“La verdad es modeladora de la libertad”. La libertad está aquí pensada como un fluido informe que es modelado por la verdad. Algo parecido a lo que el envase hace con el líquido que alberga. El agua fuera de la botella se encuentra derramada: es agua, pero está inaccesible. La libertad sin el norte de la verdad es trivial. “La verdad es modeladora de la libertad”; la libertad es un barro llamado a adquirir formas maravillosas: para lograrlo ha de ser modelada por la verdad, debe someterse a los contornos, a la forma de la verdad. Hay un maestro enseñando y un alumno en su pupitre: el maestro es la verdad, el alumno es la libertad. El maestro y el alumno son hombres, el padre y el hijo son hombres. Pero,  ¿qué hay en el maestro y en el padre que no está en el alumno ni en el alumno?: sabiduría, experiencia, madurez: verdad.

En las deliciosas páginas de “El Principito” (Saint Exupery) nos encontramos con una sugerente visión de las relaciones entre la verdad y la libertad. El principito, en su viaje por diversos planetas, llega al astro donde habita en soledad el rey. Le pregunta sobre su capacidad de mandar y de hacerse obedecer, y por le pide un deseo; es entonces cuando tiene lugar este interesante diálogo:

—Quisiera ver una puesta de sol... Complacedme... ordenad al sol que se oculte...

—Si le ordenara a un general que volara de flor en flor como una mariposa, o que se transformara en gaviota, y el general no ejecutara la orden, ¿de  quién sería la culpa, mía o de él?

—Sería vuestra —dijo firmemente el principito.

—Exacto. Hay que exigirle a cada uno aquello que es capaz de hacer o de dar —replicó el rey—. La autoridad debe basarse sobre la razón. Si tú ordenas a tu pueblo que se arroje al mar, él hará la revolución. Tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.

—Bueno, y entonces ¿qué ocurre con mi puesta de sol? —le recordó el principito, que jamás olvidaba una pregunta una vez que la había formulado.

—Tendrás tu puesta de sol. La exigiré; pero esperaré, como me lo dicta mi ciencia de buen gobernante, a que las condiciones sean favorables.

—¿Y cuándo sucederá eso? —interrogó el principito.

—¡Bueno! ¡bueno! —le respondió el rey, quien de inmediato consultó un grueso calendario—. Será dentro de unas horas; como a eso de las siete y cuarenta de la tarde. Entonces verás cómo se me obedece.

La realidad es terca, se suele decir, y es cierto. La verdad es terca, o mejor, la verdad es insobornable. Ella está ahí como un faro imposible de desprogramar. La libertad humana puede conocerla, puede mirarla y contemplarla, pero no puede cambiarla.

El hombre se autodestruye cuando se aleja de la realidad y llega, en cambio, a plenitud cuando asume activamente el poder de lo real. Un hombre puede empeñarse en tratar de ser feliz, de realizarse basado en las drogas; pero no hará sino dar patadas contra un aguijón. Ahí no hay felicidad humana, tan sólo disfrute animal. El obrar sigue al ser, decían los clásicos. La libertad debe atenerse a la verdad. La libertad del hombre no mide la verdad, sino que es medida por ella.