto que permanece inmóvil, mientras que si hubiera
habido respiración éste se habría abierto y cerrado con el movimiento torácico‑abdominal...
28...Mientras en el Calvario todo permanece en este trágico aspecto, yo
alcanzo a José y Nicodemo, que bajan por un atajo para acortar tiempo.
Están casi en la base
cuando se encuentran con Gamaliel. Un Gamaliel despeinado, sin prenda que cubra
su cabeza, sin manto, sucia de tierra su espléndida túnica desgarrada por las
zarzas; un Gamaliel que corre, subiendo y jadeando, con las manos entre sus
cabellos ralos y entrecanos de hombre anciano. Se hablan sin detenerse.
«¡Gamaliel! ¿Tú?».
«¿Tú, José? ¿Le dejas?» .
«Yo
no. Pero tú, ¿cómo por aquí?, y en ese estado...».
«¡Cosas terribles! ¡Estaba
en el Templo! ¡La señal! ¡El Templo sacudido en su estructura! ¡El velo de
púrpura y jacinto cuelga desgarrado! ¡El sanctasanctórum descubierto! ¡Tenemos
la maldición sobre nosotros!». Gamaliel ha dicho esto sin detenerse,
continuando su paso veloz hacia la cima, enloquecido por esta prueba.
Los dos le miran mientras
se aleja... se miran... dicen juntos: «"Estas piedras temblarán con mis
últimas palabras!". ¡Se lo había prometido!...».
29Aceleran la carrera hacia la ciudad.
Por la campiña, entre el
monte y las murallas, y más allá, vagan, en un ambiente todavía caliginoso,
personas con aspecto desquiciado... Gritos, llantos, quejidos... Dicen: «¡Su
Sangre ha hecho llover fuego!», o: «¡Entre los rayos Yeohveh se ha aparecido
para maldecir el Templo!», o gimen: «¡Los sepulcros! ¡Los sepulcros!».
José agarra a uno que está
dando cabezazos contra la muralla, y le llama por su nombre, y tira de él
mientras entra en la ciudad: «¡Simón! ¿Pero qué vas diciendo?».
«¡Déjame! ¡Tú también eres
un muerto! ¡Todos los muertos! ¡Todos fuera! Y me maldicen».
«Se ha vuelto loco» dice
Nicodemo.
Le dejan y trotan hacia el
Pretorio.
El terror se ha apoderado
de la ciudad. Gente que vaga dándose golpes de pecho. Gente que al oír por
detrás una voz o un paso da un salto hacia atrás o se vuelve asustada.
En uno de los muchos
espacios abovedados obscuros, la aparición de Nicodemo, vestido de lana blanca ‑
porque para poder ganar tiempo se ha quitado en el Gólgota el manto obscuro ‑,
hace dar un grito de terror a un fariseo que huye. Luego éste se da cuenta de
que es Nicodemo y se lanza a su cuello con un extraño gesto efusivo, gritando:
«¡No me maldigas! Mi madre se me ha aparecido y me ha dicho: "¡Maldito
seas eternamente!"», y luego se derrumba gimiendo: «¡Tengo miedo! ¡Tengo
miedo!».
«¡Pero están todos locos!»
dicen los dos.
Llegan al Pretorio. Y sólo
aquí, mientras esperan a que el Procónsul los reciba, José y Nicodemo logran
conocer el porqué de tanto terror: muchos sepulcros se habían abierto con la
sacudida telúrica y había quien juraba que había visto salir de ellos a los
esqueletos, los cuales, en un instante, se habían recompuesto con apariencia
humana, y andaban acusando del deicidio a los culpables, y maldiciéndolos.
Los dejo en el atrio del
Pretorio, donde los dos amigos de Jesús entran sin tantas historias de
estúpidas repulsas y estúpidos miedos a contaminaciones. 30Vuelvo al
Calvario. Me llego a donde Gamaliel, que está subiendo, ya derrengado, los
últimos metros. Camina dándose golpes de pecho, y al llegar al primero de los
dos rellanos, se arroja de bruces ‑ largura blanca sobre el suelo
amarillento ‑ y gime: «¡La señal! ¡La señal! ¡Dime que me perdonas! Un
gemido, un gemido tan sólo, para decirme que me oyes y me perdonas».
