Al rescate del afecto
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¿Quién no desea amar y ser amado? Si algo
tenemos en común los seres humanos es el anhelo de amar con el que esperamos
colmar nuestras ansias de felicidad. Sin embargo, viendo a nuestro entorno, nos
damos cuenta de que muchas personas no han alcanzado esta meta tan querida. Un
artículo que salió en estos días, sobre la forma como la gente pasa la Navidad
[1], refleja un panorama un tanto oscuro, que si bien, no es exhaustivo,
describe la situación en que algunas "familias" viven hoy en día. En
él se anotaban algunas respuestas a la pregunta sobre cómo pasar
¡Sola! Estoy peleada con mi
único hijo. No nos hablamos desde hace meses.(…) Este
año no pienso hacerme ilusiones respecto a mi hijo, estoy segura que ni
siquiera me va a llamar. (…)
(…) Una hermana mía a fuerzas
quiere celebrarlo con toda nuestra familia en su casa, pero es que yo no me
hablo con tres de mis hermanas. Una no me habla desde hace años... y no sé por
qué; la otra no me saluda porque hace tiempo le perdí un libro y según ella lo
regalé a no sé quién y la tercera tampoco me dirige la palabra porque un día
alguien le dijo que yo había hablado mal de ella...
Lo único que me importa en
estas fechas son mis nietos... Te lo juro que nada más por ellos pongo el árbol
y el nacimiento; hago la cena, y compro los regalos. Antes invitaba a toda,
toda la familia: consuegros, cuñadas, sobrinos, hermanos, tíos, abuelos,
primos, compadres, etcétera; pero me di cuenta que siempre acabábamos de
pleito: reproches, resentimientos, reclamos, etcétera, etcétera. Por eso ahora,
sobre todo desde que enviudé, nada más invito a mis cuatro nietos y a mis dos
hijos casados. Sin embargo uno de ellos se resiste a venir, porque está peleado
con el hermano...
Pero la
vida familiar no tiene por qué ser así. De hecho, es en la familia en donde se
debería encontrar la primera muestra de amor desinteresado. C. S. Lewis lo
explica muy bien en su libro "Los cuatro amores". Al tratar sobre el
primer tipo de amor, el autor describe al afecto como el amor de familiaridad
que se da principalmente entre padres e hijos y en general en
Este tipo
de afecto, cuando es sano, da una gran seguridad en la vida y es la base de lo
que se conoce como autoestima. A los niños pequeños lo que les importa es
sentirse queridos. Lo demás, es secundario. ¡Cuántos niños pobres son felices
porque cuentan con el cariño de sus padres! Y en cambio, ¡cuántas caritas
tristes andan por ahí, rodeadas de juguetes! Y es que el afecto se expresa
simplemente con el trato, con la delicadeza,
Pero este
amor, según el mismo Lewis, presenta un gran peligro: al recibirse
gratuitamente, no se lucha por él. No buscamos ganarlo. Para alcanzar la
amistad de alguien, o para conquistar el amor de quien nos interesa buscamos
"hacer méritos". En cambio, para el afecto no se hace nada
extraordinario. Ante los amigos se siguen ciertas reglas de comportamiento, que
si se rompen, se corre el riesgo de salir del grupo. Ante un novio o una novia,
se guarda la compostura, se intenta quedar bien. Pero ante la propia familia, precisamente
por la familiaridad que existe, muchas veces no se cuidan los modales. En
ocasiones se ofende al otro, y luego sufrimos porque no recibimos su afecto.
Esto, aunque de hecho se da, no tiene por qué ser así. El afecto entre los
familiares es algo que se puede y debe cultivar. Es más, es un amor tan
necesario, que hay que hacer cualquier cosa para que no se pierda.
Rescatar
el afecto es una labor de todos: los padres de familia, los hermanos, los
hijos… pero no sólo, también los medios de comunicación juegan un papel muy
importante a este respecto al presentar modelos de comportamiento fácilmente
imitables. Es tiempo de fomentar el aprecio entre todos los miembros de la
familia hablando siempre bien de los demás; siendo leales con ellos; buscando ayudar
a cada uno a alcanzar sus metas; compartiendo objetivos en común; cuidando la
delicadeza en el trato, que no por ser familiar ha de perder