Comprendo que cree que
todavía está vivo. Y no cambia de opinión sino cuando un soldado, dándole con
el asta de la lanza, dice: «Levántate. Calla. ¡Ya no sirve! Debías haberlo
pensado antes. Está muerto. Y yo, que soy pagano, te lo digo: ¡Éste al que
habéis crucificado era realmente el Hijo de Dios!».
«¿Muerto? ¿Estás muerto?
¡Oh!...». Gamaliel alza el rostro aterrorizado, trata de alcanzar a ver la cima
con esa luz crepuscular. Poco ve, pero sí lo suficiente como para comprender
que Jesús está muerto. Y ve también al grupo piadoso que consuela a Maria, y a
Juan, en pie a la izquierda de la cruz, llorando, y a Longino, en pie, a la
derecha, solemne con su respetuosa postura.
Se arrodilla, extiende los
brazos y llora: «¡Eras Tú! ¡Eras Tú! No podemos ya ser perdonados. Hemos pedido
que cayera sobre nosotros tu Sangre. Y esa Sangre clama al Cielo y el Cielo nos
maldice... ¡Oh! ¡Pero Tú eras la Misericordia!... Yo lo digo, yo, el anonadado
rabí de Judá: "Venga tu Sangre sobre nosotros, por piedad". ¡Aspérjanos con ella!
Porque sólo tu Sangre puede impetrar el perdón para nosotros...», llora. Y
luego, más bajo, confiesa su secreta tortura: «Tengo la señal que había
pedido... Pero siglos y siglos de ceguera espiritual están ante mi vista
interior, y contra mi voluntad de ahora se alza la voz de mi soberbio
pensamiento de ayer... ¡Piedad de mí! ¡Luz del mundo, haz que descienda un rayo
tuyo a las tinieblas que no te han comprendido! Soy el viejo judío fiel a lo
que creía ser justicia y era error. Ahora soy una landa yerma, ya sin ninguno
de los viejos árboles de la Fe antigua, sin semilla alguna o escapo alguno de
la Fe nueva. Soy un árido desierto. Obra Tú el milagro de hacer surgir, en este
pobre corazón de viejo israelita obstinado, una flor que lleve tu nombre. Entra
Tú, Libertador, en este pobre pensamiento mío prisionero de las fórmulas.
Isaías lo dice*: "...pagó por los pecadores y cargó sobre sí los pecados
de muchos". ¡Oh, también el mío, Jesús Nazareno...».
Se levanta. Mira a la
cruz, que aparece cada vez más nítida con la luz que se va haciendo más clara,
y luego se marcha encorvado, envejecido, abatido.
Y vuelve el silencio al
Calvario, un silencio apenas roto por el llanto de María. Los dos ladrones,
exhaustos por el miedo, ya no dicen nada.
31Vuelven corriendo Nicodemo y José, diciendo que tienen el permiso de
Pilatos. Pero Longino, que no se fía demasiado, manda un soldado a caballo
donde el Procónsul para saber cómo comportarse, incluso respecto a los dos
ladrones. El soldado va y vuelve al galope con la orden de entregar el Cuerpo
de Jesús y llevar a cabo el crurifragio en los otros, por deseo de los judíos.
_______________
* lo dice, en Isaías 53, 12.
Longino llama a los cuatro
verdugos, que están cobardemente acurrucados al amparo de la roca, todavía
aterrorizados por lo que ha sucedido, y ordena que se ponga fin a la vida de
los ladrones a golpes de clava. Y así se lleva a cabo: sin protestas, por parte
de Dimas, al que el golpe de clava, asestado en el corazón después de haber
batido en las rodillas, quiebra en su mitad, entre los labios, con un estertor,
el nombre de Jesús; con maldiciones horrendas, por parte del otro ladrón: el
estertor de ambos es lúgubre.
32Los cuatro verdugos hacen ademán de querer desclavar de la cruz a
Jesús. Pero José y Nicodemo no lo permiten.
También José se quita el
manto, y dice a Juan que haga lo mismo y que sujete las escaleras mientras
suben con barras (para hacer palanca) y tenazas.
María se levanta,
temblorosa, sujetada por las mujeres. Se acerca a la cruz.
Mientras tanto, los
soldados, terminada su tarea, se marchan. Pero Longino, antes de superar el
rellano inferior, se vuelve desde la silla de su caballo negro para mirar a
María y al Crucificado. Luego el ruido de los cascos suena contra las piedras y
el de las armas contra las corazas, y se aleja.
La palma izquierda está ya
desclavada. El brazo cae a lo largo del Cuerpo, que ahora pende semiseparado.
Le dicen a Juan que deje
las escaleras a las mujeres y suba también. Y Juan, subido a la escalera en que
antes estaba Nicodemo, se pasa el brazo de Jesús alrededor del cuello y lo
sostiene desmayado sobre su hombro. Luego ciñe a Jesús por la cintura mientras
sujeta la punta de los dedos de la mano izquierda ‑ casi abierta ‑
para no golpear la horrenda fisura. Una vez desclavados los pies, Juan a duras
penas logra sujetar y sostener el Cuerpo de su Maestro entre la cruz y su
cuerpo.
María se pone ya a los
pies de la cruz, sentada de espaldas a ella, preparada para recibir a su Jesús
en el regazo.
Pero desclavar el brazo
derecho es la operación más difícil. A pesar de todo el esfuerzo de Juan, el
Cuerpo todo pende hacia delante y la cabeza del clavo está hundida en la carne.
Y, dado que no quisieran herirle más, los dos compasivos deben esforzarse
mucho. Por fin la tenaza aferra el clavo y éste es extraído lentamente.
Juan sigue sujetando a
Jesús, por las axilas; la cabeza reclinada y vuelta sobre su hombro.
Contemporáneamente, Nicodemo y José lo aferran: uno por los hombros, el otro
por las rodillas. Así, cautamente, bajan por las escaleras.
33Llegados abajo, su intención es colocarle en la sábana que han
extendido sobre sus mantos. Pero María quiere tenerle; ya ha abierto su manto
dejándolo pender de un lado, y está con las rodillas más bien abiertas para
hacer cuna a su Jesús.
Mientras los discípulos
dan la vuelta para darle el Hijo, la cabeza coronada cuelga hacia atrás y los
brazos penden hacia el suelo, y rozarían con la tierra con las manos heridas si
la piedad de las pías mujeres no las sujetara para impedirlo.
Ya está en el regazo de su
Madre... Y parece un niño grande cansado durmiendo, recogido todo, en el regazo
materno. María tiene a su Hijo con el brazo derecho pasado por debajo de sus
hombros, y el izquierdo por encima del abdomen para sujetarle también por las
caderas.
La cabeza está reclinada
en el hombro materno. Y Ella le llama... le llama con voz lacerada. Luego le
separa de su hombro y le acaricia con la mano izquierda; recoge las manos de
Jesús y las extiende y, antes de cruzarlas sobre el abdomen inmóvil, las besa;
y llora sobre las heridas. Luego acaricia las mejillas, especialmente en el
lugar del cardenal y la hinchazón. Besa los ojos hundidos; y la boca, que ha
quedado levemente torcida hacia la derecha y entreabierta.
Querría poner en orden sus
cabellos ‑ como ya ha hecho con la barba apelmazada por grumos de sangre ‑,
pero al intentarlo halla las espinas. Se pincha quitando esa corona, y quiere
hacerlo sólo Ella, con la única mano que tiene libre, y rechaza la ayuda de
todos diciendo: «¡No, no! ¡Yo! ¡Yo!». Y lo va haciendo con tanta delicadeza,
que parece tener entre los dedos la tierna cabeza de un recién nacido. Una vez
que ha logrado retirar esta torturante corona, se inclina para medicar con sus
besos todos los arañazos de las espinas.
Con la mano temblorosa,
separa los cabellos desordenados y los ordena. Y llora y habla en tono muy
bajo. Seca con los dedos las lágrimas que caen en las pobres carnes heladas y
ensangrentadas. Y quiere limpiarlas con el llanto y su velo, que todavía está puesto
en las caderas de Jesús. Se acerca uno de sus extremos y con él se pone a
limpiar y secar los miembros santos. Una y otra vez acaricia la cara de Jesús y
las manos y las contusas rodillas, y otra vez sube a secar el Cuerpo sobre el
que caen lágrimas y más lágrimas.
Haciendo esto es cuando su
mano encuentra el desgarro del costado. La pequeña mano, cubierta por el lienzo
sutil entra casi entera en la amplia boca de la herida. Ella se inclina para
ver en la semiluz que se ha formado. Y ve, ve el pecho abierto y el corazón de
su Hijo. Entonces grita. Es como si una espada abriera su propio corazón. Grita
y se desploma sobre su Hijo. Parece muerta Ella también.
34La ayudan, la consuelan. Quieren separarle el Muerto divino y, dado que Ella grita: «¿Dónde,